Por Atticuss Licona

22 de agosto del 2014

 

Terminó la semana dibujando elefantes. Imagínese usted, bien querido lector lectora, a este prócer de la Cuenca heredero del resplandor del río de las mariposas, atenazando un plumón para dibujar un elefante con la misma destreza con que Miguel Mancera ha llevado los destinos del Distrito Federal. Mancera, mejor conocido en el bajo mundo político como el “purito” porque es una madrecita oscura con la cabecita blanca, había andado muy agachado soportando fogonazos y no había tenido oportunidad de destacar (y mire usted que no brillar después del infumable Marcelo Ebrard ya está canijo). Pero un buen día de estos se levantó bastante malhumorado porque no le alcanzaba la quincena para pasarle el gasto a su familia y muy envalentonado con sus lanzas en ristre pidió a quien lo quisiera escuchar que ya aumentaran, porfis, el salario mínimo.

El purito estaba muy tranquilo tirándole alpiste a las palomas del Zócalo pensando cuál de esas era la reencarnación de Andrés Manuel, y así debió quedarse, pero el gusanito -que es mentira que se mete, más bien ya lo traemos dentro- de la ambición política lo picó y decidido a no quedarse atrás en la carrera de caballos parejeros rumbo a la Presidencia, ¿qué hago? Pensó, y se sacó de la chistera ese cuento. Alarmadísimos los señores de bombín del Banco de México y los economistas serios, sólo atinaron a levantar con sus dedos huesudos (menos don Carstens) sus monóculos y checando sus relojes de leontina dijeron al unísono que bueno, ya se había tardado en salir algún loco que saliera a regar el tepache. Tan bien que le estaban saliendo las reformas al Presidente.

Pero creo que ya estoy tejiendo otra telaraña y en esa no hay elefantes que se columpien. Le contaba que la tarde de este jueves, cual Dalí, dibujé dos elefantes por encomienda de la rubia maestra del Paquito (está estrenando modelito). Cada niño debe cargar con su cruz, me decían a mí cuando apuradamente pasé el kínder. Antes el preescolar era cosa seria, la primera criba del mexicano, los que no pasaban esos primeros años estaban destinados a los trabajos más rudos y esforzados, el sistema escolar estaba creado a la vieja usanza de los mayas, era como aventar a los niños a los cenotes congelados. Ahora todo ha cambiado y basta con que los críos asistan a la escuela, ya si hacen su tarea o no, significa un regaño para los padres, jamás para los niños. Yo tuve unas maestras muy estrictas, cosa seria las muchachonas que para estas fechas deben estar bastante correteadas, aunque también tenían su especialidad en amor y ternura, y yo me dejé querer y me dejé guiar. Todo llegó a buen puerto y al final hasta declamé la de “Mamá, soy Paquito” con tanto aplomo y convicción que más de una mamá salió llorando, la mía, claro, sólo me dijo que “A ver si es cierto que ya no harás travesuras”.

El caso de los elefantes es penosísimo y por eso el circunloquio. La rubia del mandil nos encargó a los padres que pintáramos un elefante para que los niños lo iluminaran después. Habiendo marcado las coordenadas me dirigí a mi restirador y con escalímetro en mano me remití a mis años en que quise ser pintor rupestre y tracé con el mayor profesionalismo que me dan mis años, un elefante que tenía la percha de ser una combinación perfecta entre africano y asiático, para no errarle. Era un portento de dibujo. Pero resulta que al benefactor de mi esfuerzo, aparte de ser solo un mirón, le dio por comportarse con la profundidad de Arturo López Gavito y me dijo muy sutilmente que así no eran los elefantes. Terminé pues dibujando otro, medio loco y atrabancado retrepado en una pelota de plástico con estrellitas. Es una locura por supuesto, pero al cliente lo que pida.

No es de Dios tenerme a mis años dibujando animalitos, hay que ser serios por piedad. Seriedad señores, seriedad don Mancera. Subir el salario mínimo así de sopetón es tan loco como pintar elefantes malabaristas.

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