Marcelo Ramírez Ramírez
13 de febrero de 2015

I

La sabiduría de los antiguos vuelve a despertar simpatías en el ocaso de la sociedad moderna, cuando ya no es posible refugiarse en las verdades de la fe y el hombre sólo cuenta con su razón para hallar respuestas a su crisis existencial.

Nuestro tiempo falto de las certezas básicas de la tradición que alimentó al occidente cristiano, a las cuales  renunció decididamente para afirmar su autonomía, guarda esta semejanza profunda con la decadencia del mundo antiguo. Tanto en un caso como en el otro, los seres humanos se sienten abandonados a sí mismos, frágiles ante poderes que los rebasan, en un mundo incomprensible, con una incomprensibilidad pavorosa, porque no hay donde buscar el sentido, pues en principio el sentido ha sido suprimido: la realidad fuera del hombre y el hombre mismo son pura facticidad.

Pero el hombre no se contenta con el diagnóstico que lo condena a estar en un mundo absurdo; si el sentido no puede ser descubierto será necesario inventarlo. Es la propuesta de Nietzsche, de Sartré; es la propuesta de muchos más, porque es la única posible para no abandonarse a la resignación, último refugio de la derrota del pensamiento.

Siendo contradictorio por naturaleza, el hombre suprimió, en el primer momento de euforia prometeica, cuándo se sintió apto para desafiar a los dioses y vivir bajo la guía soberana de la razón, el fundamento último que hacía posible todo sentido y todo valor -lo que en el fondo es lo mismo-; es decir, suprimió a Dios y ahora se ve precisado a ponderar el tamaño de las consecuencias.

Aquí encontramos una diferencia con la razón de los antiguos, pues esta última no se había cerrado aún por completo al misterio. Lo que la razón de los antiguos no aceptó, fue la superstición, negándose a solicitar el consuelo de los falsos dioses. Mientras la filosofía especulativa con Platón, con Aristóteles, supo elevarse a las grandes verdades metafísicas, más modesta, la filosofía práctica de orientación naturalista se propuso hallar las respuestas a los problemas que nos agobian, descubriendo que el mal radica en nosotros mismos, en la ambición desmedida, en la entrega a los apetitos desordenados, en las falsas ilusiones y particularmente en una: la ilusión de actuar como si la vida nos perteneciera, a pesar de la constante evidencia de nuestra mortalidad.

Ejemplo de la razón antigua convertida en filosofía práctica, es la enseñanza de los epicúreos, de los cínicos, de los estoicos. Estas escuelas de pensamiento cultivaron y difundieron doctrinas apropiadas para sortear los peligros que nos amenazan y, cuando no es posible sortearlos, aceptarlos, entendiendo su significado verdadero. Se alejan en mayor o menor grado de la pura especulación y, los cínicos en particular, no se interesan en el conocimiento por el conocimiento. Quienes profesan estas filosofías, son defensores de las ventajas de la virtud, como antídoto del desengaño y el sufrimiento. Se preocupan por sus semejantes, en lo cual se parecen más que al filósofo puro, al sacerdote, al predicador y al intelectual de ese tipo que se dio en España y que continuó el magisterio de Séneca, según comenta José María Zambrano.

Más allá de diferencias obvias, el punto medular coincidente entre la razón antigua y la moderna, es el reconocimiento de la finitud del mundo, transformada en problema radical por el hombre, para quien la finitud resulta una deficiencia incurable de su ser. El hombre finito aspira a la infinitud, pero su razón le dice que esa aspiración es insensata, pues la contradice el testimonio de la  experiencia común: la caducidad de todo lo existente. Como el Sultán del relato árabe que pidió una síntesis de cuanto se sabía sobre el hombre, ahora todos estamos enterados de que “el hombre nace, vive y muere”. Eso es todo.

La vacuidad de la existencia lleva a la angustia y ésta, para su cura, requiere de una sabiduría que no es otra cosa que los consejos de la razón sabedora de sus límites; la razón que ante la presencia del mal indomeñable e insidioso, se limita a iluminarlo para comprenderlo hasta lo posible y manejarlo de manera que pueda quedar integrado en una visión razonable del mundo. Al desesperado, al que se rebela contra las injusticias, al que no se explica “por qué a él” le pasan tantas cosas malas, el hombre de experiencia, el que ha vivido más y ha pensado más, lo orienta, lo consuela, le da consejos. 

Aquí, justamente, cobra autoridad cierto tipo de sabiduría de los antiguos. Sabiduría orientada, decíamos, no hacia el saber teórico sino  como tal sabiduría, hacia los hombres que al vivir, al tropezar con los problemas cotidianos, requieren de guía y consejo. La sabiduría es el destilado superior de la experiencia de los pueblos, el depósito donde se guardan riquezas morales y espirituales con que los hombres pueden curar o paliar sus angustias.

