Por Atticuss Licona

El 5 de mayo siempre me trae recuerdos gratos. No precisamente de la batalla de Puebla sino más bien de mi batalla particular en la plancha de concreto del Batallón del Lencero bajo un Sol inmisericorde. En ese entonces no era el morenazo meticuloso y ordenado que trato de ser ahora, era más bien un joven morenazo desordenado destinado a vagar por los callejones oscuros de la vida. Por tanto, y en sintonía, llegué como Remiso al Servicio Militar, o sea… hice mi servicio militar a-la-the-egg. Se acercaba el 5 de mayo y de entre los cientos de conscriptos se hizo una preselección voluntaria de diez posibles oradores. Nos iban a dar dos horas para preparar algo y que lo expusiéramos y sometiéramos al aplausómetro popular. Yo me apunté porque estaba uptothemóder, para escaparme por dos horas del Sol y para mandar al diablo aunque sea por ese mismo lapso a mi sargento, tipo bastante estéril que había visto demasiadas películas y que se desayunaba su cereal viendo Rescatando al Soldado Ryan.

Nos encerraron a los diez y no habiendo televisión en el minúsculo e incoloro cuarto, me avoqué a escribir. Después de casi tres horas (“es que mi Sarch, no nos queda del todo el discursillo, denos más tiemplo plis”) salimos y los cientos de conscriptos en posición de firmes, de veinte en fondo como guerreros de terracota, sudando la gorda gota y latigueados por el Sarch, nos odiaron al vernos salir tan frescos y más a éste su charro remiso pues había alcanzado a meterme una botellita de coca cola entre los pliegues del pantalón. Hubo dos o tres poetas, otros metidos más bien en la onda prosista y uno que babeaba de lo bruto para hablar aunque nada bruto para escaparse también tres horas con nosotros. No hubo mucho para dónde hacerse, sólo a un poeta y a muá, nos vieron algo de futuro y el aplausómetro estuvo dividido aunque cuando tocó que me aplaudieran hubo algunos “uleeeero” y “uuuuto” que se colaron. El Sarch dijo al respetable público que estaba el destino de toda una generación en los hombros del poeta o en los míos, que nos darían tiempo de prepararnos y que el alto mando castrense decidiría la mejor opción (¡ahueso! pensé, y siniestramente saqué la coca cola asegurándome que todos me vieran menos el Sargento, le di un sorbo e hice la expresión de ¡aaaahhhhh! la roqueseñal y patitas para qué las quiero, tómenla).

Días después resultó que las altas esferas castrenses era sólo un teniente medio sangronsón que se creía Tom Cruise con sus botoneras doradas. Entramos al mismo cuartito anterior sólo el poeta y yo, seguidos del teniente que me miró muy serio (¿habrá sabido lo de la coca?). Arránquese, me ordenó. ¿Así? ¿No quiere que primero le diga mínimo mi nombre? Me arranqué y comencé a dar el discurso que había preparado y ¿qué cree? Se me olvidó. El cuartito incoloro me succionó, todo se puso oscuro a mi alrededor y la única salida a la distancia eran los ojos llameantes del teniente. Me senté, obnubilado y derrotado. El poeta recitó sus versos sin contratiempos. Terminó la farsa y el teniente ya se preparaba para irse cuando le pedí otra oportunidad, vio su reloj y se volvió a sentar. Órale mi Attticuss, no la cagues, me acicateé. Sobra decir que me salió soberbio (¿cómo no? Que te lancen una mirada despreciativa como ladilla de armadillo de Juchitán sí pega) y que el poeta no era precisamente un Paz o un Sabines.

El 5 de mayo, con la Plaza Lerdo hasta las manitas, di mi discursote. Me lo rasuró el teniente cinco minutos antes y le quitó dos párrafos donde hablaba de la corrupción, de que los jóvenes estábamos hasta la reverenda eMe y de lo jodidos que nos tenía ese pinche gobierno (palabras más, palabras menos). Sopesé el ignorarlo olímpicamente o hacerle caso, pero creí conveniente mejor no meterme en honduras, al fin de cuentas qué ganaba yo con decir en público lo que todo mundo ya sabía y que por cierto no ha cambiado después de tantos años. La aplaudidera en pleno, saludo militar a los conscriptos, saludo y abrazo al Gobernador, y por saludarlo a él se me olvidó saludar al Comandante de la Zona Militar al que, dicen, dejé con la mano extendida. El teniente y yo nos hicimos amigos (¿cómo no? Él se sentía Tom Cruise y yo parezco un Tom Cruise de obsidiana, un ídolo azteca de azabache rústico… como que se vio reflejado el pelos de elote), me dio dos sábados de licencia y hasta se despidió de mí cuando después lo transfirieron a la zona militar de Michoacán –ojalá que después de años lo hayan cambiado otra vez-. Y por eso me alejé del vicio… oquéi oquéi, no fue por eso, pero sigo sin entender la poesía, sigo odiando las asoleadas, sigo recordando al Sarch y al teniente, y sigo viendo el desfile cada 5 de mayo recordando, indefectiblemente, a los guerreros de terracota que si hubieran tenido piedras me lapidan.

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