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Los familiares de desaparecidos en la región de Iguala se enfundan en una camiseta negra cuando salen a los cerros yermos a cavar agujeros en busca de restos humanos, de huesos que quizá contengan la huella de su ADN. En la espalda portan su consigna: Hijo, hasta que no te entierre, te seguiré buscando.

A diferencia de otros colectivos similares, los integrantes de esta Comisión de Búsqueda de Familiares Desaparecidos en Iguala, que en menos de tres meses agrupó a más de 500 afectados, no buscan vivos a sus seres queridos ni pretenden encontrar y señalar culpables.

Esta postura la hacen explícita en sus declaraciones. “No buscar culpables no significa renunciar a la justicia. Pero de momento no podemos hacer más. Cualquier otra cosa sería arriesgar la vida. Si de por sí es peligroso salir a buscar a los muertos en las fosas clandestinas bajo las narices de los perpetradores.

“No podemos lanzarnos a la guerra contra el narco. Quienes ordenan las desapariciones no se han ido, aquí siguen. En Iguala y los alrededores nadie está a salvo de delincuentes y extorsionadores. Hasta a la parroquia han intentado extorsionar.”

–Entonces, ¿ni una demanda penal?

–Mejor así. Esto ha ayudado a que la gente se acerque a la parroquia y se una al comité. Ya después veremos. En algún momento estas historias tendrán que llegar a la mesa de un agente del Ministerio Público o de un juez.

Desde hace años, en Iguala gobierna una coalición de políticos, policías e integrantes del crimen organizado. Y reina el miedo. Los levantones con fines de extorsión son parte de la vida cotidiana. Éstos casi siempre culminan con la desaparición de la víctima. Ni las estadísticas ni el registro de denuncias ante el Ministerio Público reflejan esa realidad.

No hacía falta que nadie viniera a amenazarnos. Nosotras solitas nos íbamos a encerrar en nuestras casas, con esa angustia de tener a un ser querido desaparecido y sin poder recurrir a nadie. Totalmente a la intemperie, porque aquí, en Guerrero, no hay a quién recurrir. ¿A las autoridades? Menos que a nadie, si son ellos mismos los que hacen el mal.

Las palabras de Ángela Saucedo Pineda, con su hijo de 26 años arrancado de su casa en medio de un asalto y una balacera, con heridas de bala en tórax y abdomen desde 2009, hablan de la parálisis social que mantuvo en silencio los crímenes de la delincuencia organizada en la región.

Ángela ya salió de su encierro. Este domingo se pone la camiseta negra que en la parte frontal reza la leyenda Te buscaré hasta encontrarte, se cala la cachucha rosa mexicano hasta las cejas, empuña su pala y emprende camino hacia los cerros de los alrededores.

Óscar Mario Prudenciano, el párroco de la iglesia de San Gerardo, punto de reunión del grupo, refiere cómo ha visto salir del terror a estas familias. Se empiezan a transformar cuando reconocen entre ellos el mismo sufrimiento, cuando dan su testimonio frente a un grupo, hablando quizá por primera vez de lo que les sucede. Además, entre todos nos apapachamos. Trato de hacerles sentir que no van a salir a luchar solos, que están entre hermanos.

Ese miedo ya lo probó en la propia piel el cura Óscar. Hace tres años era párroco en Apaxtla de Castrejón, una comunidad en la serranía de Tierra Caliente, cubierta de plantaciones de amapola. Un día, en uno de esos caminos que transitan lo mismo los campesinos que los narcos, un grupo armado lo detuvo, lo forzó a bajar de su camioneta, la cual utilizó como barricada. De un cerro a otro las bandas trabaron un combate intenso, con el sacerdote entre los dos fuegos. De hecho, lo transfirieron a la parroquia de Iguala para que descansara de la violencia.

Los gritos

Los primeros buscadores se dirigen hacia un guamúchil donde hay varias probables fosas ya señaladas y de inmediato comienzan a cavar. Al poco rato empiezan a saltar de la tierra pedazos de huesos.

¡Son de res! Ya no sigas, estos no son huesos humanos, dice uno.

Luego una segunda fosa.

¡Para, para, esta fosa ya fue procesada! Y enseña un pedazo de plástico amarillo con letras negras, fragmento de las cintas con las que autoridades precintan las zonas bajo investigación judicial.

Y una más:

Esto es un hormiguero. Vamos más allá.

Cerro adentro, un grupo de mujeres grita: ¡Banderín, por favor, aquí hay una! Cerca han encontrado un par de latas quemadas con un orificio, como las pipas improvisadas que se usan para fumar piedra; un indicio irrefutable.

Y más arriba, entre la hierba, los pedazos de una muñeca Barbie añade un toque macabro. Ahí se afana con una barreta Grissel Pavón Valdés. Busca a su esposo Antonio Iván Contreras, albañil, originario de Cuautlán del Río, Morelos. Iba a trabajar a Iguala cuando lo secuestraron. Desde entonces Grissel trabaja en la limpieza de casas para mantener a sus tres hijos. Y los fines de semana busca fosas.

Después de un par de horas bajo el sol inclemente, la caravana se mueve hacia otro sitio. El convoy se detiene en un paraje árido que, sin lógica alguna, se llama La Laguna. Podría ser el paisaje perfecto de una pesadilla. Una red intrincada de veredas rodea el laberinto de arbustos retorcidos y espinosos que atrapan los pies, se atoran en los cabellos y la ropa, rasgan la piel.

Mario Vergara Hernández, el hermano de Tomás, taxista desaparecido, la hace de guía por un recorrido lúgubre. Aquí encontramos uno. Allá dos. Más para allá tres. Fueron 19 en total, todos con los pies y manos amarrados; algunos esqueletos llevaban tanto tiempo que tenían raíces en el cráneo.

Quedan las huellas de lo que fueron fosas, rectángulos de tierra removida.

Es mediodía y los huisaches niegan la más mínima sombra. Las chicharras llenan el aire caliente con su sonido vibrante. Mario dice: Aquí hay gente ya muerta pidiendo a gritos regresar con los suyos. Y allá, en los pueblos y las ciudades, hay familias pidiendo a gritos que vuelvan. Para mí, cada ser humano que logremos devolver a una familia lleva el nombre de mi carnal Tomás. No sé ni siquiera si lo vamos a encontrar algún día, pero lo que estamos haciendo con las uñas, sin ayuda de nadie, puede devolverle un poco de paz a alguien. Y sólo por eso vale la pena.

Son tres hermanos de Tomás Vergara –Mayra, María y Mario–los que lo buscan. El día de su último cumpleaños, 5 de julio de 2012, Mayra le hizo pozole. Pero nunca llegó. Me llamó y me dijo: me secuestraron, junta la lana y salimos de ésta pronto. Los secuestradores nos advirtieron que si no pagábamos nos íbamos a arrepentir toda la vida. La Seido (Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada) nos aconsejó no pagar. Y los delincuentes cumplieron su promesa. Nunca volvimos a saber de él”.

Mayra lo expresa a su manera. Mi familia es el mejor ejemplo de por qué no hay que acudir a las autoridades.

Pero en tanto no llegue el momento de la justicia, al menos reclamarán sus huesos y el primer atisbo de verdad sobre un destino incierto.

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