Por Martín Quitano Martínez
24 de febrero de 2015

El corazón que está lleno de miedo, ha de estar vacío de esperanza.

Fray Antonio de Guevara(1480-1545) Escritor y eclesiástico español

Las encuestas insisten en confirmar la tendencia de la soterrada apuesta social por la continuidad de formas y sujetos que reivindican los usos y costumbres de aquello de lo cual se dice, de manera permanente en rumor y a grito abierto, estamos agotados, sin embargo, más allá de los manifiestos desprecios hacia la clase política en lo general, y en particular de los rechazos hacia la figura presidencial, su partido se mantiene en la preferencia mayor para seguir siendo la primera fuerza política. 

El hartazgo de las condiciones prevalecientes se diluye en una indiferencia cómplice que deja jugar a los votos duros, a las estructuras partidarias; el abandono que se prevé manifiesto en la abstención es la oportunidad para corroborar la permanencia de los mismos y seguir rumiando nuestras desgracias. 

Los valores ciudadanos puestos en el desván de los hartazgos donde no complican a una clase gobernante poco dispuesta a modificar sus conductas,  menos aun cuando sólo se expresa el desdén generalizado, que no les molesta, porque los gobernados pueden decir lo que les plazca, siempre que voten a favor o no voten. 

El cinismo campea pese a que el llano está en llamas bajo un ambiente enrarecido, con retos que no se ve ni cómo ni con que, los gobernantes podrían enfrentar, dado que sus capacidades están sujetas a sus particulares intereses que distan mucho de lo que las mayorías requieren. 

Son los políticos cínicos protagonistas de la farsa cotidiana, funcionarios que arremeten contra el buen juicio, que acentúan la deconstrucción de nuestra muy alicaída institucionalidad. Nada de los horrores nacionales parece hacer eco en las “inteligencias” políticas, porque su andar no es sólo de pasmo sino de una desvergüenza ofensiva.

La ineptitud administrativa es consustancial a nuestra clase gobernante. Con enormes cualidades para la discrecionalidad arbitraria, para pasar de largo ante los problemas, para incluso profundizarlos con sus comportamientos, para ruinmente volverse impunes ante sus actos ilegales. No reconocen ni piensan respetar premisa normativa alguna, ni valor de ética pública, porque la razón de sus empeños por alcanzar representaciones políticas o puestos públicos se ubica en enriquecerse, traficar influencias o simplemente que les paguen por no hacer nada. 

Vivimos en el mundo mexicano de los antivalores, donde todo está permitido, donde los ejercicios públicos mientras peores mejormente serán evaluados, donde un amplio espectro de mexicanos ajustan su criterio de “vida ciudadana” al rechazo o la lejanía de todo lo que no sea benéfico directamente a ellos, donde la desconfianza entre nosotros mismos se ubica en lo más alto, convirtiendo a la vida mexicana en la locura de un tejido social descompuesto que asfixia a la esperanza. Es en este marco de dolencias sociales, de incapacidades organizativas y programáticas que vendrán las próximas elecciones, en las que según las encuestas, pese a todo, parece que los mismos de siempre volverán a ganar.

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

En Coatepec Veracruz, mi pueblo, se dejó morir a un joven hombre acuchillado a las puertas de un hospital donde nadie lo quiso atender pasando de la insensibilidad a la irresponsabilidad y de allí al vacío. Nada o muy poco parece sorprendernos y mientras menos nos comprometamos será mejor. ¿Este es el mundo en que queremos vivir?

 

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