Por Armando Ortiz
19 de febrero de 2015

 Aquí estoy que simplemente

me voy a morir (de hambre)

¿y de qué provecho me es

una primogenitura?

Esaú

Mario Bendetti decía en un discurso titulado “El escritor y la crítica en el contexto del subdesarrollo” que el intelectual debe estar vinculado con su realidad. Hay escritores, decía Benedetti, «que escriben con la transparente intención de ser “leídos” por la crítica». Para Bendetti resultaba muy «indecoroso que el escritor escribiera con miras a las preferencias y los mecanismos del crítico y del sistema».

Eso que dictaba el uruguayo hace más de treinta años es una realidad que hoy día coloca en la ignominia a muchos de nuestros escritores e intelectuales que, ante la realidad que les circunda, han preferido ser simples amanuenses del sistema que los acoge.

Pero, ¿para qué sirve un intelectual? En una sociedad avanzada, los intelectuales son la conciencia de esta sociedad; llámese como sociedad al gobierno y a sus gobernados. Si el gobierno actúa mal, los intelectuales sancionan ese actuar a través del ejercicio de la palabra. Si los ciudadanos son los que actúan mal, los intelectuales censuran ese actuar. Es por ello que los intelectuales tienen una gran responsabilidad en el desarrollo de una sociedad democrática. Una verdadera democracia se nutre de los argumentos de los intelectuales, de sus ideas, de sus debates.

Una sociedad en la que sus intelectuales han fallado, es una sociedad que tendrá que acostumbrarse a vivir en su fracaso, en su Estado fallido, en su impunidad, en su inseguridad, en su incapacidad, en su indolencia. En nuestro país no hay conciencia, pues los intelectuales han guardado silencio por miedo, o en el peor de los casos, por complicidad con un gobierno que les brinda una cómoda manera de pervivencia.

Por otro lado, los intelectuales en nuestro país —salvo honrosas excepciones— han dejado que los comunicadores, los lectores de noticias, los que se hacen llamar periodistas sean la conciencia de este país. Como Esaú, el personaje bíblico, han cambiado su primogenitura por un plato de guisado rojo. Su estómago ha sido más importante que su cerebro; su apetito más voraz que su indignación.

Ni imaginar que en sus artículos o ensayos, publicados en sus revistas exclusivas, piensen en los marginados, en la pobreza y el hambre de su país, en la injusticia y la impunidad. Los hombres de poder son el objeto de su análisis, pero sólo les preocupa cómo se siente un presidente, un gobernador, un senador o un diputado, cuando observa la desgracia de su país; ¿qué emoción les causa mirar el pintoresco paisaje de la desesperanza?, se preguntan.

Firman desplegados sin siquiera leer el texto y mucho menos les importa entenderlo. Algunos sólo lo hacen porque ven los nombres de ciertos “santones” de la cultura y para sentirse un poco como ellos, estampan su firma en cualquier documento, lo que les provoca un orgasmo intelectual de proporciones nimias.

Para nuestros intelectuales la pobreza sólo existe en el extranjero y es más preocupante la miseria humana que la miseria que se palpa en las calles y en las casas. Hacen un análisis de nuestros dolores, de nuestros corajes y calculan nuestras reacciones, pero no hacen nada por aliviarlos; su indolencia sólo se puede comparar con su inflamado ego. Muchos de ellos, en su elitismo artificial, consideran al pueblo indigno de su sabiduría, por lo que se han convertido en meros onanistas de su intelectualidad. Otros se baten en sus orgias dialécticas, en su verborrea académica, haciendo de su conocimiento un mensaje encriptado; ellos creen que su voz es “las voces”, pero sólo se asemejan a la voz del endemoniado, que ante el cúmulo de alaridos sólo alcanzó a decir «legión».

¿Para qué sirven los intelectuales? En nuestro país, los intelectuales ya no sirven para nada.

 

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