Por Silvia Núñez Hernández

11 de agosto del 2014

Una tarde como cualquiera, mientras veía de reojo a mi hija de 4 años que jugaba en la recepción de los consultorios dentales donde soy secretaría, atendía una llamada telefónica de un paciente el cual solicitaba una cita. Alternando la atención hacia mi pequeña y las llamadas telefónicas, tocaron el timbre de la puerta. Como siempre abrí y regrese a mi escritorio para dar atención al sujeto quien me preguntaba si se encontraba la doctora en ese momento.

 

Una de las tres odontólogas se encontraba trabajando en su consultorio, por lo que le pregunté qué tipo de atención requería para canalizarlo. El tipo me dijo que le dolía la quijada mucho, padecimiento que no es atendido por ninguna de las doctores y por lo que le recomendé que fuera mejor a la Cruz Roja o al Hospital General para su atención.

 

Entendiendo que ahí no podría ser atendido, el señor se retiró. Al cabo de un rato, volvió a sonar el timbre y en esta ocasión era una mujer con una adolescente que preguntaba acaloradamente si se encontraba la “dentista”. Apenas le iba a responder mientras que le pedía que entrara a la recepción, cuando a escasos pasos de ella ascendía por las escaleras nuevamente el mismo sujeto, pero esta vez, venía encañonándome con una pistola. Me exigió que ingresara, la mujer en ese momento quedó en segundo término la cual era utilizada como “gancho” por el asaltante.

 

Me quitó mi monedero y mi celular –mientras yo abrazaba a mi pequeña que no entendía lo que pasaba- y me ordenaba casi a gritos que le indicara en cuál de los consultorios estaba la otra doctora. A él ingresó la mujer, en ese momento la odontóloga se encontraba trabajando en su computadora cuando fue sorprendida por la mujer la cual le exigió le diera sus dos celulares y la Laptop que estaban a la vista de ella, también le ordenó que no saliera del lugar. Fueron breves instantes pero que honestamente se me hicieron eternos. El sujeto entre amenazas me preguntaba donde estaban las otras doctoras o que les abriera los consultorios.

 

Me apuntaba directamente con la pistola mientras yo con el cuerpo le servía de escudo a mi hija. Le dije muy asustada que no tenía llaves de los otros consultorios, por lo que gritándome palabras altisonantes salió corriendo del lugar. Para ese entonces no me percaté en qué momento la mujer junto con la chiquilla –como de 13 años- habían desaparecido con los objetos que nos habían robado.

 

Corrí a cerrar la puerta, la piernas me temblaban, pensé que nos iban a matar a todas. Abracé a mi pequeña que ya lloraba por el susto que le hicieron vivir; me dolió ver sus ojitos llenos de lágrimas, me dolió mucho que tan pequeñita haya tenido que vivir esto. Mientras la cargaba, ingresé para ver las condiciones de la doctora quien yacía sentada sin color y sin entender absolutamente nada de lo que había pasado. Nos abrazamos prolongadamente y comenzamos a llorar todas.

 

El desconcierto nos invadió, no atinamos a saber qué hacer. Lo único que se nos ocurrió fue hablar a una de las doctoras. Muy asustada por lo que sucedía, nos pidió que mientras se trasladaba a dónde estábamos nosotras, le llamáramos a la policía. Muy cerca del edificio de consultorios, se encuentra una caseta de policía pero desafortunadamente su reacción de respuesta fue realmente tardía. Llegaron una hora después del llamado y su actitud más que sentirnos seguras, nos provocó desaliento.

 

Llegaron dos policías, uno gordo y el otro delgado, pero este último, muy chaparrito –con aspecto de una desnutrición realmente alarmante- preguntándonos sobre cómo se habían dado los hechos. Nos preguntaron nuestros nombres y el policía gordo lo anotaba una libretita sucia y bastante maltratada. Preguntaron sobre las características de los asaltantes y sobre qué tipo de cosas nos habían robado. El asunto se me antojaba más como para verificar que “tesoros” habían saqueado para después demandar la equitativa división de lo robado.

 

Cuando le pregunté si harían un operativo para intentar dar con el asaltante, la mujer y la “chamaca”, se miraron con dejo de burla entre ellos y me respondió el flaco desnutrido:

 

“Uy señito, den gracias que no las hayan matado (…) Son cosas, lo material va y viene señito, ta’ muy difícil que demos con ellos”.

 

Desde ese momento, supimos que fue en vano haberles llamado, puesto era notorio que estos no tenían la mínima intención de dar con ellos, primero por su evidente y nula capacidad para llevar una investigación y luego, porque es evidente que no les interesa en lo absoluto brindar seguridad a la ciudadanía.

 

La seguridad en debacle

 

Lo vivido por estas mujeres amable lector, es parte de la cruda realidad que se vive en el estado veracruzano. El problema de éstas estadísticas, es que ya nos estamos acostumbrando a escucharlas. Llegar a ese grado, es un indicador alarmante sobre la ola de violencia persistente en la entidad y como las supuesta dependencia encargada de brindar seguridad, simplemente hace caso omiso y en el peor de los casos, son activos participantes en dichos actos delictivos.

 

En las unidades habitacionales, fraccionamientos y colonias, los habitantes ya se encuentran hartos de no contar con vigilancia de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) y de la Policía Naval (PN) perteneciente a la Secretaría de Marina, por lo que se han dado a la tarea de organizarse para combatir a la delincuencia que impera en sus zonas.

 

Los colonos del Costa Verde reaccionaron también y ya anunciaron su Comité de Vigilancia Ciudadana. Se dicen hartos de estar siendo ultrajados por los delincuentes, quienes ingresan tanto a sus domicilios como a sus negocios.

 

Mi pregunta ante este tipo de compromiso social que está esforzándose en conformar los ciudadanos es:

 

¿Vamos a continuar pagando salarios a quienes no están brindándonos protección?

 

Es inadmisible que se siga canalizando recursos al “ejército” de incapaces que cobija la SSP. Pareciera que estos nomás son utilizados por otros “rubros” y no para lo que los gobernados les pagamos.

 

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