Por Sergio González Levet
19 de febrero de 2015

Todos lo sabemos, todos lo reconocemos, todos lo aceptamos: por su orografía incestuosa, por su laberíntica condición callejera, por su impávida naturaleza de escondrijo, Xalapa es una de las ciudades más complicadas del mundo cuando de llegar a algún lugar se trata.

Primero: las pendientes azarosas, que nos hacen embeber el buche de subida y arriesgar el físico y las rodillas de bajada. Segundo: el tráfico (el “trágico”, me califica un amigo inteligente), que imposibilita cualquier recorrido más o menos expedito.

Y tercero: la nomenclatura municipal, que difumina la ubicación de las colonias, hace huidizos los nombres de las calles y entreverados los números de las casas.

Los números… para allá voy. Como si no fuera suficiente con nuestras calles desconcertantes, muchas veces dar con el número de un domicilio es verdaderamente imposible. Si busca usted el número 17, por ejemplo, y está frente a la casa marcada con el 7, puede pensar que cinco inmuebles después dará con él. Pero no: lo usual en Xalapa en que después del número 7 aparezca, tal vez, un número 11, y después un inexplicable 228, y enseguida un 42 bis, y que el elusivo 17 esté dos cuadras más allá, entre el 51 y el 64.

Pongo un ejemplo al azar: la calle Niebla en el Fraccionamiento La Marquesa de la Ánimas. Para empezar, es una calle que llega a una esquina, da una vuelta de 90 grados y sigue tan campante con el mismo nombre. Bueno, hay en ella dos números 45, separados apenas por la casa que ostenta el 56. Y los números pares e impares saltan de una acera a otra, cuando en cualquier otra población de México se alinean obedientemente cada uno en su acera. Los pares a la derecha y los impares a la izquierda, según se va de la parte más cercana al centro hacia la que se dirige a la salida de la ciudad. Y luego, si busca usted el número 88, lo hallará aprisionado entre el 94 y el 98, necio en ser ese número de ochos repetidos, cuando debía ser el 96.

Dicen los enterados que esa numeración enigmática se la debemos a un personaje que trabaja en el departamento correspondiente de la Dirección de Desarrollo Urbano del Ayuntamiento capitalino; dicen también que ese señor, por su edad, debió haberse jubilado hace cuatro trienios, pero que no ha querido dejar su puesto ni su oficina ni su sueldo para que lo devengue alguien con mayor calidad mental.

Y digo lo de la mente porque a nuestro personaje se le hace bolas la continuidad de los números periódicos, y no atiende que después del 2 va el 4 y enseguida el 6 y así sucesivamente. Y que enfrente es lo mismo: 1, 3, 5, 7, etc.

No falta quien opine que ese diligente aunque poco eficaz empleado tiene una concepción diferente a la aritmética pitagórica, y que más que descansar en los teoremas de Euclides se va por la teoría de la incompletitud de Gödel.

Por eso para él, después del número 53, impar, no sigue el 55, sino que en su mente alzhaimeriana ve, en lugar de una sucesión ordenada de viviendas, un agujero negro, un gusano espacial, un accidente del tiempo, y le acomoda a la casa siguiente un inesperado 86, por decir algo.

No sé, tal vez el tiempo y las matemáticas de última generación le terminarán haciendo justicia. Pero mientras tanto, y hasta que el señor no se jubile por fin, seguiremos a vuelta y vuelta por las banquetas, buscando el añorado 124 o el elusivo 342.

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