Sabino Cruz Viveros
12 de diciembre de 2014

 

¡Oiga! Disculpe usted el tema que en esta entrega le voy a compartir, que originalmente iba a ser sobre la XXIV Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno celebrada en la ciudad y puerto de Veracruz, los días 8 y 9 de diciembre de 2014, bajo el lema: “Iberoamérica en el Siglo XXI: Educación, Innovación y Cultura”; principalmente en lo que toca a los “Acuerdos”: el Proyecto Paulo Freire de Movilidad Académica para Estudiantes de Programas Universitarios de Formación del Profesorado, que busca mejorar la calidad de la formación docente; la Agenda Digital Cultural para Iberoamérica que contribuirá a la consolidación del espacio cultural iberoamericano y su inserción en las redes mundiales de información; el diseño e implementación de un plan para fortalecer a las industrias culturales y creativas iberoamericanas; la implementación de las cuentas satélites de cultura en la región como un instrumento innovador que pueda dar cuenta de la contribución de la Cultura a la economía nacional.

La razón que me desvió de este objetivo fue la muerte, en el más completo abandono, de una de las mentes más privilegiadas que han habitado esta ciudad; salvaguarda de la memoria gráfica del Xalapa de principios del veinte; poseedora de una vastísima cultura material e inmaterial; formadora de hombres/mujeres desde la docencia; defensora a ultranza de los bienes patrimoniales de la ciudad; pero especialmente amiga de aquel/aquella que amara a su pueblo adoptivo.

Blanca Lucia Nadal Castillo (1918-2014) se une al selecto grupo de hombres/mujeres que con su ser y hacer contribuyeron a la grandeza de la ciudad, el estado, el país, y porque no atreverse a decirlo, a la humanidad misma; pues su labor trascendió las fronteras domésticas; sus narraciones orales ayudaron a reconstruir el tejido histórico de un pueblo otrora generoso, solidario y gentil; de igual manera, el apostolado que emprendió en pro del respeto, reconocimiento y difusión de signos constitutivos de identidad.

Quienes tuvimos la dicha/fortuna de conocerla/escucharla, sabemos que en el aquí y ahora de la entidad hay un vacío de soledad que difícilmente encontrará consuelo; amén de que con su partida física, Xalapa pierde a la más férrea y acérrima enemiga de los mercaderes de historietas, especuladores de memorias colectivas, mercenarios de la palabra escrita y fotográfica, vendedores de “cuentitas y espejitos” que cual contrabandista postmodernos, amparados en asociaciones civiles o nombramientos de cronistas hacen del cuento e imagen una mercancía de cambio.

Blanquita hoy cierra por última vez sus ojos sin ver renacer el esplendor de una ciudad conocida/reconocida como culta, progresista, vanguardista y humanista; duerme el sueño de [email protected] [email protected] sin encontrar un lugar digno para el acervo fotográfico herencia de su hermano; va al encuentro con sus ancestros sin lograr la conciliación entre tradición y modernidad; de dirige a la “Casa del Padre” sin conseguir el respeto/dignificación de la experiencia/sabiduría que dan los saberes acumulados.

Pero lo más triste y lamentable de todo esto es el abandono en que pasó las últimas horas del viaje sin retorno: nadie, ni autoridad municipal, ni quienes firmaron con su propio nombre las historias que ella les contaba, le dedicaron unos minutos para velar su cuerpo; tampoco hicieron lo propio los responsables del arte y la cultura local/estatal para cumplir con lo que marca el protocolo; sea por ignorancia u omisión el agravio ahí queda. Triste destino del hombre/mujer de buena voluntad que son tomados como objeto de legitimación.

Blanquita deja huella profunda en los corazones y neuronas de la especie cercana que la rodeo, en sus amigos o solo conocidos, e incluso en [email protected] que hicieron uso de su memoria privilegiada para un lucimiento social. Hoy se cierra el último capítulo de una trama épica que concluye en tragedia, no sólo por la muerte del personaje central, sino por orfandad en que se queda la ciudad: con ella se van recuerdo/vivencias de un pasado que no acepta ser desplazado/negado por persona desarraigadas, sin sentido de pertenencia ni orgullo de identidad.

 

Comentario Breve

 

El pasado viernes del mes y año que corre, en la sala de conciertos de la Orquesta Sinfónica de Xalapa, tanto a doña Esther Hernández Palacios Mirón, directora de Difusión Cultural, como a don Lanfranco Marcelletti o algún miembro distinguido de la agrupación musical se le olvidó hacer un reconocimiento/agradecimiento al director de orquesta, compositor e intérprete, Luis Herrera de la Fuente.

Sea por ignorancia u omisión, pero tal parece que en la Universidad Veracruzana lo único que tiene cabida para la difusión/financiamiento son la letras, en todas sus variantes; tan es así que ya algunos directores de grupos musicales, empiezan a mostrar descontento por esta situación.