Por Martín Quitano Martínez
13 de enero de 2015

De golpe se acercan unas elecciones y no sabes a quien votar.

Sé lo que no quiero votar, pero lo que quiero votar no lo veo.

Eso produce una impotencia enorme y los políticos deberían darse por aludidos”.

Pedro Almodóvar

Los niveles de descrédito, desconfianza e incluso desprecio hacia la clase política nacional son demasiado altos e insostenibles. La necesidad de modificar conductas y cambiar procesos parecen sin embargo ejercicios que no están dispuestos a realizar los que dicen representarnos; los comportamientos de burla para con los sentires sociales son directamente proporcionales con el afán de reproducir lo mismo que nos ha llevado a problemáticas profundas que parecen no tener un futuro de recomposición y mejora.

De norte a sur en nuestro país se sufren las impresentables acciones de una mayoría de políticos, funcionarios y representantes que asumen que pese a las importantes manifestaciones de amplios sectores sociales sobre lo agotado de sus actos y mentiras de siempre, de los cinismos y opacidades de siempre, dan continuidad a los absurdos que lastiman de manera brutal a millones y que regresarán en periodo de elecciones a sonreír y a timar desvergonzadamente por “lograr” el voto que les brinde la “oportunidad de servir”.

Los casos donde queda la evidencia palpable son múltiples y reconocidos, pasa por funcionarios deshonestos e ineficientes que, amparados en los manejos discrecionales del poder, se lanzan tras la búsqueda de continuar medrando de espacios alternativos o de legisladores y presidentes municipales que chapulinescamente saltan para lugares donde “servirán” mejor a la sociedad; la ironía de los cinismos es el gran aura que los cobija.

Desvergonzados, asumen que todo está bien, aunque sus carreras avalen una condición generalizada de desprecio de lo público total, al final, sus actos son socialmente asumidos y respaldados en la vida diaria, por lo tanto ellos sólo juegan al ritmo que el conjunto social permite y lo malo, en muchos casos comparte.

Los ahora comprometidos personajes públicos que aspiran a los nuevos encargos puestos en la mesa de este 2015, se reinventan dejando las taras propias y estructurales que han conformado con actos como los que ahora repiten sobre cálculos que incluyen el lujo de que las sanciones no se darán, que no habrá castigos sociales ante sus inocultables irresponsabilidades públicas, que las incompetencias y corruptelas serán vistas como esos males consustancias a nuestro ADN, que tan solo son manifestaciones de nuestra cultura nacional.

De lo contrario, cómo entender por ejemplo, que quien firmó ante notario y ante sus electores el compromiso de mantenerse en el cargo por el que pedía el respaldo para representarlos y trabajar en consecuencia, ahora sin más lo deja y vuelve con el engaño a cuestas a pedir que le crean para darle nuevamente el voto por un puesto mayor, y peor aun cuando el desempeño legislativo y público de esos que van a la arena de la competencia electoral brilla por lo intrascendente.

El mundo de la desvergüenza tan patéticamente mostrado por muchos de los nombres que aparecerán en una elección confrontada, con una realidad social dura, violenta, insatisfecha ante la falta de honestidad, capacidad y compromisos de una clase política, funcionaria y empresarial alejada de las necesidades de solución de los graves problemas nacionales, se presentaran ahora, de nuevo, inundando las horas y los días con sus discursos vacíos, con sus maletas de promesas y manejos truculentos y apostando a la ignorancia y colusión de amplios sectores sociales que entre las apatías y los desprecios al final, apuestan, no los castigará.

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

Teocelo, el retorno legal de la barbarie escondida en las “tradiciones”.

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