José Luis Ortega Vidal
26 de enero de 2015

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El último político que se acercó a la figura de un Estadista en México fue Lázaro Cárdenas del Río. Para muchos, fue un Estadista sólo superado en méritos históricos y popularidad por el fundador del Estado Moderno Mexicano: Benito Juárez.

¿Cuál ha sido el mejor Presidente de México después de Lázaro Cárdenas?

Manuel Ávila Camacho fue el último militar en el poder y con él se impulsó la unidad política nacional entendida como las pases entre grupos poderosos –el cardenismo y el callismo, entre ellos- que aún se confrontaban dentro del todopoderoso Partido Revolucionario Institucional –antes PNR y PRM- llamado a consolidar la Dictadura Perfecta.

Miguel Alemán Valdés dio inicio a la modernización de México al mismo tiempo que obsequió una cátedra aún vigente: cómo enriquecerse a través de miles de formas de corromper el erario público.

Adolfo Ruiz Cortines fue un administrador. Adolfo López Mateos un sibarita. Gustavo Díaz Ordaz un asesino.

Luis Echeverría Álvarez otro asesino y el más destacado ejemplo del populismo: alimento del cáncer político que México aún padece junto a la escuela de corrupción alemanista.

José López Portillo nos terminó de hundir tras la conclusión de dos modelos económicos que funcionaron relativamente bien -dado que impulsaron el desarrollo social del país aproximadamente durante tres décadas- pero fueron incapaces de consolidar una estructura económico/social de Estado firme más allá de su propia época: la sustitución de importaciones y el desarrollo estabilizador.

A partir de la instauración del Neoliberalismo impulsado como Política Económica de Estado desde el sexenio de Miguel de la Madrid Hurtado hasta la fecha, México luce como una sociedad agonizante sin que se aprecie el final de dicha tragedia.

Conclusión: con el propio Lázaro Cárdenas Del Río en México se agotó la Clase Política de estatura histórica y todos los Presidentes desde Manuel Ávila Camacho hasta Enrique Peña Nieto –con dos años terribles, alarmantes al frente del gobierno- han estado muy por debajo de los requerimientos del Poder Mexicano.

Este último concepto: el de Poder Mexicano, va más allá de los partidos políticos. Se refiere al Poder como concepto de Estado y a éste como un ente conformado por el gobierno junto con la sociedad en pleno y las estructuras económicas, políticas, sociales en general que conforman a ambos.

 

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Para entender el 2015 mexicano en su inicio y en su momento clave -cuando el 7 de junio próximo habremos de elegir a la nueva Cámara Baja del Congreso, la que acompañará al Presidente Enrique Peña Nieto en el segundo trienio de su gobierno y por tanto será pieza fundamental de la sucesión Presidencial en el 2018- es preciso entender cómo y por qué estamos como estamos: convertidos en una Patria de luto permanente.

 

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Urgen liderazgos.

No hay y no se ve en el horizonte inmediato las condiciones para el surgimiento de alguno.

Cuauhtémoc Cárdenas representó el último liderazgo con peso histórico al que se debió entregar el gobierno porque lo ganó con legitimidad y reunía las condiciones de diálogo con el amplio abanico de factores de poder en México.

El arrebato del poder vía el fraude electoral y la amenaza de las armas fue una decisión de Estado que aún pagamos los mexicanos, es decir el Estado mexicano en su totalidad.

Después de lo ocurrido en 1988 Cuauhtémoc Cárdenas no tuvo ya ni las condiciones ni la estatura política para retomar el liderazgo nacional en orfandad.

 

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En el PRI, el último ideólogo fue Jesús Reyes Heroles y su trabajo intelectual dentro de la estructura oficial a la que sirvió culminó con la Reforma Política de 1977.

En el panismo, la derecha inteligente siempre necesaria murió con Carlos Castillo Peraza: el intelectual yucateco formador de Felipe Calderón Hinojosa.

Sin Castillo Peraza, el PAN en el poder sólo dio continuidad a los modelos de poder del PRI sin entender la responsabilidad histórica que los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón tuvieron en sus manos: la de refundar a México tras un siglo de una Revolución fracasada, la de 1910.

A diferencia de Cuauhtémoc Cárdenas, Andrés Manuel López Obrador ha representado al más carismático líder contemporáneo de tendencia izquierdista y con capacidad para sacudir al Sistema Postrevolucionario Mexicano desde sus entrañas: con el fervor popular.

Al tabasqueño, empero, le ocurrió lo mismo que a los panistas: una vez que tuvo el poder en sus manos sucumbió ante el canto de las sirenas que nadaban gustosas en su ego indestructible.

Sí, en el 2006 Calderón Hinojosa llegó al poder en medio de un fraude electoral.

Sí, AMLO se enfrentó a una poderosa élite económica, religiosa, política que ha mantenido y mantiene el poder del país para efectos de sus privilegios y en detrimento de la mayoría empobrecida.

Sí, todo eso es cierto pero el poder no se comparte ni se entrega. El poder se obtiene y se conserva.

Y para esto último se requieren coyunturas históricas que AMLO tuvo a su favor y liderazgos que él representó; pero también se requiere de un control casi supra humano sobre los lados flacos personales y esto, sólo esto quizá, le falló al líder sureño.

 

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Gobernado por un Presidente títere, mal actor e incapaz de entender ya no digamos la coyuntura histórica del país, sino su propia imagen frente al espejo, México luce desquiciado en el inicio del 2015.

La economía pendiendo de un hilo –por cierto, hilvanado desde los 12 años en el poder del PAN- cuatro entidades federativas: Guerrero, Tamaulipas, Michoacán y Oaxaca, víctimas de la condición de Estado Fallido; un contexto internacional de profunda inestabilidad y una imagen pésima de nuestro país como socio, cliente, destino, vecino; unas Reformas Estructurales al borde del aborto; la corrupción, la impunidad, la falta de empleo y la inseguridad convertidos en nuestros 4 Jinetes del Apocalipsis.

 

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¿Quiénes serán nuestros próximos Diputados y Diputadas Federales? ¿Qué escuchamos y vemos en los pre-candidatos? ¿Qué podemos esperar de ellos y de los partidos políticos que mucho tiempo atrás han fracasado como modelo de acceso al poder en una democracia participativa como la mexicana?

 

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Entre otras cosas, nos queda parafrasear al novelista Carlos Fuentes y al poeta, ensayista, narrador, diplomático que fue Don Alfonso Reyes: Pero qué le vamos a hacer, si aquí nos tocó vivir: en la región más transparente del desconsuelo.