Por Atticuss Licona

14 de agosto del 2014

Después de “Más negro que la noche” no he vuelto a ver otra película mexicana que realmente me ponga los pelos de punta. No soy aficionado a las películas de terror, aclaro, porque prefiero mil veces el género melodramático o el de vaqueros (que creo ya ni hacen, pues ahora hacen bodrios de Cowboys vs Aliens). El ver una película me supone la oportunidad de olvidarme por dos horas del angustiante mundo en que vivimos y es mi pretensión despatarrarme en una silla tipo reposet, aflojar el cuerpo y los adentros, y dejarme entretener. No concibo la idea de estar sufriendo, porque aunque sé que nada de eso es cierto pues no nací ayer ni me acaban de bajar del cerro para creerme las historias de las casas embrujadas, hay reconocer que los cineastas de ahora tienen a la mano fantásticos efectos visuales y sonido Dolby envolvente que hacen que cualquiera brinque en el asiento cuando por fin le dan el hachazo al negrito.

Pero le contaba de la película, la cual vi, como era más común en ese entonces, hasta que Televisa se dignó a pasarla en televisión abierta. No era tan fácil, cuando menos para mi esforzada familia, el acudir al cine. “Ben-Hur” fue la primera película que recuerdo haber visto en el cine, en el Cine Chino para ser más preciso, que era en ese entonces un portento de lujo y ambientación con sus alfombras rojas y luces dignas de Hollywood.

Recuerdo que aquella noche en que a mi madrecita se le ocurrió entretener a sus tres críos con una película de terror, tenía el ambiente más que propicio para la ocasión. Una pertinaz lluvia había caído en el Distrito Federal y la electricidad iba y venía intermitentemente. Nos llevamos un susto de muerte, si mal no recuerdo, y eso que la película en sí era de suspenso y no de terror, pero desde ese entonces odié a los gatos negros.

Curiosamente la volví a ver hace unos días porque mi tlacoyo andaba muy sacalepunta con que quería ver una de espantos (como dicen en mi pueblo). Para que se educara le pedí que la buscara en el internet pero que la íbamos a ver como Dios manda: con las luces apagadas. No causó en ella el efecto que yo esperaba y después de una hora habíamos caído en un catatónico adormecimiento. No cabe duda que los jóvenes y los pequeños de ahora ya están más revolucionados. El Paquito entró al cuarto y preguntó qué veíamos; una película que no es para niños, le dije. ¿Matan zombies? No. ¿Matan personas? No. ¿Matan zombies y personas? No. E increíblemente aburrido, se dio la vuelta y no insistió. Caray, no tiene ni cinco años. Yo a esa edad me moría de miedo cuando el desgraciado gato negro se erizaba frente a Lucía Méndez. La versión de 1975 ya no da miedo. Lo que sí da miedo es el paso del tiempo pues Lucía Méndez estaba jovensísima y sin cirugías plásticas. Pedro Armendáriz Jr. todavía vivía, bonachón como en los buenos tiempos. Susana Dosamantes, Claudia Islas y Helena Rojo, también tenían sus carnes bien puestas.

El tiempo pasa y no perdona a nada ni nadie. El remake de esa película está por estrenarse. Seguramente será un hitazo porque la historia es buena y si el director hace uso de técnicas adecuadas podría revivirse la historia de Becker. Aunque ahora, a decir verdad, hay demasiado en el ambiente que le puede hacer sombra pues qué puede estar más negro que la situación del mexicano. Supuestamente las bondades de la Reforma Energética se verán a futuro, en 10 años (que le reclamen al que llegue), pero mientras, nuestro presente está, admitámoslo, más negro que la noche.

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