Por Atticuss Licona
28 de enero de 2015

Mira mijita, ese árbol que ves allí se llama El Árbol. ¿Te cae? Me contesta Gloria, la incomprendida, junto con diez kilos de sarcasmo. Pues sí, así se llama, es El Árbol de la Plazuela del Carbón, y aquí enfrente, justo arriba de Herramientas México se encontraba la famosísima tienda el 5-10-15. ¿No sabías? Ño. ¡Válgame! Entonces qué sabes… Pues sé llegar. Pero ¿sí sabes que hay un callejón que se llama Jesús te ampare? Uuuhhhmmm, ño. ¡Jesús bendito!

Puedo entender, como entendió Javier Marías, que hay saberes irrelevantes, pero conocer nuestra ciudad a mí se me hace algo relevante. Tal vez sea un alma vieja, un perro anciano que rezuma corazón y que se deja llevar por la nostalgia, pero me resulta una delicia el conocer que la calle Revolución antes se llamaba Calle de la Amargura y datos de ese tipo. ¿Calle de la Amargura? ¿Por qué no se llamó siempre Revolución? Estuve a punto de bajarla del auto pero caí en la cuenta que venía manejando y me arrepentí (eso es ponerse abusado).

Miro a diestra y siniestra cada que puedo detenerme “to smell the flowers” (advierto a los no avezados en el idioma anglosajón que aunque la traducción literal es “a oler las flores” esto es más bien una expresión similar a disfrutar la vida), me da la impresión que a esta ciudad me la están cambiando. El Árbol lo recuerdo con más hojas, más verde y con más galanura, era un señor árbol, punto de reunión, directriz y rumbo, que sin ser el centro exacto de la ciudad marcaba los cuatro puntos cardinales y cualquiera se ubicaba fácilmente “abajito del árbol”, “arribita del árbol”, “ahí por el árbol”, y con eso hasta las domésticas y toda la bola de burgueses llegaban.

Ahora ya no es más un punto de referencia. El 5-10-15 no existe y en su lugar hay una insulsa tienda de telas. Se mantienen, eso sí, las ferreterías que se especializaban en la venta de polvos matahormigas y las tiendas que ofrecían los mejores mosquiteros. Recuerdo muy bien esos lugares porque era a donde mi mamuchis me mandaba a hacer algunas “diligencias” (todavía me tocó que me preguntaran en la calle ¿A dónde vas? A hacer unas diligencias) y de ellas volvía, invariablemente, con el pedido equivocado, como cuando me envió por el líquido para el Baigón y yo le compré spray, y tuve que ir de vuelta en el camión a poner mi cara de baboso para pedir que me lo cambiaran. O lugares enigmáticos como la Caldera del Diablo que ahora es regenteada por una serpiente en los bajos del Parque Juárez. Allí los jovenazos dejábamos que la hormona fluyera libre y sin prejuicios al compás que nos marcaban las jovencitas de secundaria, allí me dieron mi primera cachetada por la osadía de un beso robado aunque después cuando ella quiso ya me le hice el digno para que supiera la clase de tipazo que se estaba perdiendo. Todos ellos son recuerdos enmarcados en grises tonalidades, recuerdos que seguramente ni siquiera sean tan certeros pues nos sorprenderíamos al descubrir lo mentirosa que es la memoria, recuerdos bañados en chipi chipi y coronados en nostalgia. ¿Es relevante conocer nuestra ciudad? Yo creo que sí.

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