Armando Ortíz
15 de enero de 2015

Por la mañana me levanto temprano para llevar mi ropa a la lavandera que en casa de mi madre sólo va los miércoles. Me siento obligado porque mi madre me lo pide, pero por mí metería toda mi ropa a la lavadora, echaría el detergente líquido, saldría de la casa y la dejaría trabajando sus tres ciclos de lavado.

A las 9:30 de la mañana tengo desayuno con mi amigo Emilio Cárdenas Escobosa, uno de los pocos funcionarios públicos que se merecen todo mi respeto. Mientras espero en el Asadero Cien del hotel Holiday Inn, entra al restaurante Reynaldo Escobar acompañado de una mujer hermosa. Unos minutos después llega Julio Cerecedo, lo saluda y se retira a su mesa.

Puntual llega Emilio. Platicamos, los tópicos de siempre en nuestras conversaciones. Mientras era editor en el periódico Newsver de Orlando García, fui asiduo lector de los artículos de Emilio Cárdenas. Su inteligencia siempre me cautivó. Es por ello que cuando Alberto Silva lo llamó para colaborar con él en la dirección de Prensa, entendí que la intención era hacer las cosas bien.

Terminado nuestro desayuno, que para mí consistió sólo de fruta y eso gracias a una indigestión que me causara un huachinango que cené en La Mansión, antes Casa de mamá, salí rumbó a mi oficina; pasé y compré el Notiver  .

Esa mañana mis amigas del Círculo rojo me invitaron a que fuera a la conferencia de prensa de Miguel Ángel Yunes Linares en la sede del PAN. No quise ir, no simpatizo mucho con los panistas, por supuesto tampoco con los priistas y menos con los perredistas. Pero después de unas dos horas de oficina y de estar poniéndome de acuerdo con el poeta Orlando Guillén para su visita del 31 de enero a Xalapa, salí a buscar un jugo. Después de ello me moví hacia la Parroquia del parque Juárez pues se veía mucho movimiento. Había un gran alboroto pero una micción inesperada me condujo a los baños del municipio.

Al salir y buscando dirigirme al café Parroquia una mano tocó el hombro. Mi amiga la poeta Silvia Tomasa Rivera me llamó. Desde antes de las fiestas decembrinas no la veía, me dio mucho gusto encontrarla. “Apenas regresé a Xalapa –me dijo– salgo de mi casa y la primer persona que me encuentro es a ti”. Me dio tanto gusto. Le dije que iba al Parroquia para ver qué tanto alboroto. Me acompañó. Eran los empresarios que supuestamente habían sido echados de Finanzas, por ir a cobrar los adeudos que el gobierno tiene con ellos. Saludamos a mi querido José Luis Santiago, salimos.

Rumbo a mi oficina, caminando por los bajos de Palacio de Gobierno, charlando con Silvia Tomasa sobre los últimos sucesos en Xalapa, una persona impecable, que se acompañaba de cuatro o cinco sujetos nos llamó la atención. Era Miguel Ángel Yunes Linares, quien caminaba campante por los bajos de Palacio de Gobierno.

A Miguel Ángel lo saludé en alguna ocasión en la oficina de don Alfonso Salces, es por ello que me reconoció y por supuesto reconoció a la poeta Silvia Tomasa Rivera. Nos preguntó si habíamos leído los Versos del capitán, un libro que Pablo Neruda había reconocido como de su autoría. Nos explicó con detalles el caso de la enamorada de Neruda que recibía los poemas escritos en servilletas o cualquier tipo de papel, pero no sabía que quien se los escribía era el mismo Neruda. “Esto me cae bien de Miguel Ángel –le dije a Silvia Tomasa– que las dos veces que lo he saludado sólo me habla de literatura. Un día estando con don Alfonso Salces, el director de Notiver me dijo que estaba por llegar Miguel Ángel Yunes Linares”. “Y qué dijiste –me interrumpió Miguel Ángel– ¡ay nanita!”. “Sí –continué–, pero él llegó hablando de literatura, llevaba un cuento de Eça de Queirós y luego preguntó por un libro de Murakami”.

Miguel Ángel Prometió enviarme los Versos del capitán, cosa que ya hizo, y nos dirigimos a mi oficina. Después de despedir a Silvia Tomasa y de concluir lo del evento de Orlando Guillén, salí a la calle a buscar señal de 3G, pues me habían llegado varios mensajes por whatsapp y no los podía leer. Estaba en eso cuando aproveché para decirle al oficial de tránsito que la calle de Bremont se había convertido en un atascadero y que algo debían de hacer. Me estaba explicando el porqué, cuando en su camioneta pasó Héctor Yunes Landa, me reconoció, bajó la ventanilla y me saludo. “¿Cuándo platicamos?”, le pregunté y me propuso que lo buscara pronto. Ya sólo faltó que mi amigo, el senador José Yunes, se apareciera por ahí, eso hubiera redondeado el día.

A manera de colofón, por la tarde, mientras leía un poco, entró una llamada a mi celular, era de la oficina de Flavino Ríos Alvarado, secretario de Educación de Veracruz. Se puso a mis órdenes y me aseguró que él no había renunciado a nadie, que todo lo que se soltó fue un rumor. “Yo no renuncié al director de Telebachillerato”, me dijo. “Pues debería”, le contesté.

Muy amable el secretario me explicó sus razones, las cuales estoy dispuesto a creer, y eso porque me lo dijo él y como la Blanche DuBois de Un tranvía llamado deseo, yo siempre confió en la bondad de los extraños.

Narro lo sucedido en este día, porque una vez a la semana, y eso si acaso, me encuentro con alguno de esto personajes; en realidad nunca los ando buscando. Pero que hayan transcurrido todos ellos en un mismo día me parece algo extraordinario.

Esto me hace extrañar un mucho el cómodo anonimato del que hasta hace algunos años disfrutaba.

 

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