Por Sergio González Levet
10 de febrero de 2015

(Ayer tuve, como conductor de un auto, una de las más enconadas desgracias que se pueden sufrir atrás de un volante: se me apareció en la carretera –de la nada y sin aviso, como suele suceder– un tope tan descomunal como embozado, que me obligó a frenar abruptamente, aunque sin éxito alguno, pues las llantas dieron de lleno contra él, con un daño aún no cuantificado en el sistema de suspensión del coche y un crujido de huesos en el cuello y la espalda que me dejaron un dolor permanente, una molestia sin cuartel que todavía me agobia en estos momentos en que escribo y describo mi tragedia).

Un especialista en temas de vialidad y reglamentos me explica que el problema con los topes, es que no hay una regulación específica. De esa manera, muchos se acogen a la máxima de que lo que no está prohibido está permitido y colocan esos ingenios contra la marcha a la buena de dios, en los lugares más inconcebibles y de tamaños verdaderamente aterradores.

Por su estructura material hay topes pequeños (pero igualmente letales: engañosos como la renguera del perro), grandes y medianos, descomunales; de metal, de plástico, de asfalto, de cemento; verticales como paredes, con perfiles suaves de pecho de mujer (Serrat), mixtos con subida o bajada intempestiva.

Y por su personalidad pueden ser furtivos, malévolos, necios, mentirosos como fideliña, discretos, incluso algunos pocos hasta honestos.

Más aún, por su taxonomía pueden ser boyas, reductores de velocidad, plataformas, dobles, triples y topes sencillos propiamente dichos.

Dicen que en Estados Unidos y muchos otros países más civilizados legalmente los topes están definitivamente prohibidos, y que por eso nunca nadie los va a encontrar en sus benditas carreteras, en sus amplias avenidas, pero tampoco en senderos modestos ni en callejuelas miserables.

¿Se puede imaginar la creativa lectora, puede soñar el crédulo lector con un mundo sin topes? Sería como dar con las utopías de Platón y Tomás Moro juntas y a modo.

Hay una característica más que no he señalado, y es que los topes pueden ser mortalmente numerosos, como los 94 contaditos que hay de Xalapa a Misantla por la ruta ¿corta? de Naolinco o los cientos que pululan en el camino de Cardel a Nautla.

Y puede haber tantos porque cualquier vecino –o su hijo– tiene la capacidad de poner un tope frente a su casa nadamás conque se le ocurra y tenga el dinero para instalarlo, que no son artefactos onerosos.

El tope con el que me encontré ayer ocasionó un daño colateral, porque me ha hecho perder la confianza en nuestros caminos y hoy todo el día me la he pasado frenando sin motivo aparente alguno, solamente porque me quedó el trauma de que se me puede aparecer alguno, que emerja de la nada, como lo hizo aquél.

Entretanto, sigo soñando con topes insospechados y en la noche me he despertado atraído por el miedo, en la espera fatal de que se me vuelva a aparecer uno de esos monstruos del camino.

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