Por Armando Ortiz

12 de agosto del 2014

Cada vez que alguien se suicida me acuerdo de El lobo estepario, esa gran novela de Hermann Hesse donde se relata la vida adulta de Harry Haller, conocido como el “lobo estepario”. En uno de los párrafos más contundentes, Hermann Hesse, señala que Harry Haller pertenecía a una clase peculiar de individuos, la clase de los suicidas.

“Por otra parte –escribe Hesse-, a todos los suicidas les es familiar la lucha con la tentación del suicidio. Todos saben muy bien, en alguno de los rincones de su alma, que el suicidio es, en efecto, una salida, pero muy vergonzante e ilegal, que en el fondo, es más noble y más bello dejarse vencer y sucumbir por la vida misma que por la propia mano”.

El suicidio, lo aprendí de este autor alemán, puede ser también un consuelo, una fuerza, un apoyo. El suicida, que ve cómo se agrega a su vida dolor y sufrimiento, ya sea real o irreal, sabe que tiene la puerta abierta y que en cualquier momento puede cruzar el umbral, para terminar con todo, nada más que él lo quisiera; dolor y sufrimiento cesarían en el momento que él lo decida.

La primera película que vi de Robin Williams fue Popeye, con una Shelley Duvall en el papel de Oliva. Después esa película extraña titulada El mundo según Garp, donde Glenn Close la hacía de su madre. Ella le puso Garp al hijo porque a la hora de morir el padre, y a punto de decir el nombre que quería para su hijo, expiró y guturalmente dijo “garp”.

Después lo vi deslumbrante en Buenos días Vietnam. Fue la primera película de él que realmente me gustó y por la que le debieron dar el Óscar. A partir de ese momento lo encasillaron y todos sus papeles en adelante fueron los mismos. Se repetía como el sujeto que rompía las reglas, el buena onda, el maestro irreverente, La sociedad de los poetas muertos, Despertares, el colmo fue Patch Adams, esa película espantosa en donde lo ponían a actuar a los cuarenta y ocho, como un chamaco de veinte. Infamia sólo semejante a esa monstruosidad fílmica a que lo obligó Francis Ford Coppola, Jack; o quizá tan infame como el Peter Pan de Spielberg.

Después vinieron mejores tiempos. De la mano de Gus Van Sant logró en 1997 el Óscar por su papel de maestro en la película Good Will Hunting. Era un poco el personaje que lo había encasillado, pero conducido por el extraordinario Gus Van Sant. Ya había sido nominado por otra buena actuación en The Fisher King, pero nuevamente el director había sido la diferencia, nada menos que Terry Gilliam.

Quiso ser malo y lo logró. Dos o tres películas bien realizadas recuerdo, en las que aparece como un psicópata acosador, dependiente de una tienda de revelado de películas, o como un asesino tipo “unabomber”.

A veces me fastidiaba con su caracterización de simpático, payaso, imitador de voces, pero debo reconocer su actuación magistral en varias de mis películas favoritas. En las postrimerías de su carrera participó en series para televisión, la última fue The crazy ones, que resultó ser un verdadero fracaso.

Harry Haller, el lobo estepario de la novela de Hesse tenía 47 años, pero había decidido quitarse la vida apenas llegara a los 50. Harry “se abismaba con cariño en la idea de que el día en que cumpliera los cincuenta años, llegarían por la mañana las cartas y las felicitaciones, mientras que él, seguro de su navaja de afeitar, se despedía de todos los dolores y cerraba la puerta tras sí”.

Robin Williams no quiso llegar a los 64 años. Se suicidó a los 63. Curiosamente el tema de una de sus primeras películas, El mundo según Garp, es la canción de los Beatles, When I’m sixty four. Entonces Robin Williams tenía 31 años. ¿Cómo iba a imaginar en ese tiempo que él no llegaría a los 64?

En la canción un hombre joven, como lo fu él a los 31, se preguntaba: “¿Me necesitarás, me alimentarás todavía, cuando tenga sesenta y cuatro?”. Quizá, por las cosas que estaba pasando, por las tribulaciones que lo acosaban, Robin Williams entendió que no, que nadie lo necesitaría a los 64; por supuesto ya no le podemos decir que estaba equivocado.

Descanse en paz Robin Williams.

 

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