Manuel
Por Filiberto Vargas Rodríguez
Columna Punto de Vista

Oportuna, certera, la aclaración del dirigente perredista xalapeño Manuel Bernal Rivera: “No todos (en el PRD) estamos involucrados en actividades delincuenciales; los que la deben que la paguen, incluso en Veracruz”.
Manuel Bernal es uno más de los lastres que se echó encima Rogelio Franco, en su afán de conseguir los votos necesarios para llegar por segunda vez a la dirigencia estatal del Sol Azteca. Poseedor de la marca “Frente de Izquierda Progresista” en la entidad, Bernal Rivera ha vivido las últimas décadas de la negociación de espacios y prebendas a cambio de lo que él llama su “capital político”, que no es más que un grupo de vividores que han encontrado –como muchos otros- un modus vivendi en las manifestaciones, las marchas, los bloqueos… y las conferencias de café.
Lo lamentable no es que Manuel Bernal siga lucrando con las infinitas necesidades de los habitantes de Xalapa. Lo que en realidad decepciona es que Rogelio Franco no muestre el menor interés por rescatar al perredismo veracruzano del profundo barranco en el que lo dejó su antecesor Sergio Rodríguez, el que fue premiado por el propio Franco asignándole la responsabilidad de representar a ese partido frente al órgano electoral.
El trato entre Sergio Rodríguez y Rogelio Franco –ahora se entiende- no es el de dos líderes de izquierda que coinciden en ideas y postulados. Más bien se puede definir como el acuerdo entre cómplices, para el reparto del botín.
Mientras estos personajes se frotan con avidez las manos haciendo cuentas de lo que recibirán como prerrogativas, y del fondo adicional que el gobierno estatal les ha prometido para que mantengan su categoría de “comparsas”, la sede del comité estatal del PRD se transformó en la legendaria cueva de Alí Babá, en la que unos cuantos trabajan para que el resto se dedique a escarbar los pocos centavos que quedan en la Tesorería.
Es una pena que ante una coyuntura tan importante, ante la posibilidad de perfilar al perredismo veracruzano hacia la recuperación de sus valores, Rogelio Franco se haya ido por la salida fácil, la de extender la mano y cerrar los ojos.
Sergio Rodríguez dejó en la quiebra –moral y económica- al PRD de Veracruz. Rogelio Franco estaba consciente de ello y aún así movió cielo, mar y tierra, vendió su alma a los dirigentes perredistas más voraces (Sergio Cadena Martínez, por ejemplo) y a los operadores priistas más truculentos (como su roommate, Érick Lagos). Sabía que esa “minita” no estaba agotada, que todavía le podía sacar jugosos dividendos.
Antes de asumir el cargo de Presidente del Comité Estatal del PRD, Rogelio Franco se acercó a representantes de los medios de comunicación. Les vendió una historia fantástica de reivindicaciones, les ofreció que los mantendría informados de los avances en su “proyecto” y les pidió que lo apoyaran en la etapa de transición.
Sin embargo, una vez en el cargo, el dirigente perredista se olvidó de todo, cortó las vías de comunicación, aisló a su vocera y entregó a fariseos la construcción de la “nueva imagen” del PRD, que no soporta la más superficial de las revisiones.
Es probable que el PRD obtenga alguna victoria en el 2015. Eso, sin embargo, no será producto de la tarea renovadora de su dirigente, sino –acaso- por el capital personal de algún candidato ciudadano, o el gesto generoso del grupo en el poder, al que le conviene tener aliados con siglas diferentes en el Congreso.
¿Una alianza con el PAN?
Quizá, siempre y cuando le garanticen al gran elector de Veracruz que no le quitarán más de cuatro Distritos (la meta que les impusieron desde el centro) y que para el 2016 cada quien jugará con sus propias cartas.
Así se negocia en Veracruz la Democracia.

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