Por David Quitano
27 de febrero de 2015

En un mundo donde impera el miedo y la mentira, abrazar la libertad es un acto revolucionario.

Anónimo

Vivir en democracia es un periplo cotidiano. Figurarse la democracia futura, es un concepto dinámico en permanente cambio y evolución. Por ello uno de los retos fundamentales de la democracia en América es reinventar un Estado que signe un engranaje con el cual cada movimiento que se desarrolle sea sinónimo de avance y así dejar de lado la periferia en el inventario de las ilusiones de un México más justo y próspero, para volverlo realidad.

Desde el más básico, hasta el más complejo libro de relaciones internacionales, centran un valor muy significativo al indicador relacionado con la imagen externa de un país, sobre todo para uno que aspire a ser punta de lanza en temas como cooperación para el desarrollo o como imán para la inversión extranjera directa; ante ello México da las notas y justamente estas no entregan buenas cuentas.

Históricamente, la opinión pública ha tenido poca influencia en el diseño de la política exterior de México debido a que la población, en general, contaba con mínima información e interés sobre los asuntos internacionales, a la vez que la estructura política del país concentraba el poder de decisión en el presidente, no permitiendo con esto una activa participación de otros actores políticos.

Con la democratización del sistema político y la apertura económica, así como con el incremento de la importancia de los asuntos internacionales para el público en general -rompiendo esa tendencia- en los últimos años se han abierto los espacios para que la opinión pública tenga una mayor incidencia en temas de política exterior y se ha vuelto determinante en la capitalización política del ejecutivo federal.

Más cuando la percepción interna con respecto a ciertos tópicos concuerdan con la perspectiva internacional, donde esta funge como un catalizador a través del cual se canaliza y vigoriza los temas correspondientes a la percepción, por tanto ello es una de las bases del sistema de relaciones internacionales que influye de manera significativa para la toma de decisiones en el mundo actual, tan globalizado y tan conectado.

Ante ello, la imagen de México se ha mermado por comentarios como los del Papa Francisco y el Director cinematográfico recién galardonado con el Óscar, Alejandro González Iñárritu, donde el primero da sinónimo a México con el de un Estado fallido, en el cual la inseguridad es la constante y el segundo demanda un país mejor.

Sin duda, los paliativos encuentran su justificación en la cotidianidad, esa que la mayoría nos acontece día a día en el caminar promedio de una persona que padece las externalidades negativas en sus diversas expresiones, misma que son la constante.

La promesa de vivir en una época de cambio se está agotando por falta de resultados. De esa manera debemos poner atención a Mario López-Roldán, cuando menciona que el miedo, la mentira y el control se siguen imponiendo sobre la verdad y la libertad.

En ese orden de ideas, el término mexicanizar, lejos de ser un anhelo, se ha convertido, desde una óptica externa, en sinónimo de vergüenza y reflejo de nuestra impunidad.

De tal suerte que ha llegado el momento de apostar por un cambio de época. De tener éxito, podríamos revertir el significado de la mexicanización para darle una connotación positiva y así abrir paso al verdadero Mexican Moment en el que cada mexicano pueda ganar. El futuro no está definido, depende de cada uno de nosotros.

Sobre todo los jóvenes no podemos dejar de lado nuestra insoslayable visión de construir un México mejor, para sumarnos al lamento y encasillar adjetivos a los puestos mandos, lo cual sería ponernos inversamente lo mismo, porque al final en la delegación facultativa del poder estamos presentes nosotros.

Quiero una mexicanización de las ideas, una mexicanización de la voluntad, una mexicanización gobernada por el talento, que erija un memorial del mañana más que del ayer, y así poder contar con elementos de crecimiento mejores que los de hoy.

Recordando:

  • No quiero a más Simone de Beauvoir: “La cosa se pone grave”.

 

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