Por Martín Quitano Martínez
27 de enero de 2015

Un optimista ve una oportunidad en toda calamidad, un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad.

Winston Churchill (1874-1965)

La vida democrática de nuestro país es fuente de cuestionamientos básicos porque golpea la vida cotidiana, porque lacera las garantías y logros que deberían darse en un sistema político que se identifica como referencia sustantiva de la libertad de expresión y del peso político de la decisión de las mayorías.

Es evidente el deterioro de nuestro entramado social y las condiciones de debilitamiento de la legitimidad y capacidad de maniobra de nuestras instituciones, poniendo en entredicho a una sociedad que lleva varios lustros esperando que la transición democrática se consolide como el paso inicial para fortalecer una democracia que garantice las rutas con las que se acceda a una vida nacional más equilibrada económicamente y socialmente más justa, abatiendo las fuertes contradicciones que seguimos padeciendo.

La alternancia que se vivió en el año 2000 abrió todas las expectativas para plantear que las oportunidades democráticas se consolidaran, ya que el mayor lugar de las decisiones del país era tomado por la fuerza de la participación en las urnas. El espacio democrático rebosaba de  oportunidades,  sin embargo la realidad avasalló los sueños; la cultura y la ingeniería institucional largamente construidas, protegieron la supervivencia de un estado de cosas regido por la componenda, la opacidad, la corrupción y la impunidad.

Los actores, una clase política irresponsable, banal, con gobiernos que sin recato alguno profundizaron los deterioros, burlando los sueños de amplios sectores, y que pese a los crecientes malestares sociales, se niegan a cambiar sus criticables conductas, dejan en evidencia que no entienden que el hartazgo y la injusticia llevan ruta de colisión frente a su  cinismo, frente al descaro de considerar los quehaceres públicos y políticos como meras plataformas para enriquecerse y conseguir sus intereses facciosos, pasando sobre la ley o aplicándola de manera discrecional para abusar de su poder, con la plena certeza de que no habrá castigo, que la impunidad los protege.

Para estos políticos, lejos, muy lejos están las discusiones que merece el país y sus urgentes cambios, se concentran mejor en las disputas palaciegas que incorporan a los feudos políticos, empresariales y poderes facticos, mirando el horizonte descompuesto como algo preocupante, pero manejable.

La maltrecha sociedad civil se debate entre el individualismo, la desconfianza, los agandalles y los fundamentalismos, y en este marco las razones no son las dominantes, sino que aparecen obnubiladas y se agotan en las consignas. En consecuencia no se construyen programas ni consensos, sino que se vuelven expresiones sectarias que compiten en autoritarismo y barbarie con esos gobiernos y poderes que tanto hemos señalado.

Buscar la salida del túnel oscuro en el que nos encontramos no es  sólo una buena idea, o un planteamiento de oportunidad para el optimismo iluso, sino un reto y un compromiso para realizar acciones palpables, una voluntad más allá del deber ser para concretar los dichos con los hechos. La vida cotidiana caótica, los procesos electorales  por venir, son esas oportunidades que nos pondrá en el filo de decidir la aportación de nuestro grano de arena para los cambios urgentes, desde el espacio mínimo de nuestra vida diaria, buscando las formas de organización, denuncia y reclamo que acorralen a los beneficiarios del status quo.

 

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

Teocelo, el retroceso desde el grito, la ignorancia, la indiferencia y la complicidad de muchos.

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