Por Martín Quitano Martínez
10 de diciembre de 2014
 

La aceptación de la opresión por parte del oprimido acaba por ser complicidad;

la cobardía es un consentimiento;

existe solidaridad y participación vergonzosa

entre el gobierno que hace el mal y el pueblo que lo deja hacer.

Victor Hugo (1802-1885)

 

¡Qué vergüenza!

 

Ostentamos el lugar 103 de 175 países valorados en el índice de percepción de la corrupción 2014 por Transparencia Internacional; nos ubicamos por debajo de la media tabla al obtener apenas 35 puntos de 100 posibles, donde 0 es la percepción de altos niveles de corrupción y 100 son bajos niveles de percepción de corrupción. 

Compartimos el honroso lugar en puntuación con Bolivia, Moldavia y Níger; estamos a 82 lugares de Chile y a 34 de Brasil que son nuestros principales socios y competidores, ocupando el último lugar de los países que conforman la OCDE, el 34 de 34.

Es de apuntarse que los datos mencionados fueron recabados en el primer semestre de este 2014, por lo que no están marcados por la vorágine de acontecimientos que sin duda empeorarían los índices de percepción, como son la violación de los derechos humanos de Tlatlaya, la inseguridad y la violencia que se manifiesta puntualmente en los asesinatos de los normalistas de Ayotzinapa y las complicidades institucionales o la famosa “casa blanca” de la familia presidencial, donde se observan conflictos de intereses al más alto nivel, elementos todos ellos que han desatado movilizaciones y exigencias que denotan los hartazgos de condiciones de vida pública, política y social tan ofensivas.

Las lecturas pueden ser variadas, pero coincidirían en un punto: vivimos en un país donde la corrupción es un elemento dominante de los quehaceres públicos, privados y sociales, que sin embargo no son como dice el presidente, consustanciales de la cultura mexicana, ni es una degeneración propia de los mexicanos genéticamente programados y predispuestos a ella. Se trata de un problema vinculado a nuestras debilidades institucionales y la descompuesta moral pública. La banal justificación de que la corrupción somos todos, como un ejercicio cultural y de la naturaleza de los mexicanos, se parece más a una coartada del poder para encubrir sus ejercicios amparados en la impunidad.

Es el ejercicio del gobierno construido sobre la impunidad, un gobierno de la corrupción. El politólogo Jesús Silva Herzog Márquez define como “dexiocracia”, un gobierno donde las actitudes y los hechos marcan la arbitrariedad del todo se puede, donde el continuo de la existencia pública se basa en el prerrequisito de permanecer con esas prácticas sólo discutidas en el marco de la moral, de lo bueno y lo malo, mientras que la realidad nos exige que se deben plantear también en el marco del desarrollo nacional, de todo lo negativo que producen y representan, para modificarlas y fincar un futuro de mejores condiciones para todos.

Datos recientes muestran que de las preocupaciones de las mayorías en México, incluso ahora por encima de la pobreza y la inseguridad, está la que se ubica en torno a la corrupción y la impunidad, pues son elementos que todo lo atraviesan y que han logrado poner en un predicamento histórico de crisis a nuestro país,

¿Cómo salir de ella? Obligándonos todos, autoridades y ciudadanos a respetar la ley, las normas, el deber ser. Y junto con esa voluntad individual y colectiva, instituciones que rescaten su razón de ser para vigilar que la ley se cumpla, promoviendo desde adentro las mejores prácticas del quehacer público y sancionando irrestrictamente al que violente el marco jurídico, sea autoridad o ciudadano.

Deberá ser el ente público quien ponga el ejemplo del respeto a la ley, de recomponerse al interior y darle pulcritud a sus acciones, deberán ser los funcionarios, servidores públicos, sean del poder ejecutivo, legislativo o judicial, quienes den el primer paso, ganándose y promoviendo la reconstrucción de la confianza que han pisoteado.

Seguramente no será fácil, pero solo así será.

No resultará sencillo dejar de pensar en el puesto burocrático como el lugar donde puedo y debo robarme todo lo que esté a mi alcance, y aprender a asumir que, al aceptar un cargo público, se está frente a la oportunidad de servir, de trabajar para que la ley se cumpla, y de entregar el esfuerzo cotidiano para procurar el bien común, sólo a cambio de un salario.

Transparencia internacional propone un cambio de rumbo de tajo en la estrategia anticorrupción, plantea 5 puntos:

  1.  Asegurar la creación de un Sistema Nacional Anticorrupción que articule tanto al naciente Sistema Nacional de Transparencia, así como al de Fiscalización y Control. El esfuerzo anticorrupción debe ser nacional y no sólo federal.
  2. Además de una fiscalía anticorrupción, México necesita órganos internos y externos de control y fiscalización con independencia y un auténtico Tribunal Federal de Responsabilidades para los tres órdenes de gobierno.
  3. Establecer legislación general para definir, regular y sancionar el conflicto de interés en los tres poderes y para los gobiernos estatales y municipales.
  4. Incorporar al blindaje electoral 2015 el que todo aspirante a un puesto de elección popular haga pública tres declaraciones: una versión pública de su declaración patrimonial, su declaración de impuestos de los últimos 5 años y una declaración pública de potencial conflicto de intereses.
  5. Que las acciones de Gobierno y Parlamento Abierto se conviertan en auténticas prácticas transversales y generales, más allá del Plan de Acción 2015 al que México se comprometió en el marco de Alianza para el Gobierno Abierto. México debe aprobar una política nacional de datos abiertos. Allí hay más propuestas, propuestas de las que parecen adolecer los gobernantes en turno, los que justificaron su regreso en la experiencia y no se equivocaron, es correcto, venían y están cargados de una experiencia antidemocrática, autoritaria, atrasada, de impunidades y profundamente corrupta, esa experiencia que es un dique para el México con justicia y dignidad al que muchos, y hoy más que nunca se comprueba, muchos aspiramos.

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

Eso de la Glosa del Informe en Veracruz es una pésima pasarela, pero además parece el frenesí de la estupidez.

 

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