Por Sergio González Levet
19 de febrero de 2015

Ni duda cabe que el 1×1 instaurado en buena parte de los cruceros conflictivos de Xalapa es una buena medida, un gratificante programa que involucra a los ciudadanos de manera efectiva, un ordenamiento que agiliza nuestra lastimera vialidad, pero… el pero es que, como tal, está erróneamente aplicado.

Y está mal porque al formularlo así: 1×1, en su mayoría, los conductores quieren pensar que significa: primero pasa uno, yo, y después pasa el otro. Y eso sucede porque casi todos los que intentan transcurrir de un lado a otro en esta capital, permanecen hastiados por las demoras y enojados por los enfrentamientos inevitables en el hacinamiento callejero a que nos condena Xalapa de lunes a sábado, y a veces hasta en domingos y días festivos, no hay que ser…

La bondad de esa medida estriba en un secreto muy bien guardado de la fluidez: si cada conductor cede el paso a un vehículo, la vialidad se agiliza de manera casi mágica.

En la ciudad de Aguascalientes, que fue pionera en la instauración de los cruceros intermitentes -a principios de los años 90 del siglo pasado, hace casi 25 años-, el programa fue concebido de manera diferente. Allá se llama: “Crucero de cortesía”, y los letreros tienen la leyenda: “Ceda el paso a un vehículo”.

¿Ven la diferencia? Dicho así, al conductor no le queda otra alternativa que pensar: llego a un cruce y me debo detener, tengo que dejar pasar a un vehículo (o a dos, en el caso de cruceros de calles múltiples, como hay muchos por acá) y entonces puedo pasar yo.

En las prisas por llegar, los conductores xalapeños olvidan la cortesía porque ya se sabe que la apuración es muy mala consejera. Y como van de malas, quieren pasar primero, avientan el coche en cada esquina y terminan haciendo más demoniaco el infierno en que se convierten nuestras calles todas las mañanas, todos los mediodías, todas las tardes, todas las noches y hasta muchas madrugadas, por la concentración absurda de vehículos, que padecemos como epidemia incurable.

Cuando se establece un programa público -del alcance y del talante que sea-, deben tomarse en cuenta todas las aristas y aplicarlo de la mejor manera posible. Frente a ese automovilista exasperado, ante ese chofer acostumbrado a no respetar ningún reglamento, contra la señora en su camioneta de lujo que se siente propietaria de las calles, sólo queda dar órdenes claras y precisas, que no dejen lugar a la interpretación o a la duda, y ése no es el caso del bienintencionado letrerito que exhibe su limitado mensaje: “1×1”.

Párese usted un momento en el crucero infame que se forma al terminar el puente que da acceso a la Plaza Ánimas. Siga hasta el también múltiple que da rumbo hacia el bulevar Europa y la calle Justo Fernández, adelante del Club Britania. Trate de cruzar ileso la glorieta del Ferrocarrilero, junto a Los Sauces. He aquí ejemplos permanentes de malos tratos, de agarrones entre conductores, de peligrosos acercamientos… todo porque todos queremos pasar primero.

¿”1×1”? ¿Por qué no mejor le entramos al “Paso de cortesía”?

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