Cumbres Borrascosas
Por José Miguel Naranjo Ramírez
05 de febrero de 2015

En el mes de febrero, año con año celebramos el amor y la amistad. Sobre estos dos sentimientos tan indispensables, únicos, nobles, necesarios, poderosos y, sobre todo, deseados por casi todos los humanos, hay abundante literatura. Por lo antes señalado y aprovechando estos festejos, el presente mes será dedicado a conocer cuatro obras clásicas e inmortales de la literatura universal. La primera se titula: Cumbres Borrascosas, escrita por Emily Brontë, la cual fue publicada en el año de 1847.

Emily Brontë (1818-1848) nació y murió en Inglaterra a los treinta años de edad, es decir, un año después de ser publicada su obra maestra. Sobre esta magistral novela se han realizado grandes estudios, ensayos, críticas, películas, etc. Cuando Emily escribió Cumbres Borrascosas, tenía veintiocho años de edad y es sorprendente ver como una joven que había tenido poco contacto con el mundo, abordó los temas como si hubiera sido una mujer adulta, con experiencias, porque además de escribir la realidad de la vida, lo hizo con una pasión, entrega y sentimiento, que pareciera haber vivido esos amores y desamores.

Para el Premio Cervantes de Literatura, el Maestro Sergio Pitol, Cumbres Borrascosas es una obra “revolucionaria”, porque narrar y abordar los temas como lo hizo Emily Brontë en pleno siglo XIX, era una verdadera revolución en las letras.

En sus inicios ésta sensacional obra fue ubicada como una novela plenamente de amor. Sin embargo, sobre este punto Sergio Pitol escribió: “La novela no trata de una mera historia de amor como muchos comentaristas entusiastas se han obstinado en creer; de ser así sería una historia llena de incoherencias. Fue Virginia Woolf quizá el primer crítico en modificar ciertas nociones entorno a ella: ‘En Cumbres Borrascosas’–escribe– hay amor, pero no es el amor entre hombres y mujeres. Emily se inspiraba en una concepción del mundo más amplia. El impulso que la urgía a crear no nacía de sus propios sufrimientos ni de sus propias heridas. Ella se enfrentó en un mundo sumido en un desorden gigantesco y se sintió con el poder suficiente para crearle una unidad en su libro.” (Consultar: Obras Reunidas V, Ensayos, Adicción a los ingleses, Sergio Pitol, FCE).

Desde mi punto de vista es una novela romántica, realista y psicológica, donde por supuesto que hay una historia de amor, pero Emily Brontë nos enseña que la naturaleza humana también esta impregnada de odio, rencor, sufrimiento, venganza, crueldad, amargura, resentimiento. Es por todo ello que los personajes se aman, se odian, se destruyen e incluso esos sentimientos van pasando a las siguientes generaciones. ¿Cuál será el camino de salvación? ¿Cómo humanizar lo humano?

La historia es narrada por dos personajes, Ellen Dean y Lockwood, la señora Ellen es quien relata a Lockwood, la historia del pasado de las familias Earnshaw y Linton. El señor Lockwood nos cuenta toda la historia, incluyendo el pasado, presente y el final.

Como en toda obra maestra la temática es abundante, en este caso el punto de partida es el amor fallido entre Catherine Earnshaw y Heathcliff. Este último había sido recogido por el padre de Catherine, fue educado y querido como a un hijo, pero cuando el padre de Catherine murió, la posición de Heathcliff en la casa de la familia Earnshaw cambió drásticamente, fue maltratado y humillado por Hindley Earnshaw, quien era hermano de Catherine.

Con el transcurso de los años Catherine y Heathcliff se enamoraron, pero en una sociedad tan clasista era casi imposible que ese amor se consumara, de pronto Edgar quien era hijo de la distinguida familia Linton, pidió la mano de Catherine, y cuando se acercaba la fecha de la boda, Catherine le confesó a Ellen Dean, lo que para mí es una hermosa declaración de amor:

“Tanto interés tengo en casarme con Edgar Linton como en estar en el cielo, y si el malvado de mi hermano no hubiera condenado a tantas bajezas a Heathcliff nunca me hubiera ocurrido. Ahora me envilecería casarme con Heathcliff, de modo que nunca sabrá cuanto le amo, y eso no por ser guapo, Ellen, sino porque es como una parte de mi misma. No sé de lo que estarán hechas las almas; pero la suya y la mía son iguales, y la de Linton es tan distinta como el hielo con el fuego.

No puedo expresarlo; pero seguramente tú y todo el mundo tienen noción de que hay o debe de haber una existencia de los demás más allá de uno mismo. ¿De qué serviría mi creación si yo estuviera totalmente contenida aquí, en mi cuerpo? Mi gran deseo de vivir es él. Si todo lo demás pereciera y él permaneciera, yo continuaría todavía viviendo, pero si todo lo demás continuara y él fuera aniquilado, el universo me sería ajeno. Ellen, yo soy Heathclif. Él está siempre, siempre en mi mente; no como un placer. Yo no soy siempre un placer para mí misma, sino como mi propio ser.”

A pesar del gran amor manifestado por Catherine, ésta se casó con Edgar Linton. A partir de este hecho se desarrollará toda la historia de odio, rencor, venganza, sin embargo, valdría la pena preguntarse, ¿Se puede amar y odiar al mismo tiempo? ¿Por qué, si amamos, destruimos? Acaso no crecimos aprendiendo en la primera carta a los Corintios que:

“El amor es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser.”

Sin duda alguna, así debería ser el amor, pero ese amor está en el terreno de lo utópico, tal vez, por eso nunca llegamos a él, y el amor que nos va enseñando Emily Brontë en Cumbres Borrascosas, es un amor menos ideal, pero eso lo hace más humano, más alcanzable, porque la realidad humana con sus grandezas y miserias se encuentra plasmada en Cumbres Borrascosas.

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