Por Sergio González Levet
28 de febrero de 2015

Cosas de la lengua, que nos pone trampas en el manejo original de nuestro idioma y nos hace que cambiemos sin saber o sin querer lo que en un principio fue rico y ordenado.

Escucho a eminentes miembros del sector educativo que dicen que sus escuelas “ofertan” varias modalidades de instrucción; oigo a comerciantes cuando anuncian a las vivas que “ofertan” mercancías a bajo precio y en condiciones de crédito insuperables.

Atiendo a un promotor artístico entrevistado en un programa noticioso mientras informa que está “promocionando” el último disco de un cantante de moda; percibo la declaración de un funcionario del sector social, quien asegura que su dependencia “promociona” nuevos apoyos para algún estamento de las clases más necesitadas.

“Ofertar” y “promocionar” son verbos que finalmente terminó por aceptar la Real Academia Española porque su uso se ha generalizado de tal manera que fue imposible dejar de considerarlos como un parte del lenguaje cotidiano.

Ferdinand de Saussure, el padre de la lingüística moderna, decía que el uso de un término por la mayor parte de los hablantes hace ley. Para hacerlo más explícito, voy por partes, como las bailarinas del Moulin Rouge: el autor del Curso de Lingüística General propuso que en el lenguaje que hablamos todos los días hay dos partes en oposición (que es una de sus dicotomías): la lengua y el habla.

Explicaba don Ferdinand que la “lengua” es la norma que todos los hablantes aceptamos, algo así como el diccionario que todos llevamos dentro, y que nos lleva, por ejemplo, a que cada usuario del español acepte que “mesa” se refiere al objeto en el que todos comemos (por definirla de alguna manera). Esta convención permite que entendamos lo que dice el otro.

Y para el suizo genial, “habla” es el uso cotidiano que hacemos de ese lenguaje normado por reglas. Pero como somos tantos millones e intervienen tantos elementos modificadores (el clima, la ley del menor esfuerzo, la influencia de otros idiomas) nuestra lengua se está modificando constantemente. Cuando un cambio lo utiliza la mayoría de los hablantes, entonces se vuelve norma e ingresa a la “lengua”, aunque vaya en contra de la lógica gramatical, de la pureza de cada idioma y del sentido común.

Esa es la razón por la que ahora ya es correcto decir “ofertar” en lugar de “ofrecer”, que es el verbo original, y de la misma manera podemos usar “promocionar” en lugar de “promover”.

El uso de términos nuevos no debe ser problema para ningún idioma, eso enriquece el vocabulario. La bronca es cuando nos dejamos “influenciar” (¿o influir?) por otras estructuras gramaticales, como es el caso. Y es que hacemos de un sustantivo un verbo, como lo hacen en inglés, cuando ya existe un verbo anterior.

En fin, cosas de nuestro principal medio de comunicación, la lengua, y de nuestro pensamiento, expresado de acuerdo con nuestra capacidad lingüística, que nos ponen trampas a la lógica y a la pureza original del idioma.

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