José Luis Ortega Vidal
12 de febrero de 2015

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Renato Leduc afirmó que su soneto inolvidable: “Aquí se habla del tiempo perdido que, como dice el dicho, los santos lo lloran” fue escrito cuando alguien le pidió elaborar unos versos que rimasen con el sustantivo “tiempo”; palabra sin rima consonante.

Con el paso del tiempo, el brillante poema de quien fuera un notable intelectual mexicano y un personaje inolvidable de nuestra historia cultural, fue grabado a manera de pieza popular e interpretado por José José, entre otros cantantes.

Afirma Leduc en el cuarteto que abre su obra:

 

Sabia virtud, de conocer el tiempo,

a tiempo amar y desatarse a tiempo,

como dice el refrán, dar tiempo al tiempo,

que de amor y dolor alivia el tiempo…

 

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Viene a colación la cita porque si bien la alusión poética de Leduc refiere al amor, el tiempo constituye una circunstancia que permea toda acción humana, incluyendo la política.

Ubicados en el 2015 de las elecciones federales a concretarse el 7 de junio y atendiendo al panorama del manejo y la lucha por el poder en Veracruz, vale la pena preguntarse:

¿Cuántos de nuestros políticos habrán leído alguna vez a don Renato Leduc?

¿Quiénes, entre los lectores del soneto sobre el tiempo, habrán entendido que sus propias carreras profesionales en el ámbito del poder también están marcadas por esta limitante, como ocurre con la existencia misma?

 

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Una de las características que más observo y al mismo tiempo critico en nuestros políticos es la soberbia.

Nuestros hombres –y mujeres de poder político– suelen asumirse como seres superiores al resto de su especie animal y muchos incurren en la absurda búsqueda de la trascendencia basada en la dieta del ego: “Yo hice…Yo di inicio. Yo visualicé… En mi gestión se logró… En mi gestión se superó… Nunca antes de mi… etcétera”.

 

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La política mexicana diseñó a lo largo de la historia una serie de reglas no escritas que buscaron –entre otros fines– establecer un control sobre el manejo del poder más allá de las ambiciones personales contradictoriamente impulsadas por ese mismo sistema.

Me explico: después de la Revolución de 1910 y a partir del Maximato que encabezó Plutarco Elías Calles, los Presidentes de México se convirtieron en una suerte de deidad sexenal.

De Alvaro Obregón a la fecha, ser Presidente de México es ser Dios…pero no sólo por seis años.

El mismo trato y el mismo plazo se asignó durante buena parte del siglo XX y lo que va del XXI a los gobernadores.

Es cierto que la alternancia en el poder a partir de los últimos años de la pasada centuria disminuyó parcialmente esta condición sui géneris de la cultura política mexicana pero no lo suficiente para evitar los excesos, los errores, los abusos, los agandayes, la corrupción y la impunidad que dicha práctica conlleva.

 

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Resulta curioso, por otra parte, observar las consecuencias que genera el rompimiento de esas reglas no escritas del quehacer político mexicano en casos como el de Veracruz.

 

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Aquí, Fidel Herrera Beltrán concluyó su mandato como gobernador en el año 2010 y debió retirarse del ámbito político de la entidad pero no lo hizo. Más aún, a punto de llegar al último año del sexenio de Javier Duarte De Ochoa, su impulsor y predecesor sigue moviendo hilos del poder en la entidad y queda claro que pretende operarlos en el bienio que viene: el del gobierno estatal para el período 2016–2018.

Pero eso no es todo: muy característico de su estilo particular de moverse y mover la política, Herrera Beltrán ha dejado muy claro con sus actos que aspira a colocar como gobernador sustituto de Javier Duarte a un miembro de su equipo; lo que hace voltear a la figura de Erick Lagos o ya de perdis a Alberto Silva.

 

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¿Y Veracruz, y la economía de Veracruz, y la seguridad de Veracruz y el desarrollo de Veracruz?

Esos temas son aparte.

Nuestra clase política –la que ha leído y la que no ha leído a Renato Leduc– suele desdeñar visiones de esa naturaleza.

Lo prioritario, lo primero, lo que va es lo que piensan ellos o les interesa a ellos.

Lo que piensa o le interesa al resto de la sociedad está en segundo lugar o no existe a la hora de tomar decisiones clave para el futuro de todos.

Para la mayoría de nuestros políticos –de todos los partidos– la sociedad es un conglomerado que responde a encuestas preelectorales. Y punto.

 

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Si Erick o Alberto no pueden ser los sucesores de Javier, entonces Fidel Herrera echaría mano de un plan b, producto de un objetivo b.

El plan a, producto del objetivo a, consiste en seguir influyendo en el poder veracruzano hasta el bienio que viene o hasta donde el tiempo –ese metiche– lo permita.

En este caso, como lo hemos señalado en entregas anteriores de Claroscuros, todo aquel que se apellide Yunes debe ser condenado a no gobernar Veracruz.

El plan b, producto del objetivo b, incluye la posibilidad de que los Yunes presenten un frente común o dos o tres frentes que pongan en peligro o de plano acaben con el plan a.

Desde luego, entran en juego los resultados de las elecciones federales del próximo siete de junio y en concreto los números de distritos ganados y perdidos por el PRI, así como la visión que se tenga desde el grupo de Enrique Peña Nieto al respecto.

 

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Si el PRI gana más de los 13 distritos electorales que dicho partido obtuvo en las elecciones federales del 2009 –cuando Fidel Herrera estaba en la última etapa de su sexenio– la cifra sería relativamente favorable a Javier Duarte.

Recordemos que en el 2009 el país era gobernado por el PAN y eso constituye una variable que disminuye la crítica a la pérdida de 8 distritos federales durante aquella jornada.

Hoy, en cambio, el PRI está en Los Pinos y la cifra de 8 derrotas no sería, para nada, justificada.

Así las cosas, si los pronósticos de que el PRI pierda 6, 7 ó hasta 8 distritos electorales en los comicios que vienen se cumplen, queda en grave peligro el plan a de Fidel Herrera y debería recurrir al b en forma obligada.

Este último, elimina la idea de que ningún Yunes gobierne Veracruz y coloca los momios a favor de que gobierne un Yunes siempre que no se llame Miguel Angel y que no gobierne o haya gobernado Boca del Río.

 

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Aunque no pensemos en el factor tiempo, éste se impone.

A todos nos llega el final, un día cercano o tardío, pero llega.

La poesía lo manifiesta con toda claridad.

Y el poder también… aunque haya quienes gusten de no reconocerlo.