Por Aurelio Contreras Moreno
21 de enero de 2015

Gobierna en México una nueva casta de políticos que por su edad –ninguno sobrepasa los 50 años– representan lo que se ha dado en llamar el relevo generacional de la clase gobernante en el país.

Tres de estos políticos se caracterizan por su despotismo, su animadversión contra la libertad de expresión y el periodismo crítico, y por los aires de grandeza con que se conducen, sin que nadie ose cuestionarlos.

En Puebla gobierna Rafael Moreno Valle Rosas, nieto de otro ex mandatario de esa entidad. Para este hombre –nacido políticamente en las filas del PRI y converso panista mientras le resulte conveniente– ser gobernador representó siempre casi un derecho de sangre.

Aprovechó muy bien un momento singular en Puebla, en el que la población estaba cansada de la brutal corrupción en el gobierno del infausto Mario Marín Torres. Moreno Valle se presentó como una alternativa de cambio que la sociedad poblana quiso ver como tal, a pesar de que toda su carrera la había hecho dentro del mismo régimen que ahora combatía, no por convicción  democrática, sino por haber sido desplazado de los repartos de poder.

Ya instalado en el gobierno, Moreno Valle demostró ser igual o peor que sus antecesores. El revanchismo político, la represión a la crítica y la disidencia, los grandes negocios para los amigos al amparo del poder, han sido la marca de su gobierno autoritario como el que más. Para muestra, el asesinato de un niño a manos de la policía estatal durante una manifestación el año pasado, y el reciente encarcelamiento de estudiantes de la BUAP por haber cometido el “delito” de manifestarse durante una visita a la capital de ese estado del presidente Enrique Peña Nieto, quien ve en Moreno Valle su carta para jugar en el PAN la sucesión en 2018.

Otro ínclito miembro de la nueva casta gobernante es el mandatario chiapaneco Manuel Velasco Coello, quien arribó al poder en esa entidad abanderado por el PRI y el Partido Verde Ecologista. Muy joven, con tan sólo 34 años, hijo de un ex gobernador de ese estado, sigue al pie de la letra el guión con el que se impulsó la carrera política del hoy Presidente de la República: toneladas de mercadotecnia y propaganda, pública o embozada, para promover su imagen, muchas veces más allá de lo que la ley permite. Hasta prometida telenovelera le consiguieron. La fórmula peñista al pie de la letra.

Velasco Coello encaja en la definición de lo que en la actualidad se llama un mirrey: un junior acaudalado, rubio, déspota y fatuo, que como Moreno Valle, se cree emperador de su terruño y con derecho a tratar como basura a sus colaboradores, lo que quedó de manifiesto en un video en el que el gobernador chiapaneco abofetea a uno de sus empleados durante un acto público. Este personaje sigue la ruta para buscar ser Presidente de México en 2018.

El tercero de ellos no aspira a ser Presidente de México. Casi que ni siquiera a continuar en la política una vez que concluya su encargo como gobernador. Pero comparte con los dos personajes antes aludidos su odio a los periodistas y a los críticos, se cree intocable y ha dilapidado los recursos del estado hasta endeudarlo de una manera monstruosa, producto de una pésima administración.

Durante su gobierno el periodismo ha vivido la peor andanada de ataques en su contra de la historia, con diez reporteros asesinados y cinco desaparecidos. El estado que gobierna está en bancarrota, pero el grupo en el poder vive una vida de privilegios y derroche. Por supuesto que la referencia es al gobernador de Veracruz Javier Duarte de Ochoa, cuya aspiración política es colocar un sucesor a modo en el gobierno estatal, que le cuide las espaldas y no proceda penalmente en su contra una vez que entregue la gubernatura.

Sin duda, una generación política podrida.

 

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