Por Atticuss Licona
25 de febrero de 2015  

Lenta y pausadamente vamos saliendo de la cuesta de enero. A los sombrerazos, a punta de soñar con un futuro en el que se combinen el ahorro y el dispendio, a la mexicana, ahí la llevamos, viviendo.

Acuso recibo de un amoroso correo del señor José Luis Morales. En su considerado envío me comenta, palabras más, palabras menos, que esta columna es una sutil invitación al adormecimiento, que mi escrito carece de sustancia y yo de materia gris, que fue un derroche innecesario, inútil y fútil, de su valioso tiempo, el cual bien pudo haber ocupado (imagino) en otras actividades más lucrativas como tirarse boca arriba a encontrar figuritas en el repello amerengado de su dormitorio. ¿Pues qué le digo? Le diría gracias si tan solo hubiera sido un poco más ingenioso en su agreste reclamo, el cual remató con la bella frase “Mierda pura” (¡Jesusita de mi vida, tápate los ojos”). Pero no se me preocupe señor Morales, yo le tengo la solución a sus problemas, o como dirían los brasileños “pare du sufrir”, la respuesta es tan sencilla que le sorprendería: no me lea, o mejor aún, sígame leyendo y continúe con la benevolencia de sus comentarios, quien quita algún día termine anhelando mi presencia.

Quise anotar lo anterior por dos razones. Porque tenemos que recibir factura de cuando lo que escribimos gusta, y también cuando no gusta. Y la segunda, más importante todavía, porque allende de ese bajón espiritual, tengo una vida, y esta vida a veces se contrapone con mis horarios de escritura. Vaya, para acabar pronto, si no escribí estos últimos días no fue ni tantito para gozo y disfrute del señor Pepegüicho, quien debió haberse henchido cual ahogado por el gusto de haberme contrariado. No papacito, lástima, no tuviera tanta suerte. La culpa la tuvo Malcom X.

La Dirección de Desarrollo Político comandada por Fernando Sánchez, lanzó una nueva edición de cine político. Esta serie de filmes, denominado “La política en imágenes”, se engalanó el pasado jueves con la película Malcom X, la cual es perturbadoramente larga.

Vale la pena ir, no sólo porque la entrada es gratuita –lo cual ya es un valor-, sino porque además la película es presentada previamente por alguna persona de la sociedad que contextualiza las ideas y puntualiza los aspectos políticos finos que normalmente pasaríamos por alto. Eso hace que no veamos la película así como el Borras, sino que la miremos con ojos más aguzados y estemos pendientes y prestos a un análisis a conciencia.

La presentación de Malcom X estuvo a cargo de Francisco Licona, quien tiene la fortuna de ser mi padre, y pues ni modo de hacerle el feo. Tuve por tanto dos razones para asistir, ver la película y desquitar mi sueldo de palero.

Salimos quemando llantas del auditorio porque estaban a punto de cerrar el estacionamiento y volvimos a casa a pensar si Malcom X encabezó una lucha de negros contra blancos o de oprimidos contra abusadores como la que todos los días enfrentamos en México.

Seguimos esta lucha diaria. Porque los mexicanos tenemos la enorme virtud de ir viviendo, sin aspiraciones internacionalistas de mexicanizar otros países ni la soberbia de querer callar al Papa. Caminemos mansamente por estos solitarios y yermos parajes que nos tocó habitar.

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