Por Aurelio Contreras Moreno

Cuando un político ha dedicado toda su vida a la función pública y ha probado las mieles del poder, alejarse de los reflectores y del escenario le resulta mucho muy difícil. Aceptar que su tiempo ha pasado o que es momento de retirarse no le es grato ni admisible.

Pero si de quien estamos hablando es de alguien como el ex gobernador veracruzano Fidel Herrera Beltrán, quien en su momento presumía de tener todo “el pinche poder en la mano” y como tal lo ejercía, el retiro de la palestra política es impensable. Aun cuando los viejos aliados, los alumnos y los cómplices le hayan dado la espalda hasta incluso desconocer los lazos que antes los unieron.

Herrera Beltrán es uno de esos personajes que respira y transpira la política. Para alguien como él, la idea del retiro es equivalente a ser enterrado vivo. No puede soportar la condena del ostracismo ni el bajo perfil. Y por ello es que no se aguanta estar quieto, aún a costa de que ello le provoque golpes y ataques tanto de sus enemigos, como de quienes se dijeron sus amigos y hasta de sus propias víctimas.

Lo anterior viene a colación porque al parecer, Fidel Herrera Beltrán prepara su regreso. Aunque nunca se ha ido del todo. Su influencia –buena o mala, como se le quiera ver- ha permanecido casi intacta entre la clase política veracruzana, con todo y que se han querido deslindar de él.

Baste ver su página Web, sus cuentas de Twitter y Facebook y su propia agenda pública para darse cuenta de que el ex gobernador ha decidido regresar a la escena política. Sus numerosos comentarios sobre temas de actualidad, las cada vez más frecuentes apariciones en eventos políticos públicos, sus artículos de opinión y la misma renovación de su imagen -al parecer ya recuperado de las afecciones de salud que le aquejaron- muestran a un Fidel Herrera que está buscando algo. Y lo más cercano que podría buscar es una diputación federal, espacio donde se mueve como pez en el agua.

Para un eventual regreso a la política activa, Fidel Herrera tiene como factor en su favor que sigue siendo tremendamente popular entre los habitantes del estado de Veracruz, a pesar de que lo entregó semiquebrado económicamente y en medio de una latente crisis de seguridad que estallaría en toda su magnitud unos meses después de dejar la gubernatura. Pero tan mala ha sido la administración que lo sucedió, que no falta quien añore el sexenio de la fidelidad como un tiempo de bonanza.

En su contra juega, precisamente por lo anterior, la envidia de la actual clase gobernante, que nunca se ha podido deshacer de la sombra de Herrera Beltrán y que, como si sus integrantes jamás hubieran trabajado para él, han pretendido “deslindarse del pasado” y de Fidel mismo.

Aunado a ello, Fidel Herrera también tiene en contra la animadversión presidencial. Enrique Peña Nieto no olvida que sus hijos estuvieron a punto de ser secuestrados por un comando armado en el puerto de Veracruz durante un viaje familiar, cuando ambos eran gobernadores, afrenta que el Presidente no le perdona. Por esa razón es que los afanes de Herrera de ser incorporado al servicio exterior como embajador al inicio de este sexenio federal fracasaron.

Como dice el refrán popular alusivo a la magnífica saga de novelas de Alejandro Dumas, “no es lo mismo los Tres Mosqueteros que 20 años después”. Herrera Beltrán ya no es el mismo hombre que logró ganar cinco diputaciones federales, una senaduría y una gubernatura. Los años no pasan en balde, así como tampoco puede ignorarse el desgaste sufrido por haber ejercido el poder como lo hizo entre 2004 y 2010: de manera faraónica.

Pero hay algo que debe reconocérsele sin ambages: Fidel Herrera es un tipo listo, persistente, que aguanta vara y hasta ahora ha superado todos los escollos en su vida, personal y política.

A ver hasta dónde le da aún el gas.

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