La sabiduría opera, podría decirse, en dos niveles fáciles de distinguir. Tenemos en el primer plano la sabiduría popular acuñada en sentencias, exhortos y consejos aplicables a las variadísimas circunstancias de la vida. En México algunas perlas de la sabiduría popular provienen del mundo prehispánico, como aquella que reza: “unos nacen con estrella y otros estrellados”, aludiendo al papel de la suerte en nuestro destino. Otros decires y sentencias los trajeron los españoles y muchos más son fruto del ingenio popular chispeante, agudo, a veces festivo, que nos invita a entender y aceptar las cosas según se presentan.

Lo curioso es que las sentencias tienen generalmente su contra, lo cual se debe a que, por referirse a situaciones concretas, lo que puede valer para un caso no vale para otro. En consecuencia, el consejo ha de aplicarse guiados por la prudencia, que determina cuándo resulta oportuno. Así decimos: “al que madruga Dios lo ayuda”, pero otras ocasiones, al contrario, afirmamos: “no por mucho madrugar amanece más temprano”. También se dice: “El que no oye consejos no llega a viejo”. Pero igualmente se nos pide no hacer caso al necio: “a palabras necias, oídos sordos”.

Hay sentencias que invitan a un acto rápido de reflexión, elemental diríamos, pero capaz de provocar un cambio de conducta. En este supuesto tenemos el siguiente dicho: “arrieros somos y en el camino andamos”. Aquí es clara la alusión a no encerrarnos en el egoísmo, a considerar a los demás compañeros de viaje.

Estamos ante una síntesis extraordinaria, comprensible de suyo, de un mandato moral de la conciencia pre reflexiva, donde se manifiesta la nítida separación entre lo bueno y lo malo: no hagamos a los demás el mal que no queremos para nosotros. Recordemos otra sentencia: “el que a hierro mata a hierro muerte”. Quien medite en ella sentirá cierto estremecimiento. La vida es sagrada y quien la toma queda expuesto a la justicia de un castigo proporcional. Una vez más, constatamos la intuición moral espontánea en el ser humano de lo bueno y lo malo, intuición sobre la cual la ética queda en condiciones de elaborar un discurso, matizado por la época, las costumbres y demás factores que constituyen la historicidad del pensamiento.

Citemos otro caso donde el exhorto queda implícito: “quien mucho abarca poco aprieta”. Aquí se nos invita a utilizar nuestras fuerzas sin sobreestimar sus alcances, prohibirnos a nosotros mismos ceder a la ambición desmedida, para no quedar decepcionados obteniendo mucho menos de lo esperado.

Veamos ahora dos aforismos en cierto modo complementarios. El primero reza: “Sin nada venimos al nacer y sin nada nos iremos al morir”. Este nos pide considerar lo vano que resulta acumular bienes y riquezas que no podemos llevarnos a la otra vida para ser usadas, ni para gozar, gracias a ellas, el trato obsequioso de nuestros semejantes. El segundo aforismo dice: “nadie sabe para quien trabaja”. Ciertamente, al morirnos ¿quién será el beneficiario? Eso no lo sabemos a ciencia cierta, debido a los imponderables que echan por tierra toda previsión. Y con lo dicho basta, pues la sabiduría popular es inagotable y todos la tenemos a nuestra disposición, aunque pocas veces reparamos en ella.  

El segundo nivel de la sabiduría corresponde a una elaboración sistemática de la reflexión. El autor ya no es anónimo, es un personaje determinado que medita sobre la condición humana, con el propósito de ofrecer a los demás un remedio para los males de la existencia. Porque la existencia es un bien perecedero y en esto el hombre no debe engañarse. La ilusión, piensan estos sabios, es la causa de nuestra infelicidad.

El hombre actúa como si fuera a permanecer siempre en el mundo; su inconsciencia le lleva a perderse en trivialidades y olvidar su verdadera tarea que es vivir. El hombre requiere de un arte y una ciencia para vivir, elaborada por aquellos capaces de elaborarla: moralistas como Confucio, pensadores como Lao-Tsé, guías espirituales como Siddharta, pensadores como Séneca. Este último pertenece a la especie que particularmente nos interesa destacar, porque reflexiona y aconseja en un momento histórico de grandes semejanzas con el nuestro y eso lo hace cercano, es lo que  explica  su contemporaneidad con el hombre actual.

