Por Aurelio Contreras Moreno
14 de enero de 2015

Señales de alarma se prendieron en el primer círculo del duartismo con la postulación de Miguel Ángel Yunes Linares en la posición número uno de la lista de candidatos plurinominales a diputados federales del PAN por la Tercera Circunscripción electoral del país, lo que le concede el pase automático a San Lázaro a partir del próximo 1 de septiembre.

Con Yunes Linares como diputado federal, todas las irregularidades cometidas por el gobierno que encabeza Javier Duarte de Ochoa serán expuestas en la tribuna legislativa, donde el grupo gobernante en Veracruz no podrá imponer ninguna mayoría aplastante para evitar el escrutinio público al mal manejo que ha hecho de los recursos del estado, a diferencia de lo que hace con “sus diputados” en el Congreso local.

Y desde ahora, puede usted anotar a Miguel Ángel Yunes Linares como uno de los más fuertes aspirantes a la candidatura de Acción Nacional a la gubernatura en 2016, con todo y que sea sólo por dos años. Su alianza con el grupo de Gustavo Madero, por la cual será diputado federal este año, también puede ser el trampolín que necesitaba para desarmar a sus oponentes en el PAN veracruzano, que o están bastante quemados o tienen arreglos inconfesables con el duartismo-fidelismo.

Y más allá de las querencias y malquerencias, de los odios y fervores que un personaje como Yunes Linares provoca, lo que no se le puede negar es que es un hombre popular, con  arrastre electoral (sólo habría que revisar sus números en la elección de 2010), y que cuenta con un importante número de seguidores y de operadores por todo el estado.

Éstos se encuentran no solamente en el PAN, sino también dentro del propio Partido Revolucionario Institucional e incluso, en la estructura misma del gobierno estatal.

No faltará quien señale que Yunes Linares ya perdió la elección de 2010 con Javier Duarte, quien no tenía (y hasta la fecha, anda por las mismas) carisma, discurso ni tablas políticas. Sólo que en aquel entonces la contienda fue en realidad contra Fidel Herrera Beltrán, quien hizo valer el que estaba “en la plenitud del pinche poder” e impuso como sucesor a alguien que jamás habría ganado una elección por méritos propios.

Las circunstancias son muy diferentes ahora. Javier Duarte no es Fidel Herrera. Y el priismo veracruzano está profundamente dividido y agraviado por los herederos de la fidelidad, que sólo le aprendieron las malas mañas a su maestro, pero no tienen su talento, visión y capacidad política, que también hay que reconocérsela.

Si el duartismo llegara a imponer, como es su intención más que manifiesta, a Alberto Silva Ramos como candidato del PRI a la gubernatura en 2016, ¿con qué tamaños le haría frente a alguien como Yunes Linares?, ¿con diatribas infantiles en Twitter, como acostumbraba cuando fungió como coordinador de Comunicación Social estatal?

Para ganar una elección estatal se requiere mucho más que eso. Y si no lo logran, toda la farsa legaloide que hicieron para acomodarse a su gusto e interés las leyes veracruzanas, que gane quien gane la entidad sale perjudicada con un infame e inútil periodo gubernamental, habrá sido un fiasco.Además, que tengan en cuenta que, según dice aquel viejo cuento infantil, el burro tocó la flauta sólo una vez.

 

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