Por José Luis Ortega Vidal
11 de febrero de 2015

(1)

La violencia desatada en buena parte del territorio nacional mexicano corresponde a fallas estructurales interconectadas.

Es decir, al fracaso del modelo económico Neoliberal impuesto en el país desde fines de la década de los 70s y principios de la 80s hasta la fecha, se suman problemas de corrupción e impunidad en todos los niveles de gobierno.

Antes de la alternancia presidencial del año 2000, con el arribo del panista Vicente Fox al poder; antes también de que la izquierda obtuviera gubernaturas; aquellos años cuando el Poder Legislativo era dominado por un solo color, los discursos de izquierda y derecha exaltaban sus acusaciones contra el único partido en el poder y evidente responsable: el PRI.

 

(2)

Muchos mexicanos creímos que la competencia electoral, la fragmentación de los espacios de poder, en otras palabras: la democratización, nos conducirían a un país desarrollado, justo y equitativo en la distribución de su riqueza.

Nadie pensaría que esto habría de ocurrir en el corto plazo, pero se esperaban señales de avance que alimentaran la esperanza de que algún día –no tan lejano- saldríamos del hoyanco en que estamos desde hace más de 40 años.

A casi 27 años del gran momento histórico que fue la elección de 1988 con el triunfo de Cuauhtémoc Cárdenas y la vergonzosa “caída del sistema” que impuso a Carlos Salinas de Gortari en la silla presidencial –garantizando la continuidad del modelo Neoliberal en el manejo de nuestra economía- el fraude Histórico-Político que ha padecido México durante los últimos gobiernos, tiene más colores en el banquillo de los acusados.

Al PRI y su “democracia perfecta” se suman el PAN y “la docena trágica”, así como el PRD y los muertos de Ayotzinapa, nomás por mencionar datos simbólicos sobre el sistema de partidos políticos agotado al grado de la pudrición y del que somos responsables todos: tanto el gobierno como la sociedad civil y –desde luego- la clase política… cínica por definición.

 

(3)

Resulta evidente que el Estado mexicano requiere, demanda, exige, necesita ser Refundado.

Las estructuras consolidadas como base del Moderno Estado Mexicano durante el juarismo están agotadas.

No hay poder en México que se salve de estar engranado al Estado de facto que se ha creado desde el Crimen Organizado, la cultura de la corrupción cotidiana que tiene a más del 90 % de la población como cómplice y en el cual las palabras: Democracia, Educación, Desarrollo Social, Justicia, Política, Salud, Empleo –entre otras- son sinónimo de muerte, destrucción, complicidad, guerra, impunidad sin que se observe una concientización al respecto.

 

(4)

Hay indicativos de que las elecciones del 2015 padecerán un abstencionismo histórico que podría rondar el 30 % de participación del padrón electoral.

Gane éste o gane aquél, no se aprecia discurso alguno –en ninguna parte del espectro partidista- que ponga luz sobre la oscuridad política que vivimos los mexicanos.

¿Compromiso? ¿Referencias de honestidad en alguna de las listas de candidatos?

Reina la opacidad como respuesta a ambas preguntas.

De este modo, a la falla estructural que supone el modelo económico generador de más pobreza, sumamos la falla estructural de un modelo político inmerso dramáticamente en la corrupción, la impunidad y la complicidad.

 

(5)

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ofreció este panorama en el 2013:

 

“…en el 2012, 10 de los 11 países con información disponible en registraron disminuciones en sus niveles de pobreza respecto a 2011, siendo la única excepción México.

En México, en el 2012, la pobreza aumentó de 36.3, registrada en el 2011, a 37.1 por ciento.

Seis de los 11 países con información disponible en 2012 registraron disminuciones en sus niveles de pobreza respecto a 2011.”

(El Economista 5/12/2013: http://eleconomista.com.mx/sociedad/2013/12/05/aumenta-pobreza-mexico-cepal)

 

Actualicemos los datos al 2015:

 

“La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) presentó hoy el informe “Panorama Social de América Latina 2014”, en el que destaca que mientras la mayoría de los países del área abatieron los índices de pobreza e indigencia en los últimos siete años, México fracasó en su cometido.

Según datos oficiales, en 2006 aproximadamente 31.7% de los mexicanos eran pobres y 8.7 indigentes. Seis años después, en 2012, las cifras repuntaron considerablemente al reportarse 37.1% de pobres y 14.2% de indigentes.

Lo anterior representa un crecimiento de las tasas de pobreza e indigencia de 6.4 y 7.5%, respectivamente, cuando en promedio las mismas tasas en la región latinoamericana disminuyeron de 2005 a 2012 a 24 y 3%, respectivamente.

Es más, según la CEPAL, en ese mismo lapso México sólo ha reducido en 2% la incidencia de la “pobreza multidimensional”, que contempla tanto el nivel de ingresos como del acceso a la vivienda, los servicios básicos, la educación, el empleo o la protección social.”

(PROCESO, 26 de enero del 2015: http://hemeroteca.proceso.com.mx/?p=394204)

 

(6)

Si la sociedad civil no sale de su letargo cómplice y la clase política no adquiere conciencia sobre este crimen que constituye un suicidio histórico de México, estamos condenados a entregar un país en pedazos a las generaciones venideras.

Serán ellas las que encuentren las respuestas a sus propias preguntas en medio de una realidad que –se prevé- será atroz.