Mario Mijares
05 de enero de 2015

Un tirano que maltrata a sus gobernados, somete a los inocentes, mata sus jóvenes y encarcela sin juicio por tanto  ¡No merece obediencia!

1.- Los primeros jóvenes que utilizaron #Yosoy 132, fueron los estudiantes de la Universidad Iberoamericana, (UIA, mejor conocida como Ibero).  La acción fue una respuesta después de señalar a Enrique Peña, con dedo de fuego, sobre los muertos de Atenco, sobre todo a, TELEVISA y los periódicos nacionales, los cuales matizaron la noticia con el argumento de que aquella protesta “no era una auténtica expresión de jóvenes universitarios y que se trataba, por el contrario, de un boicot político”. Ante tal manipulación de los medios, el 14 de mayo del 2012, un grupo de 131 jóvenes publicaron un vídeo en Internet en dónde mostraban las credenciales que los acreditaban como estudiantes de dicha universidad. Así después; el #Yosoy 132 se convirtió en un emblema de irritación nacional.

Con la desaparición forzada de los normalistas de Ayotzinapa, se ha venido utilizado el “Número 43”, para ser recordados. Sin embargo, Mario Satz, un poeta, novelista, ensayista argentino, en un excelente escrito señala que: Una vez al año, en Israel, cuando se conmemora el Día del Holocausto en recuerdo de las víctimas del nazismo, la gente que pasea por la calle lleva un distintivo que dice, en hebreo e inglés: “Tengo un nombre”. Es decir: no soy un mero número tatuado en el antebrazo, no soy una cifra despreciable, e incluso al preso no lo llaman por su nombre, sino como reza la literatura de folletín y las novelas negras que los identifican con los números: el quince, el veintidós o la treinta en función de la celda que se ocupan. A diferencia del número, que puede servir para cuantificar cualquiera cosa como puede ser una estadística. Los mexicanos en este momento, se deberían resistir a ello, porque todavía son  jóvenes, que pueden están vivos, en caso contrario se deben guardar en la memoria, más allá de los límites de nuestra existencia terrenal e individual.

2.-  De eta manera, también habrá quien piensa que el nombre es una mera imposición silábica sobre los seres y las cosas. Pero el caso es que señalan un lugar en el orden del mundo, que si bien no es del todo verbal tampoco escapa a las redes del lenguaje y la taxonomía. Son nuestros nombres en la misma medida en que tenemos un ADN particular cada uno, lo que no impide que podamos cambiarlos en un momento u otro de nuestras biografías, como los cambian los Papas y los artistas de cine. O bien como el caso de Charriére, un famoso ladrón y criminal francés que protagonizó una fantástica fuga de una cárcel de la Guayana, conocido entre sus amigos por el sobrenombre de Papillon, mariposa, él tenía tatuado en el cuello un insecto alado de esa clase y sufrió, hacia el final de su vida una traqueotomía llamada precisamente y en lenguaje técnico, “el corte mariposa”. Casual o no, el poder del nombre con el que había sido rebautizado fue decisivo en el último tercio de su vida. Lo cierto es que   el alma y nombre, nombre y alma, parecen relacionados de modo profundo y substancial.

3. La Biblia sostiene que habiendo formado, el Creador, de la tierra, a todos los animales del campo y a todas las aves del cielo, los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, aceptado finalmente que fuera Adán quien nombrara la realidad plural del mundo. Seguidamente, y para que el hombre no cayera en la omnipotencia, le asignó a Eva la tarea de nombrarlo a él, pues pareciera, según ese mito, que sin ayuda femenina al hombre le faltaran palabras, verbos y adjetivos, o bien no acertara a definir sus propios sentimientos.

Tener un nombre, habitar sus sílabas nos humaniza, pues en cierto modo es verdad que las entidades del universo no existen hasta que no son nombradas. En ese sentido el nombre común representa la conquista de la abstracción en una cultura determinada, revelando nuestra capacidad para distinguir clases de géneros, animales de plantas, objetos de sujetos, en tanto que el nombre propio es el mejor rótulo de identificación social al que puede accederse a la vez que el custodio fonético que nuestros padres nos ofrecen el día de nuestro nacimiento o aún antes, pues no suelen ser pocas las madres que tienen tres o cuatro nombres preparados y se deciden a último momento por uno, como si tuvieran que ver al portador de su elección para confirmar algo que aún hoy sigue siendo un misterio.