Camilo González
06 de enero de 2015

La visita del presidente Enrique Peña Nieto a los Estados Unidos se enmarca en una nueva estrategia de posicionamiento por parte del país del norte hacia sus homólogos del sur. Sin lugar a dudas, ésta tiene un objetivo claro: modificar la mala imagen que tenemos de ellos y que no es gratuita: para empezar, desde el siglo pasado ha existido una clara tendencia intervencionista y expansionista que ha perdurado en el colectivo sudamericano. Después de la primera y, sobre todo, de la segunda guerra mundial, el dominio hemisférico fue mucho más evidente. El control del territorio económico y la intervención a través de dictadores o juntas militares a lo largo de la segunda mitad del siglo XX contribuyeron a crear esa imagen negativa en los países sudamericanos.

No cabe duda que hay excepciones como la de México, que a pesar del notorio estancamiento de la economía norteamericana, busca acrecentar el dependentismo.

Ahora que la estrategia de posicionar a México como un país reformista, moderno e inscrito en la nueva dinámica mundial ha fallado, para los Estados Unidos hemos pasado a un segundo plano. Con la anterior Cumbre Iberoamericana, celebrada con éxito en Veracruz, se confirmó lo que ya ha quedado claro en la política sudamericana: la intervención de la potencias internacionales no es una opción viable para el bloque conformado por Brasil, Argentina, Venezuela, Bolivia y Cuba, al que además se le suman otros países como Ecuador o Uruguay, con tendencias conservadoras, si consideramos conservadora a una política pública que desalienta el intervencionismo.

Sin embargo, los problemas de la agenda bilateral no sólo involucran la fallida estrategia de posicionar a México como una actor de vanguardia (y protector de los intereses norteamericanos en la región), sino una amplia serie de problemas binacionales: la intensa movilización de los dreamers, estudiantes mexicanos y latinoamericanos que han logrado abrir espacios educativos en los Estados Unidos; los miles de menores migrantes; los conflictos derivados de la Iniciativa Mérida y el control militar del hemisferio norte.

Así, entre diversas razones, nuestros problemas son tan comunes y tan constantes, que ya no será necesario que México sea el principal socio comercial y político de los Estados Unidos. Ahora la perspectiva que se ha encontrado con la eliminación del cerco económico a Cuba, le abre la posibilidad a los Estados Unidos de tener un interlocutor de peso con el bloque construido al sur de América, y México tendrá que reconstruir sus relaciones con Cuba, si queremos entrar en las negociaciones, porque hasta eso, para muchos países del sur, México más que encontrarse en el norte, forma parte de Centroamérica, región dominada políticamente por los cubanos.

 

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