Danner González

@dannerglez

El “Índice para una Vida Mejor 2013”, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), señala rotundamente el mal desempeño del país en todos los indicadores objetivos. Llama la atención en el mismo, que la percepción de la gente sobre su calidad de vida es distinta. Aunque en dicho estudio califican la seguridad con un 0.4 sobre 10 y la educación con un 1.2 sobre 10, el 85% de los mexicanos dijo estar satisfechos con la vida que llevan. ¿Quién podría estar satisfecho cuando sabe que las condiciones de seguridad, educación y empleo son no sólo malas, sino catastróficas? La respuesta es terrible: aquellos que se han resignado al “aquí nos tocó vivir”, “qué se le va a hacer”, “ya estaría de Dios…”

 En pocas palabras, los mexicanos de este estudio son mexicanos resignados. En esa resignación hay una doble responsabilidad; por un lado, la de los gobiernos que ejecutan políticas erróneas, pero por el otro, la de los ciudadanos que vuelven a votar por ellos o que a sabiendas de cómo ejercen el poder, no acuden a las urnas para ejercer un voto de castigo y se dejan guiar por la apatía y la indiferencia. Ha dicho en fechas recientes Pablo Iglesias, líder de Podemos, que el cielo no se toma por consenso, sino por asalto. Pues eso justamente es lo que hay que decirle a estos mexicanos resignados.

 En democracias maduras y en sociedades desarrolladas, la participación ciudadana en política no se limita sólo a procesos electorales, sino tiene que ver con la forma de controlar y moderar el poder otorgado a los representantes y el involucramiento de los ciudadanos en la toma de decisiones públicas. Y en un sistema como el nuestro, eso no se logra por consenso, sino por asalto, a golpe de votos, modificando lo que nos duele y lo que nos lastima.

 Tras los sucesos de 2014 (la economía maltrecha, la seguridad vulnerada, las leyes secundarias de la reforma energética entreguista y privatizadora, Ayotzinapa, Tlatlaya, la casa blanca de Las Lomas, la casa de Ixtapan de la Sal, la casa de Malinalco, etcétera) seguramente son menos los satisfechos y más los indignados por el gobierno federal en turno y por la clase política acomodaticia y mediocre que le acompañan para imponer un proyecto político y de gobierno sin pies ni cabeza.

 El proceso electoral de este año será un referéndum al gobierno federal y un examen de consciencia para los ciudadanos. Se definirá el rumbo que habrá de tomar el país en los próximos años y veremos si México sigue atrapado, ya no en el laberinto de la soledad, sino en el laberinto de la conformidad.

 Frente a la comodidad cortés o cortesana, es preferible la indignación que grita. Es una obligación ciudadana vivir en la indignación para denunciar, criticar, proponer y sacudirse la somnolencia que invade el clima social. La indignación forma ciudadanos ejemplares, y éstos, gobiernos virtuosos. De lo que se trata finalmente, es de darle sentido a esa indignación y convertirla en acciones que modifiquen el rumbo de México. Se trata también de decirle a los ciudadanos de bien, resignados, que viven casi en estado letárgico, que sí hay de otra y que son ellos los actores del cambio. Y de que, una vez más, con Pablo Iglesias, el cielo no se toma por consenso, sino por asalto.