Armando Ortíz
19 de enero de 2015

“Es sin duda un mal, estar lleno de defectos;

pero es todavía un mal mayor

estar lleno de ellos y no quererlo reconocer,

porque es añadir todavía el de una ilusión voluntaria”.

Blaise Pascal

Hay muchas formas de delirio. La Real Academia Española define al delirio en psicología como la “confusión mental caracterizada por alucinaciones, reiteración de pensamientos absurdos e incoherencia”. Un delirio paranoide es un síndrome atenuado de la paranoia caracterizado por egolatría y manía persecutoria. El delirio de grandeza, dice la RAE, es la “actitud de la persona que se manifiesta con apariencia muy superior a la que realmente le corresponde”.

Pero existe también el síndrome de abstinencia mejor conocido como delírium trémens. El diccionario en línea Medline Plus lo define de esta manera: “El delírium trémens puede ocurrir cuando usted deja de beber después de un período de consumo excesivo de alcohol, especialmente si no ingiere suficiente alimento”. Entre algunos de sus síntomas están los cambios del estado mental como la agitación, irritabilidad, confusión, desorientación y las alucinaciones.

Un servidor está punto de creer que el director del IVEC, Rodolfo Mendoza Rosendo ha dejado de tomar alcohol, al menos desde ese 23 de diciembre de 2014 en que lo sorprendimos borracho, en horario de trabajo, siguiendo la aventura de su ebriedad en el bar Chico Julio del centro de la ciudad de Xalapa. ¿Porque decimos esto? Porque entonces no podríamos explicarnos sus palabras del 13 de enero de 2015 en conferencia de prensa en la Galería de Arte Contemporáneo.

A pregunta expresa de una reportera sobre si había llegado a laborar con aliento alcohólico, el director del IVEC, con tres semanas completas sin una gota de alcohol, en martes por la mañana, seguramente sin desayunar, se puso a delirar. Deliró de tal manera que en su mente glorificó su actuar en la cultura veracruzana. Se comparó con los grandes arquitectos que construyen catedrales, con los grandes hombres de la antigüedad que construyen bibliotecas; se comparó con Ptolomeo Sóter, el fundador de la biblioteca de Alejandría.

Magnánimo en sus delirios de grandeza, el director del IVEC, Rodolfo Mendoza, perdona, lo mismo que Blaise Pascal a los malvados, temeroso de convertirse el mismo en un ser malvado al mandar a desaparecer a estos sujetos que lo acusan, sujetos que para él no merecen vivir.

En su discurso, digno del Areópago, Rodolfo Mendoza habló de la ruindad de algunos periodistas que utilizan a las mujeres para lastimar a los puros e incólumes. “No tienen honor –dijo– están dispuestos a cualquier cosa”. El tribuno delirante terminó su alocución con las siguientes palabras bíblicas: “El trigo crece con la cizaña, nada más que el trigo sí sirve para hacer pan y la cizaña para nada”.

El público arreció con aplausos, los presentes vitorearon al tribuno y una doncella vestida de blanco se dirigió a él y le colocó una corona de laureles al tiempo que le daba un tierno beso (Esos ya son delirios míos, como podrán ver el delirio se contagia).

Pero ¿qué le pasa a Rodolfo Mendoza? ¿Quién se siente? Cuando un funcionario de primer nivel me citó a su oficina para preguntarme sobre el maltrato que este sujeto le había hecho a la poeta Silvia Tomasa Rivera, lo primero que me preguntó fue: “¿Y quién es ese pendejo?”. En mi “ruindad”, como dijera el tribuno Mendoza, contesté: “El huelepedos de Sergio Pitol”.

Por supuesto que un servidor, como periodista, no acusa solamente por acusar. Esa mañana de martes 23 de diciembre un parroquiano me habló para decirme que el director del IVEC estaba “bien pedo tomando en Chico Julio”. Pude haber mencionado en mi columna el asunto, sin verificar la certeza de lo dicho por el parroquiano. Pero como periodista, Premio Nacional de Periodismo, me veo obligado a verificar el asunto. Así que me dirijo a la calle de Victoria en el centro de Xalapa y le suplicó al parroquiano, quien seguramente también estaba ebrio, que le tomara unas fotos al individuo. Cuando llego me estaciono frente a Chico Julio, en ese preciso momento Rodolfo Mendoza estaba saliendo del bar acompañado de dos tipos; estaba yo frente a él y ni siquiera se dio cuenta. Ya no lo podía acusar de borracho en horario de oficina, ya lo tendría que señalar, pues yo mismo era testigo. Después salió el parroquiano que me había llamado por teléfono y por whatsapp me pasó las fotos que tomó en el interior.

En ningún momento dije que el señor acudía a eventos oficiales con aliento alcohólico, no me consta, señalé que estaba borracho en horario de oficina y lo comprobé. Rodolfo Mendoza habla sobre la ruindad del periodista por acusarlo del vergonzoso hecho de estar borracho en horario de oficina. Pero no habla de la ruindad del sujeto, que no pudiendo contener su vicio, sin importarle la investidura de director cultural, busca seguir la peda en un lugar público. ¿Dónde está tú honorabilidad Rodolfo? ¿La dejaste regada en el mingitorio de Chico Julio?

En algo tiene razón Rodolfo Mendoza, hay periodistas que destruimos, pero no catedrales, sino emporios de corrupción, como en su momento fue el que erigiera Leticia Perlasca en la Secretaría de Turismo, la misma que te cobijara en el Cobaev. Ahora mismo queremos destruir el emporio de complicidad entre funcionarios de la SEV y Equipo Liderazgo Mexicano, que se queda con millones de pesos de los estudiantes veracruzanos. Pero mejor le paro, porque ya parece que yo también deliro.

Para finalizar debo darle nuevamente la razón a Rodolfo Mendoza. Él es como el trigo, sí pero como el trigo fermentado, que sirve para hacer la cerveza con la que se emborracha. Mejor que siga tomando, para evitar esas bochornosas conferencias de prensa obligadas por su delírium trémens.

Contacto: aortiz52@nullhotmail.com