En México, la obra pública se caracteriza porque difícilmente un proyecto termina como se anunció en sus inicios, casi siempre sufren modificaciones y siempre resultan con costos mucho muy superiores al presupuesto original. Sucedió hace décadas con el drenaje profundo de la ciudad de México y más recientemente con la construcción del edificio del senado, igual ocurrió con la Biblioteca Vasconcelos que hizo Fox y, más fresco, con la Estela de Luz, de Calderón, que tuvo un ajuste nada menos que de 3 mil 400 metros cuadrados con un costo al triple de lo originalmente proyectado. En Veracruz tenemos constancia viva de este epifenómeno en la ya indefinida Torre Pediátrica y en el inenarrable Túnel Sumergido, que además compilan la otra singularidad: nunca terminan en el tiempo estimado. El presidente Peña Nieto acaba de inaugurar la autopista Mazatlán-Durango iniciada por Vicente Vox, Calderón la continuó y la inaugura Peña. Tal sucede con la autopista México-Tuxpan que anunció Salinas, inició Zedillo, la continuaron Fox y Calderón para que finalmente Peña Nieto la inaugure el mes en curso.