Por Sergio González Levet
08 de enero de 2015

Idolatrado por unos, vilipendiado por otros, con la muerte de Julio Scherer casi se acaba de desgajar la mazorca de los periodistas que definieron la comunicación mexicana durante los dos últimos tercios del siglo pasado.

Santón para unos, olvidado como modelo de reportero para otros, el viejo periodista fue una leyenda viviente desde que dirigió el que era el mejor diario de México y el más reconocido en el mundo: Excelsior, El periódico de la vida nacional, que significó el clímax de su carrera, aunque sólo estuvo al frente durante seis años, de 1968 a 1976.

Scherer se hizo periodista en Excelsior como se hacían los grandes periodistas en México hasta la primera mitad del siglo XX: en el aula de la redacción, recorriendo el frágil escalafón de los puestos; en la pugna diaria por atrapar la noticia exclusiva; forjado en el crisol de la competencia a rabiar contra sus colegas.

Y fue de los mejores con esa formación: un reportero con olfato inigualable para la noticia; un adalid de los horarios, metido todo el día y toda la semana en la brega de su oficio, sin familia ni amigos que valieran más que la chamba; un redactor hecho a base de oficio y sin formación académica, aunque textualmente cumplido, no obstante sus limitaciones lingüísticas.

Hecho entonces desde abajo, Julio Scherer entró casi adolescente a trabajar en la cooperativa de Excelsior y fue subiendo en la escala hasta alcanzar la dirección del diario, la mayor ilusión de su vida, a los 42 años, desde donde le tocó arrostrar la mayor prueba de fuego para el periodismo mexicano: cubrir noticiosamente el movimiento estudiantil del 68, no obstante las duras presiones del Gobierno del presidente Díaz Ordaz para acallar cualquier voz en apoyo de los estudiantes mexicanos, que terminaron aportando su ilusión y su vida para que el país pudiera tener las transformaciones que necesitaba con urgencia.

Periodista duro, puro y entregado a su necesidad de informar, Julio Scherer logró sacar avante a su periódico entre las rudas aguas de la censura, y supo utilizar el prestigio y la penetración que tenía Excelsior en aquellos días para navegar entre el mar proceloso de los boletines oficiales.

Superada la prueba, Julio Scherer se terminó de convertir en un periodista incómodo para los poderosos, crítico hasta con sus amigos más cercanos, entregado a su vocación de informador perenne.

Muchos se formaron en su ejemplo, y por eso hay tantos nombres de grandes que se hicieron bajo su sombra, entre ellos varios veracruzanos: Miguel López Azuara, Francisco Cárdenas Cruz, Ángel Trinidad Ferreira, como los más significados.

Después de ese intenso sexenio al frente del mejor periódico de México, estuvo 20 años como director de la también mejor revista informativa del país, Proceso, que fundó, alentó y dirigió con tesón inaudito.

Con Julio Scherer se va la concepción del periodismo como oficio y termina de dejar el paso a los nuevos periodistas formados en las universidades, aunque todavía con muchas deficiencias.

Descanse en paz.

 

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