Por José Miguel Naranjo Ramírez
19 de febrero de 2015

Daisy Miller

Para el escritor Henry James: “La novela, en su definición más amplia, es una impresión personal y directa de la vida.” La definición antes transcrita nos explica porque cada lectura nos va transformando, sensibilizando, humanizando; y es que el verdadero arte, si algún propósito tiene, es hacernos reflexivos, críticos, mejores personas, porque los artistas a través de sus personajes de ficción, mínimo nos enseñan lo que no debemos hacer, porque todos los temas y acciones de sus personajes son tomados de la realidad.

Aunque Henry James nació en Nueva York en (1843), la mayor parte de su vida vivió en Europa y particularmente en Inglaterra, de hecho adquirió esa nacionalidad y fueron contadas las ocasiones en que James visitó a su tierra natal. Sin embargo, al ser la novela una impresión personal de la vida, América como era de esperarse, siempre estuvo presente en la obra de James, porque sin duda alguna, su cerebro se formó en Europa, pero su corazón siguió siendo americano.

El conflicto entre corazón y cerebro, entre razón y emoción, se encuentra perfectamente desarrollado en la novela escrita en (1878) titulada: Daisy Miller. Es una pequeña novela donde James cuenta la historia de la joven americana llamada Daisy Miller, una muchacha guapa, encantadora, inocente, espontanea, libre, quien por primera vez viajaba a Europa, continente donde supuestamente siempre ha sido guiado por la razón, por el cerebro, por la cultura, pero aquí valdría la pena preguntarse ¿Qué era la cultura para los europeos en pleno siglo XIX?

La historia se empieza a narrar en la Ciudad de Vevey, Suiza, lugar donde estaba hospedada la familia Miller integrada por la señora Miller, su hija Daisy y el menor Randolph. Conocían y disfrutaban la hermosa ciudad suiza, muy visitadas por turistas Americanos. Después el viaje continuaría hacia la ciudad de Roma, Italia, cultura del mundo. En el mismo hotel, “Las tres coronas”, se encontraba hospedada la señora Costello y su sobrino llamado Winterbourne viajó de Ginebra a ver a su tía.

Mientras Winterbourne, esperaba el momento indicado para ver a su achacosa tía, conoció a la hermosa joven Daisy Miller, de la cual quedó inmediatamente deslumbrado por su belleza: “No era, sin embargo, lo que podía llamarse una mirada descarada, pues los ojos de la joven eran singularmente honestos y frescos; eran ojos de una belleza extraordinaria, y lo cierto es que Winterbourne no había visto en mucho tiempo nada más hermoso que el conjunto de rasgos que componían la figura de la radiante compatriota: su piel, nariz, oídos, dientes. Poseía un gran conocimiento en todo lo referente a belleza femenina; era un adicto a su contemplación y análisis, y acerca del rostro de esa joven hizo varios observaciones.”

Una vez realizado el encuentro entre Winterbourne y Daisy Miller, él quedó asombrado e interesado por su belleza y ella quedó enamorada de él. Daisy había pensado que era de origen Alemán, pero Winterbourne le platicó que había nacido en Estados Unidos y que ya tenía muchos años viviendo en Europa.

Después de la enorme emoción que sentía Winterbourne por haber conocido a una joven no sólo guapa, además, interesante, agradable, segura, libre, diferente, fue a ver a su tía y le platicó sobre Daisy, le dijo que al otro día irían juntos al famoso castillo suizo “Castillo de Chillon”, pero antes de eso le comentó a su tía que quería presentarle a la señorita Miller, a lo que la tía contestó: “–Son demasiado ordinarias –declaró la señora Costello –.Forman parte de ese tipo de americanos cuya compañía uno tiene el deber de no aceptar.”

Al otro día Winterbourne y Daisy Miller fueron al “Castillo de Chillon”, por supuesto que para una sociedad ¡tan culta! Eso fue mal visto, ¡cómo era posible que la joven fuera tan ligera y vulgar, y permitiera acompañarse por un hombre! La señora Costello le dijo a su sobrino que: “La madre es igual. Tratan a su empleado como si fuera un amigo de la familia… como a un caballero. No me sorprendería que se sentara con ellos en la mesa. En las noches se sienta con ellas en el jardín. Me parece que fuman en su compañía.”

Ante la argumentación de la tía, Winterbourne con la respuesta que le dio, nos enseña lo que era la cultura del amor para los europeos en el siglo XIX. “–Es cierto también –prosiguió Winterbourne, que Daisy y su madre no se han elevado a esa fase de… ¿cómo lo llamaría?… de cultura, en que surge la idea de cazar a un conde o un marqués. Me parece que intelectualmente son incapaces de tan concepción.”

La historia es interesante, la joven Daisy Miller disfruta de la ciudad, conoce gente, viaja a Roma, hace amigos, visita lugares, pero cada vez era más criticada por esa libertad con la que se desenvolvía. Mientras Daisy se conduce con el corazón, Winterbourne, lo hace con la razón, mientras ella vive, él, la ve vivir, en Daisy todo es pasión y entrega, en Winterbourne todo es prejuicios y dudas, ella representa la ignorancia y él, la supuesta cultura. Bajo estas circunstancias ¿Triunfará el amor?

Finalmente, cuando la joven Daisy Miller se enferma en ese mismo viaje y está cerca de la muerte, le dio a su mamá un mensaje urgente para Winterbourne: “Recuerda decírselo al señor Winterbourne. Y luego me pidió preguntarle si recordaba la vez que fueron a aquel castillo en suiza.”

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