Por Atticuss Licona

12 de agosto del 2014

“Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo…”, así comienza la Odisea y es todo lo que he leído de ella. A mis años y después de un bagaje con el cual ya medio me defiendo, cuando leo esta primera oración reconozco la impresionante belleza de esas palabras y me pregunto, como suelen preguntarse los leperitos mexicanos: si así está el caminito ¿cómo estará el pueblito?

Hay varias razones por las cuales no la leí en su tiempo, cuando supuestamente todo colegial azteca aspirante a buzo de drenaje debería leerla. Podría hacer un listado pero no acabaría y el espacio que tienen a bien obsequiarme en estos medios de comunicación es reducido. No entiendo a los maestros de secundaria y bachillerato, que en un afán desmedido por robarles la energía a los chicos, deciden ponerlos a leer obras literarias que (nadie lo niega) son de lo mejorcito que ha dado el hombre, pero que a esa edad es una invitación a un divorcio eterno con la lectura. Tengo que reconocer que en su momento no leí ninguna de las obras que me encargaron. De la Celestina sólo recuerdo que la calificación final dependía de una interpretación teatral y aunque no leí la obra completa cuando menos sí me aprendí mis diálogos, los cuales dije con pírrico orgullo y altivez frente a cincuenta peregrinos del tiempo que se decían mis compañeros de clase y que no podían soportar la virilidad de éste su charro enfundado en unas pantimedias Frescannon. ¡No! Si mi mamuchis era exquisita cuando se trataba de encontrar las maneras de hacernos quedar en ridículo. ¿Qué le costaba mandarme a hacer un trajecito medieval? En cambio, me vistió con una blusa blanca de gasa holgada, bermudas bombachas ajustadas encima de la rodilla con organza de encaje que remataba en las incontenibles medias Frescannon por las que se filtraban mis incipientes bellos de adolescente, y para cerrar el cuadro unas babuchas estilo Papa Pío con orlitas de concha nácar.

Por default tampoco leí La Ilíada, la cual mucho me temo que jamás podré leer sin imaginarme al valeroso Héctor y al semidios Aquiles con los rostros de Eric Bana y Brad Pitt. Sería como imaginarme una titánica pelea entre el increíble Hulk y Benjamin Button. Y sumados a esos hay una larga, dilatada y pesada lista de títulos que no leí en su tiempo. Fausto, Marianela, María, La Divina Comedia, El cuento Hispanoamericano, Fuenteovejuna, Pedro Páramo, El llano en llamas, El Quijote de la Mancha, y muchos más. Con el tiempo comprendo cuánto hubiera ganado de haber tenido la clarividencia suficiente y no haber sido tan cabezadura. Pero a esa edad ¿qué se le puede pedir al inocente mozuelo que está más preocupado por ponerse cataplasmas de lodo y hacerse vaporizaciones de manzanilla para evitar el acné? Es probable incluso que aun poniéndoles enfrente una versión en tiras cómicas ni siquiera eso se dignen a leer los chiquillos y las chiquillas (parafraseando al mago del buen decir). ¿Qué es lo que debería leer la juventud? ¡Ay Dios! Qué pregunta tan difícil. Conforme avanzaba este escrito temía que llegara este inevitable momento en que me decantara en esa disyuntiva ¿Qué deben leer? La cual, paso olímpicamente a -como procede en estos casos- dejar al escrutinio de los conocedores de las ramas pedagógicas.

Tucídides, en la Historia de la guerra del Peleponeso, en el famoso diálogo entre melios y atenienses, escribe: “Como vemos por experiencia en lo que toca a los hombres, y creemos por tradición en lo que toca a los dioses, cualquier ser ejerce siempre, por un requisito natural, todo el poder de que dispone”. Sírvame la frase para invitar a esos esforzados y siempre muy bien intencionados docentes, a que cuando menos, como un favor de amigos, revisen la pertinencia de que un chico de quince años lea en dos meses, verbigracia, todo El Quijote de la Mancha, y que las energías se enfoquen en buscar la forma de que leer sea por gusto y no por el poder con que se impone la escuela.

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