Por Mario Javier Sánchez de la Torre

12 de Septiembre del 2014

 

  En esta tercera colaboración continuaré relatándole estimado lector todo lo que me sucedió durante los días 2 y 3 de septiembre del año en curso, al tratar de aclarar la imposición arbitraria de una multa por parte de la desprestigiada Dirección General de Tránsito y Transporte del Estado de Veracruz (DGTT), actitud de la cual seguramente usted también ya ha sido víctima.

  Después de haber escuchado las “amplias explicaciones” de la preparada y culta “señorita autoridad”, me dirigí a las oficinas de la DGTT del Estado de Veracruz, obviamente en taxi. La hora en que se llevaron mí auto fue aproximadamente las 14 horas del pasado martes 2 de septiembre, por lo que llegué a las oficinas de esta dependencia a las 14:15 aproximadamente. Me dirigí a la ventanilla destinada para atención al público -solamente hay una para atender todos los trámites que se tengan que hacer relacionados con la materia de tránsito de Xalapa o posiblemente del Estado- en donde me atendieron dos señoritas, que al explicarles el motivo de mi presencia ahí y que quería una audiencia con el SEÑOR DIRECTOR, reaccionaron de tal forma, que de inmediato me di cuenta, había pedido algo inaudito. Como un simple ciudadano, un simple mortal, un simple habitante de este estado se atrevía a solicitar tal cosa. Me dieron a entender que eso era imposible y dentro de lo que consideran ellas amabilidad trataron de convencerme que yo era un infractor, que era culpable y que la petición era imposible de atenderse. A lo cual mi respuesta fue en el sentido de que, yo el simple mortal, infractor, delincuente y necio además, quería hablar con su majestad. Al percatarse de mi necedad, me dijeron que esperara y un tiempo después otra secretaria, me imagino de mayor rango o importancia, salió al pasillo-sala de espera de la oficina de su majestad y me solicitó mis datos y se fue. Más tarde, pero bastante más tarde, de las oficinas de su majestad, salió un asistente o ayudante de la Dirección y también trató de hacerme entender que yo era culpable de tan grave ilícito. Para este momento, eficientemente ya habían ido a sacar fotografías de la “escena del crimen”, y me las mostraba. Pero como yo soy necio, le indique, que me dijera lo que me dijera, yo solicitaba una audiencia con su majestad. Se fue y varios minutos después, por la misma puertita, salió otro personaje de esta Dirección y para no alargar el relato, la situación fue la misma. Es importante señalar que cada personaje que me atendió, me explicó claramente antes de tratar de convencerme de mi culpabilidad, que su majestad estaba ocupadísimo y que no me atendería.

  Pero la atención de los empleados de la Dirección no finalizó con la segunda persona que me trato de convencer de mi culpabilidad, no. Momentos después se abrió nuevamente la puertita y no se imaginan quien salió: nada más y nada menos que Rambo. Con todo su equipo, arma larga cruzada al pecho, cinturón con todo lo que usted se puede imaginar, pantalón y botas de campaña, playera blanca, lo bueno es que no venía disparando y eso hizo que hubiera tranquilidad en el pasillo-sala de espera y todos lo que ahí estábamos no nos alarmamos. Pero no me lo esperaba y se dirigió a su servidor. Por lo que de inmediato pensé, que seré tan importante para que Rambo me atienda. Se paró enfrente de mí y con el pecho salido – como le dicen a uno en la primaria cuando hay que ponerse en posición de firmes- de inmediato me cuestionó sobre mi inaudita solicitud de querer entrevistarme con su majestad. Le dije que sí, con todo y pecho hinchado y armas que portaba. A lo que me respondió, muy inteligentemente, que no podía ser, porque estaba muy ocupado. Lo que es muy creíble, estimado lector, pues cuando alguna persona está en su oficina, generalmente está trabajando y no jugando. Pero le dije que estaba en mi derecho de solicitar la audiencia, pues como conocedor del derecho que soy, pues doy clases de derecho penal en una universidad de esta capital, conozco mis derechos. Y su majestad, además de ese título nobiliario, según la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, también es un servidor público y el sueldo que le pagamos todos los que aquí vivimos, es precisamente para que nos atienda y lo tiene que hacer. A lo que Rambo sabe usted que me respondió: yo también soy abogado y además soy el secretario particular de su majestad. Que le parece estimado lector. Entonces pensé, ya todo se va a solucionar, pues estamos hablando entre colegas, entre abogados. Y con la confianza que me dio saber la situación escolar de Rambo, le volví a explicar que en base a la ley, yo tenía el derecho de ser recibido por su majestad. Hasta aquí con esta parte del relato. Hasta el lunes Continuará.

Contacto:  noti-sigloxxi@nullhotmail.com