Por Atticuss Licona

8 de agosto del 2014

Así como el agua de lluvia despierta los olores terrosos del suelo, los días lluviosos como hoy despiertan caudalosas emociones muchas veces incontenibles. He conocido personas que en tardes acuosas se tiran a la contemplación de un pasado ya distante; otras se ponen de un humor cancerígeno con pinceladas de gris sobre su gris esencia; otras prefieren no salir y encerrarse entre las cuatro paredes secas de su alcoba; pero si tomáramos en cuenta que el estado de ánimo no debería estar sesgado por las condiciones climatológicas podríamos padecer menos. A este su charro estos días lo ponen de un humor chocolatoso y con ganas de hartarse de pan de dulce.

Claro que la mercadotecnia no ayuda en nada, invariablemente en las películas nos dibujan la tristeza aderezada de lluvia escurriendo en la ventana, sepelios bajo en días oscuros aún más negros que la noche, la música ambiental cambia y las melodías se vuelven pulcramente angustiantes. Creo importante que no nos dejemos llevar por la visión de los directores, resistirnos a la tentación de caer en las huestes melodramáticas de las muchachitas insípidas que lloran a moco tendido, se terminan diez cajas de kleenex en una tarde y se ponen melancólicas al estilo Victoria Ruffo sintiéndose la malquerida, por un suplicio que se resume en cuatro palabras “es que está lloviendo”.

Como Penélope podemos sentarnos a tejer el sudario de nuestras tristezas manteniendo firme nuestra fidelidad a la desolación o podemos destejer lo ya tejido y darle buena cara al mal tiempo. En días lluviosos como éste yo prefiero recordar lo bueno de la vida, aquellos días cuando cualquier lluvia inundaba las calles de mi natal Cosamaloapan y yo, inocente niño, salía enfundado en mis calzoncillos blancos y nadábamos, literalmente, en los diez centímetros de agua que cubrían la calle. Retozábamos tanto que, como el ratón que cayó en el vaso con leche, enmantequillábamos el agua. Pero eran buenos días, días felices en los que no era preocupación mojarse, días propios para correr bajo la lluvia y colocarnos bajo los escurrideros de las tejas porque entre más mojados, mejor. Era cuando aún tenía un poco de los dones de Jean Baptiste Grenouille, cuando aún podía oler la tierra mojada y la esencia del jardín, no como ahora que soy incapaz de diferenciar las notas de los buenos whiskys. Podría caer en la desesperación, cierto, y sumarme a las filas de los soldados que van a la batalla a morir de aflicción.

Usted decide de qué forma enfrenta una tarde de lluvia, lo invito a salir a chapotear, a que brinquemos juntos en la lluvia y nos dispongamos a ser felices, a salir alguna vez del auto sin ocupar el paraguas y sin correr, lleguemos dócilmente a nuestro destino, dibujemos una sincera sonrisa acompasada por las gotas de lluvia que caen en staccato, tomemos chocolate caliente con pan y dispongámonos a ser felices. Los días lluviosos no los podemos escoger, pero sí tenemos la oportunidad de decidir de qué forma los enfrentamos.

¿Yo qué hice en este día lluvioso? Tomé una manita rascadora que compré por diez pesos en un crucero y me puse a hacerme piojito y a rascarme la espalda… por horas, lo que demuestra que la felicidad ni siquiera es cara. Comienzo a forjarme el carácter dócil que deberé explorar cuando, gracias a años de esfuerzo, por fin pueda estar pensionado y me retire a descansar y a rezar por el restablecimiento de la salud financiera de instituciones como el IPE. Podría angustiarme pensando que cuando llegue a esa edad cansada, a este paso, el IPE será solo una laminilla oxidada en lugar de la locomotora rugiente que alguna vez fue… pero una vez más, el cómo tome esa espera es decisión personal.

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