Por Sergio González Levet
12 de enero de 2015 

El calificativo “buena gente” -por desgracia cada día lo podemos aplicar a menos personas- le encajaba perfectamente a Guillermo Aguilar Portilla, hombre generoso, siempre de excelente humor y dedicado a vivir la vida de manera amable con sus semejantes.

Lo vamos a recordar siempre con su sonrisa a flor de labios, con sus comentarios ingeniosos, con su calidez humana que contagiaba de las mejores intenciones.

Seguramente, como todo ser humano, tenía sus malos ratos, pero a mí y a la mayoría de sus amistades nunca nos tocó presenciarlos, y mucho menos padecerlos. Como muchos otros más, lo consideraba mi amigo porque era fácil guardarle afecto y las mejores consideraciones.

Lo consideraba mi amigo, pero lo era muchísimo más, cercanísimo, de su amigo perenne, el titular de Desarrollo Económico y Portuario Erik Porres Blesa, con el que mantenía una relación de lealtad, trabajo y afecto difícilmente encontrable entre un empleado y su jefe. El Secretario, con esa manera ruda y cercana que tiene para demostrar sus apegos, se notaba a sus anchas y a gusto junto a su colaborador, junto a su camarada. La alegría en ambos y la risa contagiosa eran elementos que daban cuerpo y definían esa amistad.

Por eso sé de la tristeza cierta del amigo que se quedó: una pena que no da lugar al aspaviento ni a la exhibición, pero que permanece ahí en lo recóndito del alma, en la memoria invicta que traerá continuamente al que se fue.

Guillermo Aguilar Portilla era oficialmente el Enlace Institucional de Comunicación Social de la Sedecop, pero cumplía funciones también de secretario particular, de funcionario con todas las confianzas, de pieza con garantía de lealtades, de confidente seguro.

Profesional y responsable, tenía también un espíritu inquieto y curioso que lo llevó a emprender varias empresas en las que tuvo éxitos y fracasos, satisfacciones y experiencias.

Pero lo mejor de él -con tener tanto- era su carácter, su humor ingenioso y cordial, su trato amable. Yo tuve la suerte de conocerlo hace un año -días más, días menos- y por cuestiones de trabajo teníamos una relación cotidiana. En esta encomienda, tratar con él era encontrar siempre resultados, celeridad, inteligencia… y sobre todo, asómbrese usted, alegría, buen humor.

Alguna vez Guillermo me dijo que él hacía su trabajo muy en serio, pero siempre con una sonrisa. Bien que lo cumplía.

Platicando con los enlaces institucionales de las otras dependencias del Gobierno de Veracruz, les decía que vamos a extrañar mucho a nuestro colega ido, y es que las buenas gentes siempre se echan de menos, y más cuando son tan responsables, capaces y alegres como lo fue Guillermo.

A sus seres queridos, a su familia cercana y unida, Memo les deja en herencia su buen nombre, y el respeto y el afecto que despertó en todos los que lo conocimos.

Digo con el poeta Miguel Hernández: “A las aladas almas de las rosas, del almendro de nata te requiero, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero”.

 

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