II

José María Zambrano identifica rasgos esenciales de Séneca y el estoicismo, propios del temperamento español. Séneca anticipa rasgos nacionales de la patria que estaba en los inicios de su gestación, cuando marcha de Córdoba a Roma para jamás regresar. No dudamos del acierto de esta afirmación, pero a nosotros más nos interesa esa otra particularidad que distingue la obra de Séneca: el uso de la razón, pero de una razón calificada acertadamente por J. M. Z de  desvalida. El empleo por Séneca de una razón semejante, explica los alcances de su pensamiento, el aura de fracaso que lo envuelve y la enseñanza que dicho pensamiento puede comunicarnos, si lo vemos bajo el doble aspecto de su historicidad e intemporalidad. El primer aspecto, la historicidad, nos permite apreciar el carácter único del momento en que Séneca vivió y pensó, un momento de transición del mundo antiguo,  con sus dioses en decadencia, hacia lo que sería la civilización cristiana. Séneca es el sabio de un mundo en agonía. Su meditación saca a la luz la carencia de ese tiempo suyo que, como el nuestro, quedó encerrado en el horizonte de la inmanencia del mundo. Las primeras comunidades cristianas eran consideradas sectas de fanáticos; Séneca no tuvo con estos primeros cristianos ninguna comunicación y, seguramente, la fe que predicaban sería  completamente extraña a quien como él, se había formado en el racionalismo griego para el cual del no ser, de la nada, no puede provenir nada.

La creación ex-nihilo del mundo, junto con la idea de un Dios preocupado por sus creaturas, un Dios providente, serían para Séneca ideas completamente absurdas. Por otra parte, nuestro filósofo hará un uso muy particular de esta razón desvalida, que sólo puede ofrecernos el remedio amargo de la medicina que cura, sin hacer concesiones a nuestra debilidad y vanos deseos. Séneca juzga los remedios de otras formas de sabiduría demasiado suaves, señalando que el estoicismo requiere una actitud completamente varonil, el rechazo del autoengaño.

Sin embargo, Séneca, el cortesano, parece querer escapar a las consecuencias que le anticipa su  razón. Le cuesta vivir de acuerdo a su propia tesis, lo cual pone de manifiesto más que la falla de la doctrina, su propia debilidad. En efecto, la renuncia del sabio al mundo de las apariencias, es una petición lógicamente consistente una vez aceptada la premisa del carácter contingente e ilusorio de este  mundo, pero contradice el anhelo profundo de cada individuo de encontrar terreno firme donde pueda enraizar y sostenerse. Sin duda, por ello, Séneca muestra esa dualidad que no es otra cosa que el conflicto entre la razón y la existencia, tal como lo verá siglos más tarde Sören Kierkegaard, conflicto al que el pensador religioso dará una solución diametralmente contraria: el existente no obtiene respuesta a sus anhelos de la razón impersonal, sino de la fe que significa el encuentro de este singular que es cada hombre, con Dios. Pero esa ruta era, decíamos, impensable para Séneca. Frente al mundo caótico, incierto, el sabio estoico puede permanecer impasible, no porque controle los acontecimientos, sino porque los acepta y sus efectos, por inesperados que parezcan, no lo sorprenden. Séneca, sin embargo, adopta otra actitud: intenta la negociación entre la razón y el mundo. Escucha las advertencias de la primera, mientras toma del mundo lo que éste le ofrece, alargando los goces del cuerpo y la complacencia de saberse privilegiado. Es oportunista y negociador nato. Explica María Zambrano que, incluso con la muerte, con su muerte, intenta negociar. Mientras no llega, no sólo se prepara para morir según debe hacerlo conforme al principio de la escuela estoica y su propia recomendación, sino que goza del intenso sentimiento de sentirse vivo. Ha llegado a ser inmensamente rico, tiene amigos, admiradores, personajes importantes que escuchan sus consejos. En cierta etapa de su vida se mantiene a salvo cerca del poder imperial, de cuya inmensa fuerza de gravedad nadie escapa y a todos amenaza con destruir, como Séneca lo sabe muy bien, porque es testigo inmediato de la forma en que el poder destruye la conciencia moral del hombre cuando éste carece de integridad para resistirlo. Menos aún, si en el individuo predominan, como un Nerón, las tendencias más perversas. El poder sólo vino a ser para él, un catalizador de sus perversiones.

