Martín Quitano Martínez

27 de agosto del 2014

 

No hay que tener miedo de la pobreza ni del destierro,

ni de la cárcel, ni de la muerte.

De lo que hay que tener miedo es del propio miedo

Epicteto de Frigia(55-135) Filósofo grecolatino

 

Vivir con miedo, con ese sentir que cala los huesos, el alma. Vivir con la turbación cotidiana de la fragilidad de nuestro ser. Vivir con el espanto de las incertidumbres, de no tener certezas más allá de los apremios, de los temores que abigarrados, húmedos, penetran, infiltran nuestras vidas.

 

La inseguridad que se pasea impunemente en nuestra nación parece incontenible y directamente proporcional a las debilidades institucionales cotidianamente manifiestas. La barbarie presente en nuestro día a día, los dilemas de la sobrevivencia de mayorías que, arrasadas por los modelos dominantes, caminan sin rumbo aparente, deambulando en medio de los deterioros, de los hartazgos.

 

La locura de los datos, de las imágenes de muerte de personas como referentes de una violencia que es cada vez más “normal” por la frecuencia con que suceden. Tanto que se vuelve “natural” saber, ver, contar hasta desterrar la sorpresa, el azoro, la indignación, los muertos que nos pasan enfrente en las noticias o en la vida real.

 

Esta situación pudiera incluso conformar un “hábito cultural” dado que, como con la corrupción, según el diccionario peñanietista, se estarían sentado las bases para ser otro tema de orden cultural; no, claro que no es un problema de instituciones, de legalidad, de impunidad. Ese argumento que no implica más que el traslado de las responsabilidades, desde los vacíos de las instituciones a una idea abstracta de cultura, contra la que no se puede hacer nada desde la presidencia de la república.

 

Si la costumbre nos lleva a aceptar a la corrupción como un hábito cultural, la violencia y todo lo que ésta conlleva, podría por su actual cotidianeidad, verse en el corto plazo como una consecuencia normal de la condición humana, bravura incontenible del ser humano, más en un pueblo y en un país en donde “la vida no vale nada”.

 

Los derroteros de nuestra sociedad se presentan aciagos, nebulosos, oscuros. El optimismo se da de topes frente a los hechos diariamente, la esperanza está herida de muerte con los secuestros, los balazos, las cuchilladas, los ahorcamientos, las mutilaciones de nuestros connacionales. El miedo, el terror desmontan ilusiones, cierran la puerta a solidaridades, apretujan en el individualismo, la sobrevivencia, el crecimiento.

 

La tristeza de ver la oscuridad mexicana por la que se atraviesa, contrasta con los discursos oficiales que enarbolan los puntos dorados de un futuro que se forja en la negrura de la pobreza y el luto de la violencia.

 

Ahora aquí me encuentro consternado, rabioso, como diría Mario Benedetti, ante nuestro desastre, ante la ofensa diaria, constante; sin respuestas para el crimen artero de un hombre de bien.

 

Este no debe, no puede ser y no será el destino inexorable. Estoy seguro que podremos reunir lo que queda de esperanza para buscar salidas, para encontrar un camino mejor. Tendremos que esforzarnos mucho sin duda, y el primer paso es no abandonarnos, no creer que todo está perdido y que no hay nada que hacer.

 

Reclamemos nuestro derecho a vivir sin miedo.

 

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

La “nueva izquierda de Veracruz”, el Partido Cardenista fiel reflejo de nuestra crisis de la política.

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