La picaresca mexicana hace años, en los tiempos del presidente López Portillo, acuñó la admonición: “La corrupción somos todos” para subrayar que en todos los niveles del gobierno y fuera de él se ejecutan prácticas corruptas con periodicidad cotidiana. En esa tónica está la percepción pública respecto del gobierno de Peña Nieto; pero ahora mismo en Brasil pasan por el mismo síndrome, que ha venido ocupando páginas enteras de los medios de comunicación, en un escándalo que involucra a altos dirigentes políticos y económicos, descubierto por lo que allá denominan la Operación Lava Jato. Como aquí, en Brasil andan bailando exgobernadores, el ex presidente Fernando Collor de Melo y el fuego llega hasta la misma Dilma Rousseff, presidenta de la república, en un caso de Petrobras, la compañía petrolera del país, desde cuando ella se desempeñara como presidenta del Consejo de Administración de 2003 a 2010. En 2004 Petrobras compró una refinería en Pasadena (Texas, EE UU) a un precio 27 veces mayor del que había pagado por ella un año antes Astra Oil, una empresa belga; el Consejo presidido por Rousseff votó por unanimidad esa compra. Este caso involucra a destacados personajes de la política brasileña que, no es para hacer menos el caso de las casas y del contratismo en México, pero revelan un profundo iceberg de corrupción en tierras cariocas.