Por Danner González

2 de Septiembre del 2014

 

Por azares de mi formación académica, tuve la oportunidad de participar desde la niñez en concursos de oratoria. Recuerdo que desde el –para mí– temprano año de 1997, aparecía ya en las convocatorias de dichos concursos, el tema de “las reformas que México necesita”. Luego el tema se transformó, allá por el año 2000, en “Las reformas estructurales”. Y es que, desde luego, ya por aquellas fechas los políticos en el poder hablaban de la necesidad de reformas de alto contenido que impactaran directamente en la transformación de México. Nadie con dos dedos de frente y que ame lo suficiente a su país, estaría en contra de que se hagan reformas que cambien lo que está mal y que logren el crecimiento nacional.

 

Así pues, quienes entendieron eso se dedicaron a pregonar la necesidad de “reformas a los sectores estratégicos para el desarrollo”, a saber, el hacendario, el energético y el de seguridad social en un primer momento. Cada cierto tiempo, los políticos tradicionales tienen necesidad de operarse las arrugas, de quitarse el bigote, de renovar su discurso, para no parecer momias de la política. Maquillaje y andamiaje. Necesitan innovar en su comunicación para conservar el poder. Se comenzó a hablar entonces de la necesidad de una “Reforma del Estado Mexicano” y de nuevo se volvió tópico de campañas políticas, de analistas, de comentócratas, de paneles y mesas, de foros y concursos. ¡Es que hay que reformar al Estado! ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? Se puso en marcha entonces un paquete de reformas que incluyó la electoral, de nuevo una reforma hacendaria y una vez más, la reforma energética. Habían pasado más de diez años desde que yo comencé a escuchar y a estudiar las mentadas reformas y por entonces trabajaba en el Senado de la República. Se creó incluso una Comisión Especial de Negociación y Concertación de Acuerdos del Congreso de la Unión –CENCA por sus siglas–, en donde una vez más se enderezaron sesudas discusiones, innumerables foros y, como de costumbre, magros resultados. Luego vino la toma de las tribunas que impidió la reforma energética con tintes privatizadores que pretendía el Gobierno de la República. Dijeron desde el Gobierno, que los de la izquierda habíamos frenado a México. Yo creo más bien que lo defendimos –algunos desde nuestras muy tímidas trincheras– del más grande atraco que hasta entonces se hubiera pretendido.

 

Los años pasan y este país sigue teniendo los mismos grandes problemas –como escribiera Andrés Molina Enríquez a principios del siglo pasado–, los mismos males gobernantes y legisladores cada día más pacatos, más timoratos, menos resueltos. Enrique Peña Nieto puede seguirse exhibiendo en televisión, en programas de esos que le gustan a la Gran Familia Mexicana, ante periodistas cínicos y complacientes, pregonando las bondades de sus “reformas estructurales”. Eso es lo único que tiene que informar, que logró burlarse  del Congreso con la ayuda de legisladores que cometieron alta traición a la patria con su complacencia. La patria ha sido vendida ya. El PRI gobierno seguirá diciendo que debemos ser pacientes, que debemos esperar a ver los resultados positivos que tendrán sus reformas. Y la Nación, esta Nación tan generosa, volverá a esperarlos, pero no por mucho tiempo.

 

Quiero traer de nuevo aquí aquellos años lejanos de mi adolescencia de los que comencé hablando y en los que comenzaba a estudiar acerca de las reformas, pasadas, presentes y futuras. Sobre la repercusión de las reformas de Peña Nieto se ha escrito mucho y se ha hablado mucho ya. Éste no aspira a ser un artículo erudito sobre la materia, sino uno de reflexión sobre cómo se nos escapa el tiempo a los mexicanos, esperando que las cosas pasen. Reformas van y vienen. Quienes las hacen, sólo por el hecho de tener algo que informar y algo que llevarse a los bolsillos, no son reformadores, por mucho que se empeñen en venderse como tales. Son terribles reformistas. Sólo ha habido una gran generación de hombres de la Reforma, y fue la generación de Juárez. Esos hombres, dijo don Daniel Cosío Villegas, parecían gigantes. Este país sigue teniendo las mismas asignaturas pendientes porque lo que hay que cambiar es el status quo de quienes hacen política pensando en sus cuentas bancarias, no en las próximas generaciones.

 

La reforma electoral de 2007 no trajo elecciones limpias ni democráticas. La reforma hacendaria de esa misma LX Legislatura no se tradujo en beneficios fiscales para los que menos tienen ni en desarrollo económico. La reforma del ISSSTE no mejoró las condiciones de vida de los trabajadores del Estado. La reforma energética y la reforma de telecomunicaciones publicitadas como el gran logro de Enrique Peña Nieto no traerán beneficios más que para ellos, para los dueños del poder. ¿Saben por qué? Porque lo que se necesita reformar es el pensamiento, y ese es un tema de conciencia social que sólo pueden lograr los ciudadanos, siendo intolerantes a los malos gobiernos. Se reforman los sectores estratégicos, pero no se hace con visión de Estado y programa de crecimiento, como lo hacen los gobiernos desarrollados que piensan en sus ciudadanos. ¿Cuánto tiempo más le dará la Nación de gracia a estos reformistas?

Contacto: @dannerglez