Por Atticuss Licona

5 de agosto de 2014

 

“Y así le dije con desolada y cristiana bondad: Desnúdate que yo te ayudaré”, escribió el poetazo Efraín Huerta en uno de sus poemínimos, y habré leído y bebido demasiado en mi vida cuando dejen de sorprenderme increíbles piezas literarias como esa. Creo que me fui a la Chacha’s Style, y no dije a dónde iba ni cuándo pretendía volver. Dirían mis detractores (los cuales a veces pienso que son apabullantes legiones) que me faltó pararme en lo alto la mayor palmera de Bataan y, parodiando al General MacArthur, decirles “Me voy, pero volveré”.

Tuve un desconecte brutal que pudo ser confundido con un apagón cerebral. Así deberían ser las vacaciones y no esos viajecitos insípidos a Playa del Carmen en los que el usuario no pierde oportunidad de etiquetarse en las redes sociales en alguna foto a la luz de las estrellas, con el mar de fondo y alzando una copa de vino disfrutando la terraza del algún restaurante francés. Imagínese qué escena tan desagradable. Sobre todo teniendo a la mano el control remoto de la televisión y una cama que nos quiere tanto. Me desconecté, le decía, y pretendí no levantarme de la cama a menos que algo muy extraordinario sucediera. ¡Dicen que tembló! ¡Ja, ja! Hace falta mucho más que un mísero temblor de 6.4 para despertarme a esas horas nada propias. En estas vacaciones recorrí mi reloj biológico y aletargué las pulsaciones para, como debe ser, vegetar a gusto. Al principio hasta iba al baño, pero ya para finales de julio eso era una actividad ociosa.

Entiendo que en estas semanas de verano la vida no se detuvo y que todos continuaron su caminar por ese angostísimo sendero que lleva a la felicidad. Bien hicieron. Gracias a mi increíble sagacidad logré quedarme en casa la mayor parte del tiempo, sólo que comencé a preocuparme cuando hordas de Greenpeace se plantaron bajo mi balcón sosteniendo mantas. Entre salven a las ballenas y adopte un árbol al parecer también les quedó tiempo para iniciar una lucha por éste su charro que parecía manatí varado y que se estaba mimetizando con las sábanas. ¡Me las tuvieron que despegar con agua calientita!

Pese a esos lapsos de hibernación, también hice otros deberes como leer y escribir algunos cuentos y relatos. Sin embargo me doy cuenta que ni leí todo lo que quería, ni escribí todo lo que aspiraba, ni dormí todo lo que debía, ni vegeté todo lo que ansiaba. Esta vida, de por sí difícil y complicada, tiene tantos vericuetos que no nos deja suficiente tiempo para lo indispensable. Nos hemos conformado con la lacónica frase de “lo importante es que hay salud”, porque la sociedad azteca está tan agobiada que ya no puede aspirar a nada más. Apenas hace unos días cayó un nuevo gasolinazo, término que por sí solo debería ser aterrador; están por concluir las discusiones para la reforma energética y caemos en la cuenta que ni siquiera fue necesario empatarlas con los partidos del Mundial porque “nobody cares”… a nadie le importa.

Caigo en la cuenta que llevo casi un mes sin ver a Joaquín López Dóriga y, contra mi aprehensión tradicional que me hacía ponerme violento si a alguna fémina de mi familia osaba tomar el control remoto y cambiar de canal para ponerse a ver la mejor forma de decorar cupcakes, descubro que la vida siguió, “como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”, diría el otro Joaquín, Joaquinito, Sabina.

Agradezco a aquellos que se tomaron la molestia de enviarme un mensajito en este periodo de descanso que me tomé a la malagueña, preocupados por la perenne posibilidad de que hubiera yo caído en algún latigazo de la mala suerte que no se cansa de seguirme. Se nos acabó el descanso y ahora sí, cuéntenme cuál es el plan, ¿Qué se va a hacer?

Cualquier comentario de esta columna indigna de mi general MacArthur, favor de enviarlo a atticusslicona@nullgmail.com, puede seguirme en twitter en @atticuss1910 y leer mi blog en atticusslicona.wix.com/atticuss