Martín Quitano Martínez
10 de febrero de 2015

Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha, al mismo tiempo,

fue el no aceptar las cosas como me eran dadas.

Julio Cortázar (1914-1984) Escritor argentino

Estamos frente a un momento en que la vida institucional está colapsada, camina con un andar lento, pastoso, con funciones atrofiadas a causa de su maltrecha condición; el funcionamiento institucional de nuestro país es la muestra de la absurda anormalidad en que nos quieren acostumbrar a vivir, bajo la sesgada condición de los intereses de los pocos contra los de la mayoría, casi ningún nivel de gobierno o poder se escapa al señalamiento de su incompetencia.

Lamentables son los hechos cotidianos de un funcionamiento institucional supeditado a los vaivenes de la política, entendida ésta como la que arropa ineficiencias, privilegia incapacidades, subordinándose a los intereses personales o facciosos, a los compadrazgos, a los recomendados que ni quieren ni pueden asumir los compromisos que demanda un país al que le urge coherencia, compromiso y razón de sus funcionarios y representantes.

Agotamiento institucional mostrado en el día a día, desde los problemas mayores hasta en aquellos que responden a la condición más elemental del ejercicio público; en los tres poderes de la unión, desde la federación hasta los ayuntamientos se encuentran los deslices de la incapacidad complaciente, de la ambición sin freno, de la complicidad con las peores prácticas de un ejercicio público que desdeña el marco jurídico y las necesidades sociales, que profundiza los problemas.

La falta de compromiso y claridad para el diseño y ejecución de un verdadero plan de gobierno puede evidenciarse con la conformación de gabinetes municipales y de cabildos que, salvo raras excepciones, se trata de personajes improvisados, ignorantes y comodinos, ya que nada para ellos es urgente y de comprometida resolución a menos que sea aquello que les beneficie directamente.

Es una tragedia institucional en nuestro país, y es palpable con los comportamientos de la mayoría de sus integrantes, con la desconfianza que les profesa una sociedad que no encuentra los referentes públicos que le puedan permitan trascender las crisis que padecemos, la inseguridad, la pobreza o el desempleo.

Frente al desamparo, sin embargo, está la oportunidad de actuar, de exigir, de organizarnos y mostrar que somos mucho más que las circunstancias que les favorecen a esas minorías, que montados en las desvergüenzas, asumen la tragedia institucional como la oportunidad para continuar con sus dividendos.

 

DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

Como no teníamos problemas, ahora para colmo nos demandan los chinos.

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