¿Cómo sustraerse al poder imperial en manos de un demente incapaz de manejarlo? Al mal ontológico se añade así el mal de un tiempo aciago, mal originado por el afán desmedido de dominio del ser humano, encarnado en el emperador, cuyo culto es igual al de un dios. A la miseria natural, se suman las miserias y daños que el poder político causa a quienes debería auxiliar, según sostuvieron los filósofos de la época clásica. Pero la política imperial, más que del ideal de los filósofos, vive de la verdad de Calicles: la victoria es del más fuerte, del depredador. Séneca acepta esa vida y, a su modo, concilia las satisfacciones de la carne con las del espíritu. Cuando esa conciliación se torna imposible, se refugia en la doctrina que cura de los males del mundo, si bien, como ya apuntamos, el estoicismo de Séneca es moderado y, hasta la decisión de morir, se acompaña en él de un último gesto de humana debilidad. Prepara teatralmente su despedida de los amigos. Lo mismo que Cicerón, piensa en el juicio de la posteridad. Desea ser recordado de acuerdo con el ideal de su doctrina, como el sabio en pleno control de sus emociones. Si esto no es vanidad, ¿cómo puede llamársele? El juicio de la posteridad, lo mismo que las estatuas, no garantiza ninguna trascendencia autentica. Como sea, la muerte de Séneca consagra su doctrina con un toque trágico de grandeza; la grandeza del escape heroico ante el acoso del mal. En el escrito Consolación a Marcía, como si presintiera la forma en que terminaría su delicada relación con Nerón, Séneca dice con pleno convencimiento: “la servidumbre no es penosa cuando, cansados del amo, con un solo paso se recobra la libertad: contra las injurias de la vida tengo el beneficio de la muerte”. 1 

El mundo antiguo no pudo encontrar otra respuesta salvo ésta: anticipar el mal para evitarlo ó, al menos, restarle parte de su poder sobre nosotros, pero, en el caso extremo, renunciar a la esperanza aceptándolo con serenidad. Es la actitud estoica, fiel a la intuición que percibe la vida como el momento fugaz, la chispa que se prende sólo un instante en la noche obscura de la eternidad. Leemos en De la Brevedad de la Vida: “… de vivir se ha de aprender toda la vida, y lo que acaso te sorprenderá más, toda la vida se ha de aprender a morir”. 2 

El sabio no intenta comprender la muerte que es el fin de su realidad corporal, ni aspira, como aquel emperador chino, a prolongarla indefinidamente. Su respuesta es hacer suyo el más grande de los males en un acto de libertad; asumiendo lo inevitable, conserva la serenidad hasta el último instante.  

La razón tal como la entendió el estoicismo y bajo cuya regla vivieron quienes profesaron la doctrina, es la razón autónoma, autosuficiente; es la  razón que contempla el mundo y, al hallarlo inexplicable, porque lo toma como dado desde siempre y porque se ve a sí misma únicamente como parte de la naturaleza, no puede sino predicar la resignación. En tal sentido la congruencia del sabio es perfecta. No lo es, por el contrario, la posición de los postmodernos al pretender inventar un sentido partiendo de la pura facticidad del mundo, por más que se quiera ver en el hombre la fuente creadora de ese sentido imposible.

En realidad, el naturalismo postmoderno significa el desencantamiento absoluto del mundo y se acompaña del predominio, no de un poder imperial personificado en un tirano, sino en el poder impersonal  que se perpetúa arrebatando a los hombres el control de sus vidas. A la dura Necesidad que gobierna el destino, se añade ahora la falsa necesidad con la que el sistema económico  creado por el hombre, lo oprime y condena a la desesperación inútil o al conformismo estéril. No se puede ser razonable con la reducción de la existencia al absurdo, demandando se la acepte como tal absurdo. Y menos aún se puede apelar a la razón para construir el mundo humano a partir de ese absurdo, que se postula como siendo lo más propio de la  condición humana. De aquí la necesidad de devolverle a la razón su verdadero título de logos, de poder espiritual para insertar al hombre en la Trascendencia.

Tampoco se puede renunciar a la idea de la política como organización racional de la convivencia, entendiendo por racional la fuerza que articula la realidad presente con aquella que la política nos exige construir. La idea que el hombre tenga de sí mismo, de su poder efectivo como ser libre, es la medida del futuro que merece.  

1.- ZAMBRANO  María. Séneca. Madrid: Ediciones Siruela, S. A., 1994. p. 107

2.- SÉNECA Lucio Anneo. De la Brevedad de la Vida. Buenos Aires: Aguilar Argentina S. A de Ediciones, Novena edición. 1977. p. 36

http://www.pulsocritico.com/opinion281/Marcelo-Ramirez-Ramirez-Seneca-los-limites-de-la-sabiduria-estoica-1.htm

http://pulsocritico.com/opinion281/Marcelo-Ramirez-Ramirez-Seneca-los-limites-de-la-sabiduria-estoica-2.htm