Por Atticuss Licona
12 de febrero de 2015

Erika Vexler (¿cómo olvidarla?) después de Orson Wells fue seguramente la persona que ha despertado más creyentes en toda la historia. Y es que cómo no acordarse de aquella ocasión en que Jacobo Zabludovsky la entrevistaba estando ella en Israel y con una voz alarmadísima le dijo “Nos están bombardeando Jacobo, es un ataque nuclear”. Al pobre Jacobo se le disparó el azúcar y los lentes se le saltaron, a mi abuelo se le atragantó la madalena que se estaba comiendo, a las madres se les cortó la leche y las campanas de las iglesias en los pueblos repiquetearon con júbilo dándole la bienvenida al día de la redención.

Erika no lo supo pero también fue la causante de un divorcio en la familia pues el joven que recién se había casado con mi prima, al escuchar la noticia, se levantó pálido del sofá donde se encontraba la feliz pareja y sin decir palabra abrió la puerta y se fue. Mi prima vio a la felicidad darle la espalda y a su hombre perderse en la hondura de la noche ardiente de la Cuenca. Días después se supo que el individuo se había ido a dormir con su mamita, para que si el fin llegaba con lluvias de plutonio, el patas de cabra se lo llevara junto con quien lo había traído al mundo. Esa expresión de hombría fue muy mal recibida por la joven doncella que no sólo necesitaba afecto y compañía en sus primeros días de vida marital, sino también la frenética atención de su pareja esa lúgubre noche para que si la Tierra era barrida en un asombroso destello atómico, fuera este destello confundido con un orgasmo cuenqueño (de los que hacen llover buñuelos y fertilizan la tierra).

Se volvieron a ver, no me queda la menor duda, pero soólo para firmar los papeles del divorcio y para que mi prima le recriminara agriamente haberla dejado sola en el lecho conyugal cuando que el sacerdote había dicho que debía estar juntos hasta la muerte. Yo por esos tiempos andaba mal calibrado y mi mayor preocupación era urdir algún malévolo plan para no morirme virgen y tratar de convencer a alguna jevita con cuerpo de dominicana de las que pululan en mi tierra natal.

Tenía poco tiempo de haber terminado la Guerra Fría, el Muro de Berlín había caído y los gringos estaban bastante inquietos porque ya no sabían con quién desquitar su frustración de tener las bodegas repletas de ojivas nucleares y ningún baboso a quien tirárselas. Irak, país desconocido para casi todos los chichimecas de este lado del charco, se aventó la puntada de invadir y anexarse otro país desconocido llamado Kuwait. Gracias al cielo, para efectos internacionales el Chapulín Colorado tenía a sus amigos y por eso le entró Estados Unidos junto con varios países más a defender la democracia (y el petróleo) que los iraquíes habían robado.

Desde esos años a la fecha el Medio Oriente ha estado ahí, como un clavo en el zapato. De esa zona lo que la mayoría conocemos es la arena interminable y que casi todos los árabes nos parecen iguales aunque derriten a nuestras mujeres con sus morenos perfiles en las novelas.

Dice el dicho que no hay que rascarle la cola al tigre y el Medio Oriente junto con el Estado Islámico es un tigre de veinte chichis al que hay que temerle y, sobre todo, respetar. Esta mañana que leí que Barack Obama pidió poderes de guerra al Congreso para declarar la guerra al Estado Islámico, se me erizó la piel y recordé aquellas palabras de Erika Vexler “¡Es un ataque nuclear Jacobo! ¡Repito: Nuclear!”. Dios mío… de terror. Es muy probable que comience el bombardeo y nos muramos todos. Si eso pasa seguro escucharemos un aleteo celestial y nos preguntaremos ¿Estoy muerto? Un águila nos hincará las garras en los hombros y nos dirá “Ya casi, pero antes le pagas a Serfin”… qué perra suerte tenemos los mexicanos.

 

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