1 Julio


9 de enero de 2015
Reportaje Especial

MÉXICO, D.F. (apro).- Eran como las 8 de la mañana de un jueves de 1986, una mañana tan helada y triste como la de este 7 de enero. En el velatorio militar, derrumbada en mi dolor, al pie del féretro de mi madre, el brazo cálido y la voz igual de Don Julio contuvo mi llanto: “Doña María Esther, no hay palabras ante este dolor”.

Llegó acompañado de Enrique Maza, a quien desperté muy temprano ante la imposibilidad de encontrar a esa hora un sacerdote para que oficiara una misa de cuerpo presente para mi madre. Firme su brazo en mi espalda, me pidió acercarlo a mi padre, a cada una de mis hermanas, a mi hermano, al resto de la familia y amigos presentes.

Uno a uno, les extendió su mano con un gesto solidario. Una de mis hermanas le trajo una taza de café. Afable la tomó, para dársela enseguida a mi padre. “Gracias señorita, pero permítame serviles a ustedes”. Mi padre atinó a decirle: “Gracias a Usted por estar aquí, es una deferencia para mi hija y mi familia que le agradezco”.

Con naturalidad, depositó su mano en el brazo de mi padre. “Don Jesús, no es una deferencia cuando se trata a quienes queremos. Además, supe de la relación estrecha de doña María Esther con su madre”. Enrique Maza, ya con su vestimenta de sacerdote, susurro: “Estoy listo, en el momento que gusten iniciamos la misa”.

Don Julio, con el ceño entrecortado, me dijo: “Doña María Esther, tengo que retirarme. Es jueves y usted sabe que estamos en el cierre de la revista. Cualquier cosa que necesite, cuente conmigo. Ni lo dude”.

Atolondrada le pedí unos días para incorporarme al trabajo. “Ni me diga doña María Esther, el tiempo que sea, el que necesite. No se preocupe, yo le digo a Don Rafael”. Intenté acompañarlo a su automóvil. Me contuvo: “No, este momento es de usted y su familia”. Como era habitual en él, sin chofer, guaruras o acompañantes abandonó el velatorio militar, no sin antes despedirse de cada uno de los asistentes.

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La noche de un viernes de 1983, el SNTE invitó a la “fuente” a una cena en el restaurante San Ángel, para un “acercamiento” con el recién “electo” dirigente del sindicato magisterial Alberto Miranda Castro. En la mesa fui sentada al lado del Elba Esther Gordillo, en ese entonces secretaria de Finanzas del SNTE. La maestra se afanaba en atendernos a los reporteros de la mesa, pero sin despegar la mirada del máximo líder magisterial, sentado en la mesa contigua con otros reporteros.

A una seña suya, Gordillo abandonó por un momento la mesa. Regresó al salón acompañada de unos hombres que cargaban unas cajas. Nadie ponía atención al inútil discurso de Miranda Castro, que interrumpió forzado por el parloteo y el bullicio. De inmediato, Gordillo comenzó a nombrar a cada uno de los reporteros al tiempo que los hombres de las cajas sacaban un ejemplar titulado Breve historia del SNTE, envuelto en papel celofán y un moño. No entendía por qué algunos reporteros se fijaban y comentaban tanto el color del moño.

“Viste, el de Televisa es rojo”. Aproveché el momento para ir al baño, pero no me salvé de recibir el panfleto envuelto en celofán y con moño rojo. Sin abrirlo, lo aventé en el asiento trasero de mi vochito, donde permaneció durante dos semanas hasta un domingo que lo abrí: en medio del panfleto había 5 mil pesos de aquel año.

Desconcertada, le hablé a mi compañero reportero Fernando Ortega: “Amiga, recibiste tu primer chayo”. Le contesté molesta: “No juegues, esto no es para reír. ¿Qué hago?”. Afortunadamente, me aconsejo comentárselo a Don Julio.

El lunes por la mañana, acudí a su oficina. Como solía hacerlo con todos los reporteros, me recibió de inmediato. “Doña María Esther, ¿qué me cuenta?” Al terminar mi narración, me preguntó directo: “¿Qué piensa hacer?” Mi respuesta parecía obvia: “Por supuesto devolverlo, Don Julio”. Serio, me clavo su mirada: “¿Después de dos semanas? Quedará como tonta. Piense una salida inteligente”.

No encontré ninguna satisfactoria. Con voz amistosa me instruyó lo siguiente: en el libro “Pemex: la caída de Díaz Serrano”, editado por Proceso, meter los cinco mil pesos y en una tarjeta mía de reportera de Proceso escribir: Profesor Alberto Miranda Castro, en esta ocasión permítame retribuirle con 5 mil pesos como líder del SNTE. Me pidió que lo envolviera en papel celofán y con un moño verde. Eso sí, me advirtió, que lo tenía entregar personalmente a Miranda Castro, que lo abriera en mi presencia para que viera los 5 mil pesos. “Me cuenta después cómo le fue. Suerte, doña María Esther”.

Al día siguiente logré el objetivo y todavía más: Descompuesto, Miranda Castro me alcanzó en la puerta de su oficina trayendo consigo el libro y el dinero, que de sus manos temblorosas cayeron al suelo. Salí con un “que tenga buen día, profesor”, mientras el líder del SNTE en cuchillas levantaba su obsequio. En la puerta de Fresas 13, me encontré a Don Julio. “¿Cómo le fue?” Contado lo sucedido, reímos juntos.

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Ese domingo me sentí más que indecisa en tocar el timbre de la casa en Gabriel Mancera. Susana (la Mopet, como cariñosamente nos llamamos mutuamente la hija de Don Julio y yo) me había pedido que pasara por ella para irnos al cine. No tuve más remedio que tocar.

Afortunadamente, salió Susana. “Pásale Mopet, ahorita nos vamos”. Me resistí. “Mopet, ¿por qué no quieres pasar?” Intenté disuadirla: “Susana, si Don Julio está no paso. Comprende no es apropiado, me siento fuera de lugar”.

Habían pasado apenas unos cuantos días que Don Julio había llegado a México, luego de haber sido secuestrado en Guatemala por paramilitares cuando regresaba por tierra hacia México. Antes había estado en El Salvador para entrevistar al líder guerrillero Cayetano Carpio.

Con su voz dulce, Susana trató que Don Julio escuchara: “Pa, la Mopet no quiere pasar porque estás tú”. No sé si Don Julio alcanzó oír. Empujada por Susana, llegamos a la sala donde María (la hija menor de Don Julio) pedía una vuelta más. Divertido, Don Julio pedía tregua: “No, María, otra no”. Encaramada en su espalada, María tuvo una vuelta más de caballito. “Mire nada más cómo me tiene María”, me dijo como saludo escapando a la cocina por un vaso con agua.

 

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