Por Danner González
21 de enero de 2015

Los días en que vivimos son turbulentos. Puede decirse que vivimos sin mucha capacidad de sorpresa, pero con la ceja siempre levantada. Cuando creemos que ya nada puede sorprendernos o conmovernos, la realidad siempre se encarga de mostrarnos lo contrario. No puede haber un gobernador más ladrón que este, nos decimos, y de inmediato el siguiente se encarga de demostrar la falsedad de nuestra creencia. ¡Más inepto que este presidente, imposible! Decimos al final de un sexenio. ¿Cómo pudo gobernarnos alguien así? Pero el que sigue se encarga de sumir aún más hondo al país en la pobreza y en la inseguridad. La capacidad del presente para abolir las deshonras del pasado, es infinita.

Mi amigo Elías Cárdenas me cuenta que una investigación sobre Francisco I. Madero lo llevó hace unas semanas a la Hemeroteca Nacional. Revisó periódicos alrededor de 1906. ¿Quiénes eran Emiliano Zapata y Francisco Villa para los diarios de su época? Bandido uno, cuatrero el otro, forajidos ambos, me recuerda don Elías.

La prensa de su tiempo los pinta fuera de la ley, resentidos sociales transgrediendo los órdenes establecidos. El valor de disentir, como se sabe, no es un valor muy estimado por los dueños del statu quo. Sólo la historia es capaz –y ni siquiera siempre, porque toda historia es parcial, dependiendo de quien la escribe– de poner en su justa dimensión las hazañas y los abusos de los hombres.

La memoria de los pueblos ha sido escasa, pero no puede seguir siendo así a perpetuidad. Tenemos que preguntarnos: ¿Cómo se escribirá la historia de estos días? ¿Cómo serán juzgados por la historia, el doctor Mireles, Hipólito Mora, Nestora Salgado, hoy encarcelados, señalados de transgredir los órdenes establecidos? ¿Quién hablará por nosotros cuando el poder se haya encargado de poner tras las rejas a los valientes que se atrevieron a disentir, a preguntarle a sus comunidades, si ni por dignidad iban a levantarse?

Siempre me ha gustado conversar con los viejos porque son la conciencia y la memoria de nuestro tiempo. Los adagios de los viejos, se dice, son evangelios chiquitos. En mi niñez, una tía solía repetir que ya no estábamos en aquellos tiempos en que los perros se amarraban con longaniza y no se la comían. Es cierto. La venda que por siglos tuvieron en los ojos nuestros pueblos se ha caído. Se las quitó la cruda realidad, la violencia y la miseria descarnada.

Estos días que vendrán han de ser de toma de conciencia, personal y colectiva, de llamar a amigos y conocidos a no dejarse sorprender por la propaganda mediática de quienes no quieren que cambiemos el statu quo, de quienes no quieren ver afectados sus privilegios y sus excesos. Nadie hablará por nosotros si no lo hacemos nosotros mismos. Un grafiti recorre hoy muchas ciudades: Se necesita sangre, tipo Zapata. Tenemos que hacer que sea más que un grafiti. ¿Qué clase de historia estamos escribiendo ahora mismo?

 

Contacto: @dannerglez