Por Armando Ortíz 
23 de enero de 2015

En un desayuno con amigos en donde se encontraba Pedro Yunes Choperena, Orlando García Ortiz, Sergio González Levet, y Felipe Hakim, este último, de manera ocurrente, pero acertada, me dijo que en adelante habría de llamarme el Charles Bronson del periodismo veracruzano. Digo ocurrente porque ya quisiera yo haber sido tan bien parecido como el actor estadounidense de origen lituano Charles Bronson. Digo acertado porque yo siempre pensé que mi padre era el que se parecía a Charles Bronson.

A principios de los años ochenta mi padre decidió dejar la familia y hacer vida con otra mujer. Nunca le juzgué mal, era todavía un hombre joven que entraba a sus cuarenta y que de alguna manera se sentía con derecho a buscar la felicidad por otro lado. Por supuesto eso lo digo ahora que tengo la edad de él cuando nos dejó, pero entonces padecí ese abandono a una edad en que la figura paterna es fundamental.

En ese entonces, antes que en la literatura, me refugiaba en el cine. Una semana pasaron un ciclo de películas de Charles Bronson en lo que entonces era el Cinema Los Lagos, que más tarde fue el Cinema Kubrick y que terminó siendo un Centro de Atención Telcel en la esquina de Azueta con Ávila Camacho. Ahí vi casi todas las películas de Charles Bronson. La épica Doce del patíbulo, Los siete magníficos, Apache, Érase una vez en el oeste, El gran escape, El vengador anónimo, pero sobre todo El peleador callejero.

Charles Bronson participó en películas con los mejores directores de su época, uno de ellos fue Sergio Leone, director también de El bueno, el malo y el feo, película que consagrara a Clint Eastwood.

En la secuencia inicial de la película Érase una vez en el oeste, tres matones esperan a su víctima en una estación de tren. El silencio, roto sólo por el rechinido del aspa de un molino y por el goteo de una fuga de agua, marcan una espera bochornosa. Llega el tren pero nadie baja por el frente. Cuando los matones están a punto de retirarse suena una harmónica. Es Charles Bronson el que la toca y por tocarla se gana el apodo de Harmónica. La secuencia es inolvidable pues ante un inminente enfrentamiento, Bronson toca ese instrumento musical mientras se prepara para el ataque. Harmónica pregunta a los matones por Franck, ellos le dicen que Franck se quedó allá. Entonces Harmónica, al ver tres caballos atados a un tronco pregunta: “¿Trajeron un caballo para mí?”. El líder de los matones le contesta entre risas: “Pues creo que falta un caballo”. Harmónica les dice mientras mueve la cabeza y contempla los tres caballos: “No, yo creo que ustedes trajeron dos de más”. Segundos después se da el duelo y liquida a los tres; Harmónica tenía razón, ahora sobran dos caballos. La secuencia es impecable, con toda la maestría del director Sergio Leone y la música de Ennio Morricone.

Pero fue, cuando vi a Charles Bronson en El peleador callejero, que dije: “Ahí está mi padre”. El parecido era sorprendente. Mi padre a esa edad fue un hombre delgado, recio, de rostro duro y carácter más; hoy día los años le han caído encima. Pero en ese entonces recuerdo que una noche se enfrentó a dos ladrones en la calle de Revolución y los hizo huir. Qué bueno que mis recuerdos son de esa época, porque después de la adolescencia guardo muy pocos recuerdos de mi padre.

Charles Bronson me ayudó a sobrevivir con sus películas; fue la imagen de Chaney, el peleador callejero, quien sustituyó la ausencia de mi padre. Siempre lo decía a mis amigos aunque no me lo preguntaban, “mi padre es Charles Bronson”.

Charles Bronson murió en el 2003 a los 81 años. Mi padre, gracias a Dios, sigue vivo y tal vez debería visitarlo más seguido.

 

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