Por Danner González
20 de febrero de 2015

A menudo pienso en la fugacidad de la vida, en que un día estamos y al siguiente hemos pasado. Y que siendo la vida tan breve, sería una lástima que la desperdiciáramos viendo películas malas, oyendo música mala, leyendo libros malos. Nunca he sentido la tentación de reseñar un libro –desde mi punto de vista–malo, una película mala. Su destrucción es labor del tiempo y del juicio puntual de sus testigos. En cambio, me gusta reseñar las obras que logran mover algo interior, las que son capaces de contarnos algo más que aquello que se mira.

Quizá la más reciente de estas experiencias sea Birdman, película de Alejandro González Iñárritu, estrenada el año pasado y que ha llegado a la entrega de los Óscares multipremiada, multireseñada y con nueve nominaciones a la máxima estatuilla.

Birdman tiene el acierto carveriano del satori de que hablaba Roland Barthes: una especie de disparador que hace a quien la mira salirse de allí, como Birdman, el personaje, en su desconcertante vuelo, para situarse en un punto omnisciente desde el que es posible abarcar un espectro más amplio con la mirada, o recordar algún aspecto anterior de su existencia.

El argumento de la película es a estas alturas por demás conocido: un viejo actor “comercial” –otrora famoso por interpretar a una suerte de superhéroe– se juega todo lo que tiene a la puesta en escena en Broadway de una adaptación a un relato de Raymond Carver: De qué hablamos cuando hablamos de amor.

Raymond Carver, nacido en una pequeña ciudad de Oregon, criado en Yakima, Washington (1938) y muerto a la temprana edad de 50 años, declaró en 1983 para The Paris Review que él creía en la literatura referencial, aquella que aludiera a la “realidad real” que todos conocemos, de la que somos parte a diario, una incluso autobiográfica, dijo. Los personajes de sus relatos son mucho más que aquello que el autor nos dice que son. Lo sabe el narrador y lo sabemos nosotros. El lector interesado encontrará, por ejemplo, una hondura sobrecogedora en el visitante ciego del relato Catedral o en la singularísima historia de Visor, donde un hombre sin manos toca un buen día a la puerta para venderle al propietario de la casa, una foto de esa misma casa.

Volviendo a Birdman, me parece que con ella González Iñárritu alcanza la mayoría de edad como cineasta mientras se consagra como un gran realizador que amén de una gran historia, trabaja con sumo cuidado cada uno de sus elementos: guión, fotografía, sonido, las actuaciones impecables, y esa quintaesencia carveriana presente a lo largo de toda la cinta, y hecha patente en los magistrales planos secuencia.

El 16 de febrero Jesús Silva-Herzog Márquez publicó en Reforma, “Birdman, el ojo que narra”. Nada más errónea que su percepción de la obra. Sostiene que de no ser por la cámara de Emmanuel Lubezki, la película habría sido “una pedante exhibición de citas literarias” y una historia que “borda los grandes temas sin morderlos de veras”. Silva Herzog se vuelca en elogios a Lubezki (merecidos desde luego) y acaba haciendo un artículo pretencioso. Qué bueno que haya leído a Emily Dickinson y la haya leído bien. Qué mal que no haya leído a Carver o lo haya leído mal, porque la lente prodigiosa de Lubezki alcanza la estatura de lo imaginado por Carver, la representación puntual de la teoría del iceberg de los buenos relatos: la superficie de la historia muestra apenas un porcentaje menor de todo lo que encierra.

Al inicio de la película, un epígrafe de Carver nos recibe. Se trata del Fragmento del final: “¿Y aún así conseguiste lo que querías en la vida? Y ¿qué es lo que querías? Saberme amado, sentirme amado en la tierra.” Un pasmoso comienzo que es también la síntesis de los temas abordados en la película. Birdman puede ser muchas películas en una sola: la de la crítica mordaz de la industria hollywoodense, la crítica de la crítica despiadada (el discurso que Riggan Thomson le espeta en el bar a la crítica de teatro), el discurso sobre la soledad del hombre y la pelea de este con sus demonios interiores, mientras lucha por recuperar aquello valioso que perdió en el camino (nada menos que su familia), además de una espléndida sátira de esa hoguera de vanidades que es la vida misma, que puesta a pasar, está siempre yéndose hacia alguna parte.

Quizá este artículo es más para hablar de Carver que de Birdman, porque al final cuando hablamos de Birdman estamos también hablando de Carver, y porque para regocijo de unos y envidia de otros, González Iñárritu ha leído muy bien a Carver y ha aprendido de su complejo método para contar historias y eso se nota. Vaya que sí se nota.

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